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AULA DE CULTURA VIRTUAL

EL CAMINO HACIA LA FELICIDAD

D. Jorge Bucay
Psiquiatra

Bilbao, 7 de febrero de 2005

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Habrá que aprender a llorar por los que no están, pero también aceptar que no están, y aprender a no quedarse atado y pegado a los que no están. Este camino, que yo llamo "el camino de las lágrimas", es posiblemente el espacio más difícil de transitar. A veces alguien que ha perdido un ser querido me dice que nunca más va a ser feliz. Entonces yo le respondo siempre que luchar por ser feliz es una manera de honrar al que no está, y que no tiene el derecho –sino la obligación– de ser feliz, sobre todo en honor a quien ya no está.

Una vez, una mujer que visitó mi consulta lloraba por lo que, como médico psiquiatra, considero que es el mayor dolor que puede sufrir una persona: la muerte de un hijo. Se le había muerto un hijo muy pequeño en un accidente; y a pesar de que hacía meses y meses que había sucedido, ella me confesaba que no podía parar de llorar. Yo, que muchas veces me quedo sin palabras, le conté un cuento que había leído mucho tiempo atrás. Habla de un señor que había perdido un hijo de cinco años y que no podía dejar de llorar. Cada noche, cuando se acostaba, lloraba; y se quedaba dormido mientras lloraba; y se despertaba al poco rato y seguía llorando y llorando.

Una noche, su ángel de la guarda se le aparece; le acaricia la cabeza y le pregunta qué pasa. Entonces responde: "No puedo seguir. No puedo vivir más. Necesito verlo; aunque sea sólo una vez más, necesito verlo".

Entonces, el ángel de la guarda lo coge de la mano y lo eleva hasta el cielo. Y cuando llegan a él, van a una calle con paredes muy blancas y un adoquinado de oro, y el hombre pregunta: "¿Qué hacemos aquí?". Y el ángel de la guarda le responde: "Espera y verás". De repente, dando vueltas a la esquina empiezan a aparecer un montón de niños y niñas de entre tres y seis años, todos pequeños. Cada uno de ellos viste de blanco y tiene un par de alitas muy pequeñas y una aureola en la cabeza. Desfilan frente a ellos. Llevan una larga vela encendida en su mano. Caminan en columnas de a cinco y empiezan a pasar delante del hombre. Éste pregunta: "¿Qué es esto?".

"Éste es el desfile de todos los que han muerto siendo niños. Pasan por aquí cada día y desfilan para nosotros. Es una de nuestras alegrías", responde el ángel. Y entonces el hombre dice: "¿Y mi hijo?". "Está entre ellos. Ya lo verás", contesta. Y de repente el padre ve venir a su hijo; lo ve venir como todos, con su vestimenta blanca, sus alitas y su aureola, su vela en la mano. Sin embargo, le sorprende ver que la vela de su hijo es la única que permanece apagada, la única que no tiene luz. Él respira profundo. El nene lo ve, lo saluda, se acerca a él, lo abraza. Él llora otra vez. Y le pregunta nada más que esto: "¿Cómo estás?". El hijo le dice: "Bien, papá". Y el padre le pregunta: "¿Por qué tú no tienes luz? ¿Por qué no encienden tu vela como encienden la de los otros?". Entonces el niño le explica: "La encienden igual que la de los demás, cada día. Pero de noche, tus lágrimas apagan mi vela. Deja ya de llorar".

Esta mujer me confesó que encontró en este cuento una excusa para poder retomar su camino, para poder darse cuenta de que quizá una manera de homenajear a los que no estaban no era quedarse llorando compungidamente, sino encontrar la posibilidad de hacer del duelo algo fecundo.

Conocerse, aceptarse y quererse. Hacerse protagonista del guión de la propia vida. Encontrar compañeros de ruta. Ser capaz de amar comprometidamente. Dejar atrás aquello que no está y animarnos a poder seguir adelante en el camino cuando se ha perdido lo que hemos querido. Reconocer el propósito de nuestras vidas, aquello que le dará sentido.

Resumiendo todo lo dicho, acaso para ser feliz hacen falta solamente dos condiciones. La primera es ser agradecido. La segunda –para mí imprescindible– es aprender a no dudar del resultado final. Si hay algo que quieres, que deseas, que necesitas, que te gustaría, que de verdad es importante para ti, y si ese algo no es un imposible que te has inventado, quizá si aprendieras a confiar en tu capacidad y en tus recursos y a apostar, acaso el final de la historia, de esta película cuyo guión tú estás escribiendo, no sea tan terrible. La felicidad no es un derecho, sino una obligación. La felicidad es el único precio que hay que pagar por estar vivos.

Voy a contar un cuento que me llegó por Internet hace un par de años. Contaba una historia preciosa, pero tenía un final violento y muy desagradable, por lo que decidí, como muchas veces hago, volver a contar la historia de otra manera. Me alegró mucho, hace un par de meses, cuando me volvió otra vez el cuento por correo electrónico, comprobar que ahora el final con que terminaba era el que yo había inventado. Es una historia que habla de tiempos mágicos, cuando la magia era un hecho real. Habla de los tiempos del rey Arturo, de príncipes, princesas, dragones y caballeros, cuando el hechizo y la brujería eran parte real de la vida cotidiana, y no una superchería.

En este cuento, el rey Arturo está muy enfermo; de hecho, agoniza en cama. Los médicos de la corte han venido a verlo, pero nadie consigue diagnosticar la enfermedad. Se han intentado todos los remedios conocidos, le han recomendado las cosas más extrañas; pero está cada vez peor. Finalmente, Arturo ha caído en cama, casi no despierta, duerme todo el día y los médicos temen que el final esté cerca. Arturo es un rey muy querido entre los caballeros de la Mesa Redonda, que lo tienen como su ídolo y su modelo.

Un día, mientras los sirvientes terminan de acomodar las cosas del rey, uno de ellos le dice al otro: "Se va a morir". Ahí está sir Galahad, que es el mejor amigo del rey Arturo, y su compañero de batalla. Como no puede soportar que alguien diga algo así, se acerca el paje y le que dice: "Que sea la última vez que dices eso en mi presencia. El rey tiene que salvarse". Sin embargo, el paje responde: "He visto por lo menos seis o siete personas con este mismo mal, y cinco de ellas se murieron". "¿Ves? Hubo alguna que se salvó. Tiene que haber algo que se pueda hacer. ¿Cómo se salvó esa persona?".

Y entonces el paje responde: "Sucede que el rey no está enfermo. El rey está embrujado. Por ello, ningún médico lo puede sanar, solamente podría curarle un brujo más poderoso que el que lo encantó". "Sí, pero tiene que haber algún brujo en este reino. ¿No está Merlín?". "No, Merlín ha partido, y dijo que no volvería hasta dentro de dos primaveras. Lamento deciros que para entonces el rey...". "¡Pero tiene que haber algo!", exclama el caballero.

Entonces el sirviente se anima a decirle: "Sí, lo hay. La bruja que vive en la montaña". Pero ¿quién se animaría a ir a buscar a la bruja? "La bruja odia al rey", responde Galahad, "no tendría ninguna razón para querer salvarlo. Además dicen que te mira, que te paraliza en el aire; dicen que te devora los ojos literalmente, que hace conjuros extraños y que tira tu cuerpo a los perros que tiene en la cueva. ¿quién se animaría a ir a verla?".

También Galahad siente miedo. Pero se trata de su amigo el rey, su compañero de aventuras, aquel a quien debe la vida muchas veces. Entonces monta en su caballo y va hasta la cueva. Apenas llega, el día, que era soleado, se vuelve oscuro; las nubes rodean la cueva, los buitres empiezan a revolotear en torno al caballero, que siente estremecimientos y un frío de nevera que sale de la cueva. Armándose de coraje respira y entra dentro de la cueva. Chapotea en el barro; algunos murciélagos pasan cerca de él. Cuando se adentra en la caverna, el espectáculo que ve es terrible: hay esqueletos colgados por todas partes, cientos de velas y de antorchas encendidas, y en el medio de la cueva una bruja vestida de negro, con la túnica muy larga, encorvada sobre sí misma, con los ojos muy pequeños, los dientes muy apretados y negros, las manos en forma de garra, el pelo pajizo, la nariz muy larga y llena de granos, un enorme sombrero negro.



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