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AULA DE CULTURA VIRTUAL

APRENDER A VIVIR
Dr. D. José Antonio Marina
Catedrático de Bachillerato

Bilbao, 9 de mayo de 2005

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Los adolescentes atraviesan un período en el que están intentando reconocer y formar su identidad. En este sentido, el problema de la violencia es tan complicado porque durante esos años ponemos en las escuelas a los chicos entre la espada y la pared. Si están siendo sometidos a algún tipo de acoso, la solución que les damos es o ser más brutos que el otro, que no es solución, o decírselo a alguien. Sin embargo, esta segunda opción choca con el marco escolar: equivale, primero, a ser un cobarde y, segundo, a ser un acusador.

Ahora bien, ¿por qué no les explicamos que eso no tiene nada que ver con su carácter? Debemos darles otras formas –más claras– de entenderse a sí mismos. Muchas veces, a un adolescente se le aclaran sus problemas con una simple precisión lingüística: una cosa es tener miedo, y otra cosa es ser un cobarde. No tener miedo no se puede evitar –es como tener dolor de estómago–; ser un cobarde es comportarse de una manera. Alguien puede sentir muchísimo miedo y comportarse valientemente; y una persona puede no sentir miedo y, al final, comportarse mezquina o cobardemente por otras razones. Éstas son las cosas que debemos decir a los chicos para enseñarles a convivir consigo mismos.

El segundo nivel de la convivencia es enseñar a convivir con los próximos. Aquí entran en juego, fundamentalmente, las relaciones de pareja y las relaciones entre padres e hijos (en ambas direcciones). Es el círculo de la intimidad, algo especialmente complicado porque, de entrada, representa el círculo en el que esperamos alcanzar una comunicación más profunda, por lo que más la vamos a echar en falta si no se logra.

Debo admitir que no estamos enseñando a convivir así, aunque podíamos hacerlo. El 84% de las parejas que acuden a los consultores matrimoniales en Estados Unidos se queja de algo que tiene que ver con el lenguaje: no hablamos, o no hablamos de ciertas cosas, o no nos entendemos.

El problema se ve agravado porque, durante la época de los noviazgos, los chicos desarrollan en nuestra cultura una locuacidad efímera, es decir, hablan mucho más que nunca, con lo cual las primeras quejas vienen por algo que tiene que ver con el lenguaje. Sabemos que hombres o mujeres hablan y escuchan de manera distinta, pero esto es muy difícil de explicar (aunque no de aprender: se trata de una cuestión de habilidades). El asunto es que abordar esta carencia comunicativa resolvería numerosos choques en las familias (el 84%).

El tercer nivel relacionado con la convivencia es el resto de las personas, los ciudadanos. En este campo intervienen la educación para la ciudadanía –que es absolutamente imprescindible– y la convivencia con los extranjeros, que constituye otro problema de por sí.

Pues bien, teniendo los asuntos tan localizados, ¿dispondremos del suficiente talento para solucionarlos? Espero que sí, porque empezaríamos a disfrutar no solamente de nuestra comodidad, sino también de nuestras posibilidades vitales. Queremos ser más grandes, sentirnos mejor, ser reconocidos, hacer algo importante, y para este proyecto hay que retomar –desde otro punto de vista distinto– la importancia de la familia.

A mí (y a mis alumnos) nos preocupa mucho el sentimiento amoroso. A todos nos parece que sabemos muy bien de qué hablamos cuando nos referimos al amor entre las personas. Sin embargo, no resulta tan sencillo analizarlo. A mis alumnos más jóvenes les he sustituido una lección muy pesada de teoría de la ciencia por una clase que les interesa muchísimo, y que trata de lo mismo que la primera, pero de otra manera. Se titula "¿Cómo sabe una persona que está enamorada?".



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