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Una vez sentadas
estas bases de teoría general de la imitación y del
ejemplo, me propongo aplicarlas a las personas públicas,
a los políticos. Los políticos gobiernan la sociedad
de dos maneras. La primera es bien conocida: los políticos
están investidos de poder suficiente para aprobar leyes (normas)
de toda índole y nivel reguladoras del funcionamiento de
la comunidad, leyes coactivas como las que antes mencionaba. Todo
el mundo reconoce que lo que los políticos hacen habitualmente
es ejercer el poder.
Ahora bien, los políticos también gobiernan la sociedad
de otra forma. Los políticos son ejemplos. Si el ejemplo
es la fuente de moralidad, el ejemplo público es la fuente
de la moralidad pública; los políticos son modelos
sociales y con su ejemplo generan hábitos sociales y costumbres.
Por tanto, los políticos aprueban leyes, pero además
y esto pocas veces se dice son generadores de costumbres.
Y me atrevería a proclamar aunque sé que es
una tesis un tanto arriesgada que esta segunda gobernación
es más profunda y más duradera que la primera, porque
las leyes son coactivas, pero las costumbres cambian espontáneamente
y de buen grado las disposiciones y el ánimo de la gente
y, por tanto, de forma más profunda y más sutil.
Como dice Burke, pensador inglés bien conocido del siglo
XVIII: "Todo lo aprendemos mediante la imitación, mucho
más que por las leyes. Y lo que aprendemos así no
sólo lo adquirimos más eficazmente, sino también
más placenteramente. La imitación forma nuestras costumbres,
nuestras opiniones y nuestras vidas, es uno de los vínculos
más fuertes de la sociedad, es una especie de mutua condescendencia
que todos los hombres se rinden unos a otros sin reservas y que
es extremadamente halagadora para todos". A esa "mutua
condescendencia" me he referido antes con la expresión
"red de influencias mutuas". Es decir, somos ejemplos
para los demás, y los demás son un ejemplo para nosotros.
Es el principio de facticidad que también he mencionado.
Los ejemplos públicos son una inmensa influencia social.
Ahora bien, para evitar desde el primer momento malentendidos diré
que no todos los políticos son ejemplares de ninguna
manera, sino ejemplos; no es lo mismo "ser ejemplar"
que "ser ejemplo", porque este último puede ser
positivo o negativo, mientras que la palabra "ejemplar"
solemos reservarla para el ejemplo positivo.
La ejemplaridad privada de un particular ejerce su influencia en
el ámbito privado de sus relaciones. En cambio, la ejemplaridad
de los políticos da el tono a la sociedad que gobiernen,
crea pautas de comportamiento, define el dominio de lo permitido
y no permitido y, sobre todo, crea costumbres cívicas y morales.
Al ser personas dotadas de poder y prestigio con capacidad para
influir sobre nuestras vidas, patrimonio, libertad y derechos, atraen
constantemente la atención de los ciudadanos; por eso, la
manera en la que ellos viven, se organizan, hablan, razonan, expresan
preferencias y actúan conforma paradigmas morales muchas
veces inconscientes que pueblan la conciencia de los ciudadanos.
Si esto es cierto en todas las épocas y a mi juicio
lo es, mucho más lo es en la actualidad, con la omnipresencia
de los medios de comunicación de masas. Antiguamente, las
masas se concentraban en las calles y con su número demostraban
un gran poder, exhibiendo la fuerza de su número. Hoy día,
en cambio, las masas son más manipulables. Todos somos masa
y estamos más expuestos a la manipulación, más
entregados, más impotentes, porque estamos dispersos y carecemos
de la fuerza de la concentración; y así, indefensos,
estamos más expuestos a la influencia de las personas públicas
a través de los medios de comunicación.
Por tanto, en el caso de los políticos ejemplos dotados
de poder y prestigio y exaltados por los medios de comunicación,
esa capacidad de influencia moral se multiplica exponencialmente.
Los políticos llegan a la ciudadanía a través
de una presencia constante en los medios de comunicación
y, como modelos sociales, crean costumbre con una inmensa fuerza
de persuasión social y psicológica, porque su imagen
reiterada en los medios aparece engrandecida con prestigio y con
poder. En este contexto, el poder e influencia de los políticos
es, como antes exponía, doble: primero, son fuente de derecho;
segundo, son fuente de moralidad pública. En consecuencia,
la responsabilidad de los políticos también es doble.
Si los políticos tienen un doble poder y una doble responsabilidad,
es comprensible que les sea exigible una especial ejemplaridad.
En la medida en que la ciudad es un escenario ético, la ejemplaridad
debe presidir la ciudad. La responsabilidad del ejemplo se impone
especialmente en el ámbito público. La ciudad, como
parte importante de la identidad colectiva, guarda y custodia ejemplos
ciudadanos, muchas veces políticos, que de alguna manera
propone como modelo a la comunidad, y se sirve para ello de una
multiplicidad de procedimientos: asignando sus nombres a las calles,
levantando una estatua conmemorativa, clavando en el domicilio una
estela sobre los méritos de quien ha ocupado esa casa, declarando
hijo adoptivo, poniendo su nombre a institutos de enseñanza
media, bibliotecas, universidades o auditorios, concediendo medallas,
distinciones, títulos nobiliarios, etc.
Dentro de lo público es un hecho cierto que exigimos, de
las personas que ocupan instituciones públicas, una conducta
ejemplar. A funcionarios, jueces o políticos se les exige
una conducta moral determinada. En cuanto a la Corona, se puede
decir de ésta que es una institución cuya función
se agota en ser ejemplar, sin distinguir entre vida pública
y privada, puesto que la más alta responsabilidad pública
de los miembros de la Casa Real estriba fundamentalmente en sus
biografías privadas. Es decir, ser miembro de la Casa Real
o Rey consiste propiamente en desarrollar una función ejemplar.
Pocas veces se ha hecho notar que toda la estructura del poder en
un Estado de Derecho como el nuestro es una estructura de poder
coactivo creciente el subdirector manda menos que un director;
éste, menos que un secretario de Estado; éste, menos
que un ministro; éste, menos que el consejo de ministros;
y éste, menos que el presidente del gobierno donde,
sin embargo, la cúspide está representada por un símbolo
la Corona de carácter justamente no coactivo.
A mi juicio, el motivo es que en la cúspide o pináculo
del poder debe situarse un ejemplo como fuente de moralidad; y es
imposible o muy difícil sentir, por instituciones que ejercen
un poder coactivo, la atracción que el ejemplo debe producir.