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AULA DE CULTURA VIRTUAL

'DESARROLLO, CAMINO PARA LA PAZ
Dña. Hortensia Perosanz

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Sea como fuere, el caso es que tras aquella primera experiencia tuve muchas otras en sitios diversos. Así, inmediatamente después de aquello me mandaron a Dakar, donde pasé más de dieciséis años, tiempo en el que no dejé de pensar que quizá había otras compañeras que realizaban un trabajo mejor que el mío en esos lugares de tanta necesidad que hay en África. Posteriormente, me trasladaron a un pueblo cercano de condiciones paupérrimas en el que viví durante seis años sin luz ni agua, pero inmensamente feliz en medio de aquella pobre gente. Luego vino Mbour, una zona turística a la que me destinaron para que sobre todo me ocupara de un centro de promoción de la mujer, así como de los pueblos de los alrededores (en concreto, de ocho pueblos), que debía recorrer regularmente. Entonces, lo primero que se hacía necesario para cumplir con tal objetivo era hacernos con un coche que nos permitiera desplazarnos de un sitio a otro, y lo que hicimos para conseguirlo fue pedírselo a Manos Unidas. De esta manera, ya podíamos permitirnos visitar a domicilio y curar a los enfermos, o enseñar a coser a las mujeres, sector de la población que, como digo, era nuestra principal preocupación.

 No obstante, como todo discurre sumamente despacio en África, enseguida me percaté de que debía cambiar de manera de hacer, de que, en definitiva, debía tomar nuevas medidas para avanzar un poco más deprisa en la labor de sacar a aquella gente de la miseria en la que vivía. Y la primera de ellas fue invitar a los hombres de allí a que acudieran a nuestras reuniones. ¿Por qué a los hombres? Pues la respuesta es bien sencilla: porque durante ocho de los doce meses del año ellos no tienen ninguna ocupación aparente. Es decir, así como las mujeres de estos poblados africanos llevan una vida durísima, puesto que cada día se levantan las primeras para trabajar y se acuestan las últimas, con los hombres no ocurre ni mucho menos lo mismo. Además, la mayoría de dichas mujeres no contaban con mucha formación, lo que suele ser, allí y en cualquier parte del mundo, otra forma clara de discriminación con respecto a la gente que sí la posee. Por eso, paliar tales diferencias procurándoles una formación se convirtió en la segunda medida adoptada.

 La verdad es que sugerencias para llevar todo esto a cabo hubo muchas, aunque algunas no eran del todo afortunadas. Preguntamos qué era lo que se podía hacer para salir adelante y surgió la idea de que se ocuparan del ganado, pero el problema residía en que yo sabía que los hombres no iban a trabajar mucho en ello. También me sugirieron que, como las mujeres hacían todo a las mil maravillas, planteara un proyecto para que realizaran labores en el campo; sin embargo, estábamos en las mismas, porque significaba cargarles con más trabajo del que ya tenían y fomentar que los hombres siguieran disfrutando de un descanso injusto. Así que finalmente decidí proceder de manera eficaz y llevármelos a un pueblo en el que ya habíamos empezado a desarrollar pequeños proyectos para que aprendieran de ello. Cogimos un autobús unos ocho o nueve, les enseñé la labor realizada en los huertos de aquel sitio y lo cierto es que se entusiasmaron con la idea de poder hacer ellos lo mismo.

 Ahora bien, debíamos salvar un nuevo obstáculo: conseguir el agua necesaria para mantener el futuro huerto, para lo que parecía no haber demasiado problema puesto que cuando pregunté si se encontraba a mucha profundidad me respondieron que a unos nueve o diez metros bajo tierra. No obstante, se me ocurrió que, para comenzar a extraerla, también debíamos lograr una cotización, esto es, pedir una pequeña participación económica (como todos ustedes saben, si todo está dado, parece que carece de valor alguno). Pensamos en unas doscientas cincuenta pesetas, lo que para ellos ya era mucho, y de esta manera un grupo de ocho personas (las que se atrevieron a cotizar) comenzó a construir el primero de los pozos con la mejor voluntad del mundo pero sin experiencia alguna. Por eso no es de extrañar que nos saliera medio torcido, aparte de que no tener ninguna pericia nos hacía tardar mucho en construirlo. Así que pedimos la ayuda de un especialista en estas lides y, aunque nos costaba un poco más caro, poco a poco conseguimos ir haciendo un pozo tras otro. Además, de esta forma, conseguimos que se fueran formando nuevos grupos de trabajo y que aquella zona fuese regenerándose.

 

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