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AULA DE CULTURA VIRTUAL

LA EJEMPLARIDAD DE LOS POLÍTICOS

D. Javier Gomá
Letrado del Consejo de Estado
Director de la Fundación Juan March
Premio Nacional de Ensayo 2004

Bilbao, 25 de octubre de 2004

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Una vez sentadas estas bases de teoría general de la imitación y del ejemplo, me propongo aplicarlas a las personas públicas, a los políticos. Los políticos gobiernan la sociedad de dos maneras. La primera es bien conocida: los políticos están investidos de poder suficiente para aprobar leyes (normas) de toda índole y nivel reguladoras del funcionamiento de la comunidad, leyes coactivas como las que antes mencionaba. Todo el mundo reconoce que lo que los políticos hacen habitualmente es ejercer el poder.

Ahora bien, los políticos también gobiernan la sociedad de otra forma. Los políticos son ejemplos. Si el ejemplo es la fuente de moralidad, el ejemplo público es la fuente de la moralidad pública; los políticos son modelos sociales y con su ejemplo generan hábitos sociales y costumbres. Por tanto, los políticos aprueban leyes, pero además –y esto pocas veces se dice– son generadores de costumbres. Y me atrevería a proclamar –aunque sé que es una tesis un tanto arriesgada– que esta segunda gobernación es más profunda y más duradera que la primera, porque las leyes son coactivas, pero las costumbres cambian espontáneamente y de buen grado las disposiciones y el ánimo de la gente –y, por tanto, de forma más profunda y más sutil–.

Como dice Burke, pensador inglés bien conocido del siglo XVIII: "Todo lo aprendemos mediante la imitación, mucho más que por las leyes. Y lo que aprendemos así no sólo lo adquirimos más eficazmente, sino también más placenteramente. La imitación forma nuestras costumbres, nuestras opiniones y nuestras vidas, es uno de los vínculos más fuertes de la sociedad, es una especie de mutua condescendencia que todos los hombres se rinden unos a otros sin reservas y que es extremadamente halagadora para todos". A esa "mutua condescendencia" me he referido antes con la expresión "red de influencias mutuas". Es decir, somos ejemplos para los demás, y los demás son un ejemplo para nosotros. Es el principio de facticidad que también he mencionado. Los ejemplos públicos son una inmensa influencia social. Ahora bien, para evitar desde el primer momento malentendidos diré que no todos los políticos son ejemplares –de ninguna manera–, sino ejemplos; no es lo mismo "ser ejemplar" que "ser ejemplo", porque este último puede ser positivo o negativo, mientras que la palabra "ejemplar" solemos reservarla para el ejemplo positivo.

La ejemplaridad privada de un particular ejerce su influencia en el ámbito privado de sus relaciones. En cambio, la ejemplaridad de los políticos da el tono a la sociedad que gobiernen, crea pautas de comportamiento, define el dominio de lo permitido y no permitido y, sobre todo, crea costumbres cívicas y morales. Al ser personas dotadas de poder y prestigio con capacidad para influir sobre nuestras vidas, patrimonio, libertad y derechos, atraen constantemente la atención de los ciudadanos; por eso, la manera en la que ellos viven, se organizan, hablan, razonan, expresan preferencias y actúan conforma paradigmas morales –muchas veces inconscientes– que pueblan la conciencia de los ciudadanos. Si esto es cierto en todas las épocas –y a mi juicio lo es–, mucho más lo es en la actualidad, con la omnipresencia de los medios de comunicación de masas. Antiguamente, las masas se concentraban en las calles y con su número demostraban un gran poder, exhibiendo la fuerza de su número. Hoy día, en cambio, las masas son más manipulables. Todos somos masa y estamos más expuestos a la manipulación, más entregados, más impotentes, porque estamos dispersos y carecemos de la fuerza de la concentración; y así, indefensos, estamos más expuestos a la influencia de las personas públicas a través de los medios de comunicación.

Por tanto, en el caso de los políticos –ejemplos dotados de poder y prestigio y exaltados por los medios de comunicación–, esa capacidad de influencia moral se multiplica exponencialmente. Los políticos llegan a la ciudadanía a través de una presencia constante en los medios de comunicación y, como modelos sociales, crean costumbre con una inmensa fuerza de persuasión social y psicológica, porque su imagen reiterada en los medios aparece engrandecida con prestigio y con poder. En este contexto, el poder e influencia de los políticos es, como antes exponía, doble: primero, son fuente de derecho; segundo, son fuente de moralidad pública. En consecuencia, la responsabilidad de los políticos también es doble. Si los políticos tienen un doble poder y una doble responsabilidad, es comprensible que les sea exigible una especial ejemplaridad.

En la medida en que la ciudad es un escenario ético, la ejemplaridad debe presidir la ciudad. La responsabilidad del ejemplo se impone especialmente en el ámbito público. La ciudad, como parte importante de la identidad colectiva, guarda y custodia ejemplos ciudadanos, muchas veces políticos, que de alguna manera propone como modelo a la comunidad, y se sirve para ello de una multiplicidad de procedimientos: asignando sus nombres a las calles, levantando una estatua conmemorativa, clavando en el domicilio una estela sobre los méritos de quien ha ocupado esa casa, declarando hijo adoptivo, poniendo su nombre a institutos de enseñanza media, bibliotecas, universidades o auditorios, concediendo medallas, distinciones, títulos nobiliarios, etc.

Dentro de lo público es un hecho cierto que exigimos, de las personas que ocupan instituciones públicas, una conducta ejemplar. A funcionarios, jueces o políticos se les exige una conducta moral determinada. En cuanto a la Corona, se puede decir de ésta que es una institución cuya función se agota en ser ejemplar, sin distinguir entre vida pública y privada, puesto que la más alta responsabilidad pública de los miembros de la Casa Real estriba fundamentalmente en sus biografías privadas. Es decir, ser miembro de la Casa Real o Rey consiste propiamente en desarrollar una función ejemplar. Pocas veces se ha hecho notar que toda la estructura del poder en un Estado de Derecho como el nuestro es una estructura de poder coactivo creciente –el subdirector manda menos que un director; éste, menos que un secretario de Estado; éste, menos que un ministro; éste, menos que el consejo de ministros; y éste, menos que el presidente del gobierno– donde, sin embargo, la cúspide está representada por un símbolo –la Corona– de carácter justamente no coactivo. A mi juicio, el motivo es que en la cúspide o pináculo del poder debe situarse un ejemplo como fuente de moralidad; y es imposible o muy difícil sentir, por instituciones que ejercen un poder coactivo, la atracción que el ejemplo debe producir.


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