a


AULA DE CULTURA VIRTUAL

DESARROLLO, CAMINO PARA LA PAZ
Dña. Hortensia Perosanz

<<<ANTERIOR / SIGUIENTE>>>

Claro que no por ello habían acabado los problemas. Cuando éstos que les acabo de mencionar se iban solucionando, surgían otros nuevos a los que debíamos hacer frente con gran ánimo para superarlos. Así, solía ocurrir que aquello que se sembraba se lo habían comido las ratas, por ejemplo, por lo que había que ingeniárselas para encontrar la manera de que esto no volviese a sucederles. Es decir, que siempre debíamos estar acompañándoles, actuando de soporte para que no se desanimaran y trabajaran eficazmente para salir de la pobreza. Y consecuencia de esa actitud esperanzadora fue el concurso que organizamos a finales de año para dar un premio a quien tuviera el huerto más bonito. Efectivamente, nos organizamos un grupo de personas a modo de jurado y fuimos recorriendo cada huerto para ver cómo se había creado y cómo se había ido trabajando, y el que mejor nos pareció logró de premio un burro que permitiera labrar la tierra más cómodamente y mejor, para que no fuera todo el trabajo a mano.

 Entonces, aquel hecho concreto supuso una enorme satisfacción para todos, pero si les soy sincera, lo más bonito de todo fue cuando, al evaluar la situación en general para comprobar si había cambiado en algo la vida en el pueblo, nos hicieron ver que habíamos cumplido las expectativas con creces. Para empezar, los hombres me aseguraron que había cambiado algo muy importante: ellos. Me dijeron que antes de todo aquello se pasaban ocho meses del año durmiendo, jugando o bebiendo, que ésa era toda su vida, sin ninguna otra ilusión, pero que ahora tenían la alegría de levantarse, ir al huerto, sembrarlo y regarlo, con lo que el niño que salía de mañana a la escuela por fin veía a su padre trabajar. Y las mujeres, por su parte, también hicieron patente su cambio: «Antes, nosotras íbamos a buscar el agua muy lejos, y con el polvo y la suciedad que hay allí no podíamos ni lavarnos; en cambio, ahora todo esto nos permite gozar de mejor salud -aseguraban- puesto que no sólo podemos estar mucho más limpios y lavar la ropa, sino que también podemos beber agua en buenas condiciones, cocer alimentos e incluso vender los mangos y papayas que hemos sembrado». Pero es que además hay que tener en cuenta que anteriormente esta pobre gente trabajaba explotada. Que trabajaban todo un año para no ganar nada porque, por ejemplo, tenían que pagar la gasolina para el motor, o porque les compraban todo lo que habían cosechado a cambio de semillas. Por eso, el llegar nosotros y hacerles ver que no valía la pena el que les explotaran para ganar unas cinco mil pesetas, no más, en todo un año, que debían cambiar de método para que no fueran los otros los que se enriquecían, supuso una auténtica revolución en su concepción de vida, una auténtica satisfacción por la que siempre se han sentido sumamente agradecidos.

Tanta es la confianza que hay entre esta gente y las misioneras que, como comentaba Carmen Arruti, en algunas ocasiones, como a mí me conocen mucho en los hoteles, cuando ellos no pueden vender su fruta, me la dan para que se la venda yo. Y les sale realmente rentable, porque me la pagan por mayor precio. Es decir, que hay un clima de total respeto y cariño entre nosotros. Es más, casi aseguraría que lo que decimos es para ellos palabra de Evangelio, porque todo lo que pensamos les parece bien (aunque, por supuesto, también a ellos se les ocurren muchísimas y excelentes ideas). No obstante, con todo, lo más bonito de esta evolución es que los pueblos de al lado han empezado a sentir una sana envidia que les lleva a imitarnos en nuestros progresos; así que es amplia la zona que hemos podido ir mejorando con pozos (no en vano, ahora van a sufrir muchísimo menos la sequía de este año), etc., y mucho mayor el cambio de mentalidad que hemos obrado en esta gente que vivía en la más absoluta de las miserias.

Y parte muy importante de ese cambio es, por supuesto, el tremendo avance en materia educativa. Como les comentaba hace un momento, la falta de formación conlleva una tremenda discriminación, y no sólo la de las mujeres, por lo que enseguida se vio la necesidad de que los niños pudiesen acudir a la escuela. En principio, ¿por qué en África unos pocos tienen derecho a esta educación y otros no? Desde luego, esto es injusto, y para paliar esta desigualdad decidimos ponernos en marcha y crear centros de enseñanza en la medida de nuestras posibilidades. Lo primero que hicimos fue pensar en aprovechar cualquier salita o recinto cerrado para convertirlo en una clase. Además, dio la casualidad de que por aquellos días conocí a un joven que sabía hablar bastante bien francés y al que propuse que fuera el maestro tras haber pasado primero una temporada practicando en un colegio de unos ochocientos niños, pagado por una señora francesa que se ofreció a echarnos una mano de muy buena fe. Así que, ni cortos ni perezosos, comenzamos nuestra andadura con dos pupitres, unos cuantos bancos de la capilla y unos cuarenta niños. Y cambió tanto la situación que hasta los padres querían aprender a leer y escribir, no les digo más.

 Poco a poco, fuimos encontrando la manera de que este proyecto tan importante no se quedara en sus inicios, que hubiera más clases y más profesores, de manera que la cosa no quedara estancada mientras unos pocos niños avanzaban. Así, la segunda aula se hizo gracias a un señor que corrió con los gastos, y en cuanto al maestro, la tarea volvió a caer en mi persona. La verdad es que yo estaba francamente animada, porque cuando había llamado al primer profesor había tenido la ocasión de comprobar hasta qué punto él mismo se había involucrado en el asunto. No sólo estaba dispuesto a cobrar unas setenta y cinco pesetas al mes, o incluso nada, frente a las ciento veinticinco que yo le ofrecía y que, según él, las familias no se podían permitir pagar, sino que además mantenía que lo fundamental era poder ayudar a los suyos tal y como las misioneras lo habíamos hecho. Por eso no me costó mucho encontrar en otro de los pueblos circundantes a un chico que tenía cierta instrucción y al que parecía gustarle aquello de la enseñanza. Gracias a todo esto, ahora estamos construyendo la tercera clase, y la propia Manos Unidas está levantando en una aldea cercana un jardín de infantes.

 

<<<ANTERIOR / SIGUIENTE>>>

subir


info@diario-elcorreo.es
Pintor Losada 7
Teléfono: +34 1 944870100 / Fax: +34 1944870100
48004BILBAO