LENGUAS EN GUERRA
Dña. Irene Lozano
Periodista. Premio Espasa Ensayo 2005
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Lo importante de este concepto de la lengua propia es todo
el significado simbólico que le dan las leyes. Voy a citar
algunas de ellas porque me parece muy interesante ver exactamente
cómo se define o reviste textualmente. Empecemos por Cataluña.
Esta comunidad autónoma es la única que tiene dos leyes
relativas a la lengua. La primera es la de normalización lingüística
de 1983, en la que se dice: "La lengua catalana, elemento fundamental
de la formación de Cataluña, ha sido siempre la lengua
propia, como instrumento natural de comunicación y como expresión
y símbolo de una unidad cultural con profundo arraigo histórico".
Quince años después, la Ley de Política Lingüística
profundizará en esa idea cuando defina la lengua catalana como
un elemento fundamental de la formación y la personalidad nacional
de Cataluña, y afirma, además, que ha sido el testimonio
de fidelidad del pueblo catalán hacia su tierra y su cultura
específica.
Por su parte, la Ley de Normalización Lingüística
de las Islas Baleares afirma que la lengua catalana es "el instrumento
con el cual los isleños han realizado sus máximas aportaciones
a la cultura universal, y el vehículo que ha hecho posible
la articulación del genio de nuestro pueblo". Como se
observa, se va endosando a las lenguas una serie de rasgos que entroncan
con esas ideas románticas de las que hablaba al principio.
En cuanto al euskera, la Ley de Normalización y Uso del Euskera
proclama que el euskera es "el signo más visible y objetivo
de identidad de nuestra comunidad y un instrumento de integración
plena del individuo en ella a través de su conocimiento y uso".
Es decir, es el signo más visible, a pesar de que, aún
hoy, el euskera lo habla aproximadamente un 20%-25% de la población;
además, es el instrumento que permite la integración
plena del individuo, lo cual, de alguna manera, es lo mismo que decir
que el que no lo hable no podrá integrarse plenamente.
En cuanto al gallego, su Ley de Normalización establece que
esa lengua, "núcleo vital de la identidad gallega",
es "la mayor y más original creación colectiva
de los gallegos, es la verdadera fuerza espiritual que da unidad interna
a la comunidad".
Frente a todo ese discurso grandilocuente, a todos esos oropeles
simbólicos con los que se revisten las lenguas y a toda esa
carga emocional que se echa a sus hombros, al castellano se le suele
dedicar una línea, esa que dice: "El castellano es también
lengua oficial". En este sentido, quiero recordar la definición
que hacía Ortega y Gasset de los particularismos como una proyección
de los sentimientos de una comunidad sobre los elementos que son particulares
de esa comunidad y no sobre los elementos comunes. Pues bien, el particularismo
lingüístico es exactamente eso, lo que decretan estas
leyes de normalización es que el sentimiento lingüístico
se proyecte sobre la lengua que es particular, y en ninguna medida
sobre la lengua que es común.
Ese discurso nacionalista de exaltación de la lengua propia
ha llevado aparejadas en muchas ocasiones reivindicaciones que a veces
pueden ser simbólicas. Por ejemplo, en los últimos meses,
los diputados de Esquerra Republicana de Cataluña reivindicaban
hablar catalán en el Congreso de los Diputados, introducir
minuto o minuto y medio de su discurso en catalán para, a continuación,
traducirlo al castellano. Este uso simbólico de las lenguas
que se produce, precisamente, en el Congreso de los Diputados -que,
como dijo su presidente Manuel Marín, algunos utilizan como
escaparate- sirve para hacer hincapié en ese concepto de la
lengua propia, en que no existe una lengua común. En efecto,
el concepto de lengua propia lleva aparejado negar a la otra lengua
la condición de propia, y esto es algo que resulta verdaderamente
artificioso, porque, incluso en una comunidad que considero plenamente
bilingüe como Cataluña, hoy día la mitad de la
población tiene como lengua materna el castellano; y en torno
a un treinta y tantos por ciento, el catalán. Hay una gran
mayoría de la población que habla catalán y una
mayoría mucho mayor que lo entiende, pero el castellano sigue
siendo lengua materna de la mitad de la población; sin embargo,
estas personas se encuentran con que esa lengua es impropia o ajena
si uno se atiene a lo que dictan las leyes.
Por consiguiente, y desde mi punto de vista, el concepto de lengua
propia es un concepto insidioso, y no tanto por la consideración
que hacen sobre las lenguas propias -que me parece, más que
insidiosa, un poco trasnochada a estas alturas-, sino sobre todo porque
lleva aparejado el menoscabo de la lengua común. Con todo,
dicho menoscabo no se produce tanto en el uso real -al final, los
hablantes suelen ser mucho más sabios que las élites
políticas que legislan sobre las lenguas, puesto que tienen
plena conciencia de que, efectivamente, hablar dos lenguas es algo
que suma y nunca resta- como en el plano de lo simbólico y
de lo legal, donde se exalta ese concepto de lengua propia para acabar
dándole, como hace la ley catalana de 1998, estatuto de lengua
preferente en la Administración, la enseñanza, las empresas
públicas o las empresas concesionarias de servicios.
En conclusión, esa voluntad de arrebatar al castellano la
condición de lengua propia en territorios donde la tiene, obedece,
simplemente, a que el castellano parece entorpecer esos proyectos
políticos de carácter nacionalista para los que compartir
cosas tan importantes como la etnia, la cultura, la religión
o la historia parece más bien una contrariedad, por lo que
prefieren aferrarse a una definición lingüística
que, en realidad, no implica ninguna otra diferencia más.
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