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AULA DE CULTURA VIRTUAL

LA EJEMPLARIDAD DE LOS POLÍTICOS

D. Javier Gomá
Letrado del Consejo de Estado
Director de la Fundación Juan March
Premio Nacional de Ensayo 2004

Bilbao, 25 de octubre de 2004

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Parece que la verdad moral debe acompañarse del testimonio personal para ser aceptable. Si se advierte una contradicción entre lo que se dice y lo que se hace, prevalece siempre lo segundo, lo que se hace, de modo que la acción real impugna la pretensión de validez del discurso moral. Si alguien enseña a no mentir –pero miente–, sin duda el ejemplo de la mentira prevalece en el discípulo sobre la elección teórica de no mentir, por muy persuasivo que ese discurso sea; y ello no sólo por la desconfianza que produce el hecho de que uno no se aplique a sí mismo lo que recomienda a otro –de acuerdo con el dicho popular de "médico, cúrate a ti mismo"–, sino también porque principalmente en el ejemplo (y ésta es la tesis que mantengo) se despliega toda la comprensión y toda la verdad con mayor plenitud que la enunciación abstracta de la regla moral.

Tomemos un ejemplo moral cualquiera, como puede ser una acción valiente. ¿Dónde está la virtud? ¿En el concepto de valentía, o en el ejemplo de valentía? Creo que en lo segundo. ¿Dónde está la valentía? ¿En su definición abstracta, o en una acción valiente? Creo que en la acción valiente. ¿Cómo se comprende mejor la esencia de la valentía? ¿En el diccionario, en un tratado moral o en el ejemplo de valentía? Creo que estaríamos todos de acuerdo en que en un ejemplo de valentía. Si desapareciera de nuestro mundo todo ejemplo de virtud, sería difícil que ésta se pudiera restaurar simplemente con la ayuda de los escritos morales, de los filósofos. En definitiva, decir aquello de "predicar con el ejemplo" –que es la frase que normalmente utilizamos– significa en el fondo que el ejemplo predica, prevalece y es lo único capaz de hablar a la conciencia y al corazón con toda elocuencia. Ante un ejemplo cualquiera, por muy silencioso que éste sea –como tantas veces ocurre–, la voz más ardiente del más inflamado predicador puede llegar a enmudecer.

La educación sentimental del hombre se alimenta de los ejemplos concretos, de valores experimentados en la vida, y no del discurso moral ni del sermón. En el ámbito moral, el ejemplo concilia al mismo tiempo lo concreto y lo normativo, el caso particular y la regla; no sólo es un caso de la norma. Así, el ejemplo de la valentía no es un caso del concepto general de valentía, sino que es la norma misma; no es un caso de valentía, sino que es la fuente de moralidad. Ésta es la primera tesis que trato de defender. El ejemplo es fuente de moralidad (si bien no quiere decir que el ejemplo siempre sea fuente de moralidad positiva, ya que, como indicaré a continuación, puede serlo también de moralidad negativa).

La segunda tesis se enuncia como sigue: además de ser fuente originaria de moralidad, el ejemplo demuestra que algo meramente posible existe, y eso supone una doble responsabilidad. Todos tenemos la experiencia cotidiana de que, cuando queremos consolar a alguien sumido en una gran tristeza o tribulación –porque, por ejemplo, está atravesando una grave enfermedad–, muchas veces nos quedamos sin palabras, y lo único que se nos ocurre para consolarle es mencionarle el ejemplo de alguien que, aunque ha sufrido la misma tribulación, enfermedad o problema, al final lo ha superado.

Por tanto, el ejemplo no solamente es fuente de moralidad, sino que además es la prueba de la realidad, la posibilidad efectiva que tiene esa moralidad en la vida cotidiana. Los ejemplos morales son hechos del pasado que, por haber acontecido ya, reúnen en sí mismos la prueba de su realidad. Eso supone, como decía antes, una doble responsabilidad: el ejemplo de los demás evidencia otras posibilidades reales de nuestro ser y nos fuerza a hacernos responsables de nuestra posibilidad actual. El comportamiento cotidiano de los demás (de nuestro vecino, compañero, trabajo, hermano o amigo), pero también a veces el de las personalidades públicas, nos absuelve o nos condena.

Pondré un ejemplo. Una persona con cuatro hijos tiene la mala suerte de que, cuando va a cenar a casa de unos amigos que tienen también cuatro hijos, ve que el marido es capaz de dedicarse a los cuatro hijos, poner la mesa y hacer la cena y el resto de las labores domésticas. Evidentemente, a los ojos de su esposa, el anfitrión está demostrando que hay un ejemplo, un comportamiento, que es posible; y si es así, pero su esposo no lo hace, éste se convierte en culpable. Por el contrario, si sucede que esa misma persona con cuatro hijos va a casa de otros amigos que tienen también cuatro hijos y ve que el marido se sienta en el sofá y se desentiende de las labores domésticas, el primer esposo estará demostrando que hay comportamientos –peores que los suyos– que, sin embargo, no realiza, por lo cual se está absolviendo.

Por consiguiente, no somos inmunes a los ejemplos cotidianos, sino que, por el contrario, estamos rodeados –nos guste o no– de una red de influencias mutuas. Y eso nos hace ser responsables, porque el ejemplo de los demás nos está absolviendo –si es peor que el nuestro– o nos está condenando –si es mejor que el nuestro–. Asimismo, cada uno tiene la responsabilidad de ser ejemplo para los otros. Además de la responsabilidad que tenemos de la influencia de los demás hacia nosotros, somos un ejemplo que está generando en los demás una respuesta o una posibilidad de respuesta, y así, nos podemos preguntar si absolvemos con nuestro mal comportamiento la mediocridad de los demás o si, por el contrario, nuestro buen comportamiento está generando una saludable inquietud en ellos.

Todo el mundo es consciente de que el buen comportamiento en el ámbito de trabajo, por ejemplo, puede generar, curiosamente, resentimiento; alguien mantiene un buen comportamiento, pero genera el resentimiento de aquellas personas que son conscientes de que podrían hacer lo mismo que él, pero no lo hacen. Por consiguiente, el comportamiento que adoptamos en el ámbito tanto familiar como profesional, tanto privado como público, nunca es un comportamiento neutro, sino que siempre estamos sometidos a la influencia recíproca, y eso genera en nosotros una doble responsabilidad: la responsabilidad del ejemplo que recibimos y la responsabilidad del ejemplo que ofrecemos.

Si el ejemplo es fuente de moralidad (primera tesis); y además demuestra en sí mismo su propia posibilidad real (segunda tesis), la conclusión de estas reflexiones es indudablemente el inmenso poder del ejemplo. El poder del ejemplo consiste en su capacidad de despertar el deseo y de mostrar la dirección de ese deseo en el individuo, sin que éste se sienta coaccionado. Antes mencionaba las leyes abstractas propias de esa primera moralidad que yo he excluido y que está basada en leyes coactivas y abstractas que nos dicen "si no hacéis esto, se os impondrá un castigo". Decía sobre ellas que era difícil suscitar un deseo de adhesión frente a ese tipo de leyes abstractas. Por el contrario, un ejemplo que primero demuestra ser fuente de moralidad y segundo demuestra su propia posibilidad real suscita en nosotros una inmensa adhesión, sin que nos sintamos coaccionados por una amenaza de castigo que no existe. Si un ejemplo se muestra moralmente necesario y materialmente posible, es muy difícil resistirse a su influencia. El ejemplo llama a la imitación; incita de un modo espontáneo a seguirlo cuando la necesidad se alía con la tendencia natural; y arrastra al sujeto suavemente hacia su modelo.


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