ANTERIOR / SIGUIENTE
Transcripción conferencia
de José Luis García Delgado, Rector de la Universidad
Internacional Menéndez Pelayo - 3
Esa agenda de la modernización
incluía, fundamentalmente, cinco epígrafes, entre
las que destacaban la escuela y la despensa, según campañas
de Costa por toda España en los años finiseculares.
Y tenía razón: los dos
primeros tenían que ser escuela y despensa, estaban bien
elegidos. En la España de 1900, entre el 60 y 70% de la
población era analfabeta -aunque cueste creerlo-, y el
analfabetismo entre las mujeres superaba el 80%; por tanto, si
no había escuela, no había nada, era una de las
condiciones previas. La segunda resultaba también indispensable,
porque, en nuestro país, en los primeros decenios, la
gente se moría de hambre; la curva de la mortalidad, lo
saben muy bien los historiadores, todavía refleja perfectamente
las hambrunas derivadas de las malas cosechas que debilitaban
las reservas, así como las epidemias que diezmaban la
población, especialmente la infantil, ya que de cada mil
niños nacidos óeso los que llegaban a vivir, pues
debemos tener en cuenta que el parto era causa de mayor de muerte
entre las mujeres y sus hijosó, doscientos morían
antes de cumplir un año de edad, algo propio de una sociedad
primitiva. Teniendo en cuenta lo dicho, ¿cómo no
poner escuela y defensa al principio de toda la agenda de la
modernización?
A ellas les seguirá la obra
pública, empezando por la obra hidráulica, precisamente
porque ésta nos permitiría incrementar la productividad
de los campos españoles y, a través del aumento
de la misma, mejorar las condiciones de alimentación para
la subsistencia de la población. Como las anteriores,
estas campañas sobre riego y otras más generales
en la España de Alfonso XIII, tras la Segunda República,
el primer franquismo, etc., estaban bien pensadas.
No obstante, industrialización
sería todo esto -escuela, despensa, obra pública
...- después, puesto que la España de comienzos
de siglo llevaba unos cincuenta años introduciéndose
en la industria de manera un tanto renqueante, 'a trancas y barrancas',
que dijo Nadal, el mejor historiador que tenemos sobre la industrialización
del XIX, en alguna ocasión. Al principio, aun inmerso
en un proceso de modernización, era un país marcadamente
agrario, con el 70% de la población activa vinculada a
las actividades agrarias, con una economía donde el ritmo
de las cosechas lo imprimía todo: los precios, la capacidad
de compra ...; el clima económico en general, su cultura
-y no sólo ésta-.
Otro de los objetivos -y el último-
que se deseaba como ideal para poder decir que el país
se había modernizado era la europeización, término
bajo el que se pretendía resumir todo cuando se quería
conseguir. Y eso, mejor que nadie, lo dijo de mil formas Ortega;
en particular, de una manera ahora tan repetida: 'España
es el problema, Europa la solución'. Con esta frase expresaba
-él, que era el que debería haber tenido menos
motivos para el acomplejamiento- un sentimiento de inferioridad
ciertamente muy grande.
Dicha europeización, condensadora
de ese afán modernizador ya comentado en sus diversas
metas, ha sido un motivo intergeneracional que incluso yo mismo,
universitario a comienzos de los 60, colocaba como principio
de todo; sin embargo, lo que es importante recordar es que esos
epígrafes no estaban, como ya he dicho, nada mal escogidos.
Pueden pensar ustedes que en cien años estamos todos calvos,
pero, realmente, viendo las cosas en su conjunto, desde el punto
de vista de dichos rótulos podemos seguir afirmando aquello
que decía en un principio de 'siglo provechoso'. Si antes
éramos, entre los grandes, el país con mayor grado
de alfabetismo -más que Italia a comienzos de siglo; acaso
Portugal nos superaba a nosotros-, terminamos el siglo con la
población universitaria mayor, en términos relativos,
de toda Europa, y, aunque ya se sepa que la cantidad no siempre
es sinónimo de calidad, ¿dónde hay que firmar
para tener 1.600.000 estudiantes universitarios españoles?
Lo mismo ocurre con el binomio escuela-despensa,
ámbito en el que se aprecia la mejora de las condiciones
materiales de vida: si morían unos doscientos niños
antes de cumplir un año de edad, hoy, apenas lo hacen
seis o siete debido a malformaciones congénitas. Lo que
llaman los demógrafos 'la mortandad infantil por causas
exógenas' prácticamente se ha erradicado; se ha
doblado con creces la esperanza de vida media. Ya sé que
no sólo influyen los elementos de nutrición sino
también todo un conjunto de condiciones de vida, pero
ése es un indicador, una metáfora de las condiciones
generales de vida.
Cómo no, esa mejora es patente
también en la obra pública, sobre todo con la democracia.
De un tiempo a esta parte, se ha ampliado la capacidad de dotar
de equipamientos sociales, infraestructuras técnicas o
bienes preferentes para el conjunto de la población cuando
el Estado ha tenido legitimidad para exigir mayor esfuerzo a
los ciudadanos contributivos; así, además, puede
ampliar su capacidad de gasto y aprovechar para crear mejores
condiciones de equipamiento en general. Ahora sí que es
una economía industrialmente madura, cuya balanza exterior
refleja que, efectivamente, tenemos una estructura fabril propia
de un país adulto.
Y, finalmente, volvemos al punto que
engloba todo esto: el concepto de "europeización",
término que a los jóvenes les parece totalmente
natural y a los más talludos no. Porque una cosa es que
nos hayamos comportado como europeos y otra muy distinta que
hayamos pertenecido a Europa; de hecho, el curso de la Historia
española ha estado en las orillas del caudal central del
río europeo durante muchos pasajes de este siglo, aunque
ahora estamos inmersos en la corriente.
Pero la fecundidad a la que hemos llegado
no sólo se puede analizar desde dichos objetivos, sino
también desde la superación, nuevamente a finales
de nuestro siglo, de determinadas restricciones. En concreto,
son tres las que observamos los economistas; tres servidumbres
que siempre han entorpecido y amortiguado, de alguna forma, el
avance de la economía española cuando, por determinadas
circunstancias, podía avanzar y se abrían las oportunidades.
La primera es el sector exterior, sector
que, en principio, era muy débil porque necesitábamos
imperiosamente productos de importación para alimentar,
entre otras cosas, nuestro propio esfuerzo de producción
fabril: materias primas, energéticas y no energéticas,
bienes de equipo, etc. Nuestras exportaciones, que se iban rotando
en el tiempo, se basaban en productos que se agotaban, desde
el mineral de hierro hasta la exportación de agrios que
se tenían que sustituir, y, sobre todo, en productos respecto
de los cuales no había una capacidad de negociación
importante en el exterior; ahí teníamos nuestro
talón de Aquiles. Nuestras exportaciones eran, por tanto,
frágiles, débiles, muy sensibles a la coyuntura
del comercio exterior en el ambiente de la economía internacional;
es más, en momentos de crisis de los mercados internacionales,
caían en la más absoluta depresión, pero
no podíamos dejar de seguir necesitando importaciones
importantes.
Ese desequilibrio básico se
fue superando con el tiempo gracias a fuentes alternativas como
la entrada del turismo. Así, terminamos el siglo -es una
opinión, desde luego, matizable- habiendo dado por finalizada,
prácticamente, esa situación. Bien es cierto que,
todavía hoy, tenemos un déficit comercial, una
descompensación en la balanza comercial, pero también
lo es que la economía española en el sector exterior,
el conjunto de nuestras transacciones, incluyendo no sólo
lo estrictamente comercial sino también la balanza de
capitales, de servicios, se ha incrementado muy notoriamente.
Nuestra exportación ya no depende del mercado internacional
ni de las oscilaciones; una buena parte de ella son exportaciones
propias de un país con cierta solidez industrial, y colocamos
productos en mercados exigentes. Además -fíjense
que metáfora del siglo-, desde este punto de vista, comienza
nuestra centuria con la entrada de capitales exteriores, bien
españoles, formados anteriormente en territorios coloniales,
bien de Francia, Bélgica o Alemania, así como con
la creación de algunas de las empresas más representativas
de la economía española formadas con capitales
extranjeros o fuera de lo que es el conjunto de la península
y los dos territorios insulares adyacentes, Baleares y Canarias.
Con todo ello, termina el siglo con una capacidad estratégica
de toma de posiciones en mercados y territorios exteriores por
parte de las empresas españolas, dependientes de iniciativas
empresariales extranjeras, impresionante y con capacidad de desplegar
iniciativas en mercados exteriores. Sé que es apurar un
poco el asunto, pero esta es una de las metáforas de nuestro
siglo.
ANTERIOR
/ SIGUIENTE
Enviar
la noticia a un amigo
subir