<<<ANTERIOR
/ SIIGUIENTE>>>
Parece que la
verdad moral debe acompañarse del testimonio personal para
ser aceptable. Si se advierte una contradicción entre lo
que se dice y lo que se hace, prevalece siempre lo segundo, lo que
se hace, de modo que la acción real impugna la pretensión
de validez del discurso moral. Si alguien enseña a no mentir
pero miente, sin duda el ejemplo de la mentira prevalece
en el discípulo sobre la elección teórica de
no mentir, por muy persuasivo que ese discurso sea; y ello no sólo
por la desconfianza que produce el hecho de que uno no se aplique
a sí mismo lo que recomienda a otro de acuerdo con
el dicho popular de "médico, cúrate a ti mismo",
sino también porque principalmente en el ejemplo (y ésta
es la tesis que mantengo) se despliega toda la comprensión
y toda la verdad con mayor plenitud que la enunciación abstracta
de la regla moral.
Tomemos un ejemplo moral cualquiera, como puede ser una acción
valiente. ¿Dónde está la virtud? ¿En
el concepto de valentía, o en el ejemplo de valentía?
Creo que en lo segundo. ¿Dónde está la valentía?
¿En su definición abstracta, o en una acción
valiente? Creo que en la acción valiente. ¿Cómo
se comprende mejor la esencia de la valentía? ¿En
el diccionario, en un tratado moral o en el ejemplo de valentía?
Creo que estaríamos todos de acuerdo en que en un ejemplo
de valentía. Si desapareciera de nuestro mundo todo ejemplo
de virtud, sería difícil que ésta se pudiera
restaurar simplemente con la ayuda de los escritos morales, de los
filósofos. En definitiva, decir aquello de "predicar
con el ejemplo" que es la frase que normalmente utilizamos
significa en el fondo que el ejemplo predica, prevalece y es lo
único capaz de hablar a la conciencia y al corazón
con toda elocuencia. Ante un ejemplo cualquiera, por muy silencioso
que éste sea como tantas veces ocurre, la voz
más ardiente del más inflamado predicador puede llegar
a enmudecer.
La educación sentimental del hombre se alimenta de los ejemplos
concretos, de valores experimentados en la vida, y no del discurso
moral ni del sermón. En el ámbito moral, el ejemplo
concilia al mismo tiempo lo concreto y lo normativo, el caso particular
y la regla; no sólo es un caso de la norma. Así, el
ejemplo de la valentía no es un caso del concepto general
de valentía, sino que es la norma misma; no es un caso de
valentía, sino que es la fuente de moralidad. Ésta
es la primera tesis que trato de defender. El ejemplo es fuente
de moralidad (si bien no quiere decir que el ejemplo siempre sea
fuente de moralidad positiva, ya que, como indicaré a continuación,
puede serlo también de moralidad negativa).
La segunda tesis se enuncia como sigue: además de ser fuente
originaria de moralidad, el ejemplo demuestra que algo meramente
posible existe, y eso supone una doble responsabilidad. Todos tenemos
la experiencia cotidiana de que, cuando queremos consolar a alguien
sumido en una gran tristeza o tribulación porque, por
ejemplo, está atravesando una grave enfermedad, muchas
veces nos quedamos sin palabras, y lo único que se nos ocurre
para consolarle es mencionarle el ejemplo de alguien que, aunque
ha sufrido la misma tribulación, enfermedad o problema, al
final lo ha superado.
Por tanto, el ejemplo no solamente es fuente de moralidad, sino
que además es la prueba de la realidad, la posibilidad efectiva
que tiene esa moralidad en la vida cotidiana. Los ejemplos morales
son hechos del pasado que, por haber acontecido ya, reúnen
en sí mismos la prueba de su realidad. Eso supone, como decía
antes, una doble responsabilidad: el ejemplo de los demás
evidencia otras posibilidades reales de nuestro ser y nos fuerza
a hacernos responsables de nuestra posibilidad actual. El comportamiento
cotidiano de los demás (de nuestro vecino, compañero,
trabajo, hermano o amigo), pero también a veces el de las
personalidades públicas, nos absuelve o nos condena.
Pondré un ejemplo. Una persona con cuatro hijos tiene la
mala suerte de que, cuando va a cenar a casa de unos amigos que
tienen también cuatro hijos, ve que el marido es capaz de
dedicarse a los cuatro hijos, poner la mesa y hacer la cena y el
resto de las labores domésticas. Evidentemente, a los ojos
de su esposa, el anfitrión está demostrando que hay
un ejemplo, un comportamiento, que es posible; y si es así,
pero su esposo no lo hace, éste se convierte en culpable.
Por el contrario, si sucede que esa misma persona con cuatro hijos
va a casa de otros amigos que tienen también cuatro hijos
y ve que el marido se sienta en el sofá y se desentiende
de las labores domésticas, el primer esposo estará
demostrando que hay comportamientos peores que los suyos
que, sin embargo, no realiza, por lo cual se está absolviendo.
Por consiguiente, no somos inmunes a los ejemplos cotidianos, sino
que, por el contrario, estamos rodeados nos guste o no
de una red de influencias mutuas. Y eso nos hace ser responsables,
porque el ejemplo de los demás nos está absolviendo
si es peor que el nuestro o nos está condenando
si es mejor que el nuestro. Asimismo, cada uno tiene
la responsabilidad de ser ejemplo para los otros. Además
de la responsabilidad que tenemos de la influencia de los demás
hacia nosotros, somos un ejemplo que está generando en los
demás una respuesta o una posibilidad de respuesta, y así,
nos podemos preguntar si absolvemos con nuestro mal comportamiento
la mediocridad de los demás o si, por el contrario, nuestro
buen comportamiento está generando una saludable inquietud
en ellos.
Todo el mundo es consciente de que el buen comportamiento en el
ámbito de trabajo, por ejemplo, puede generar, curiosamente,
resentimiento; alguien mantiene un buen comportamiento, pero genera
el resentimiento de aquellas personas que son conscientes de que
podrían hacer lo mismo que él, pero no lo hacen. Por
consiguiente, el comportamiento que adoptamos en el ámbito
tanto familiar como profesional, tanto privado como público,
nunca es un comportamiento neutro, sino que siempre estamos sometidos
a la influencia recíproca, y eso genera en nosotros una doble
responsabilidad: la responsabilidad del ejemplo que recibimos y
la responsabilidad del ejemplo que ofrecemos.
Si el ejemplo es fuente de moralidad (primera tesis); y además
demuestra en sí mismo su propia posibilidad real (segunda
tesis), la conclusión de estas reflexiones es indudablemente
el inmenso poder del ejemplo. El poder del ejemplo consiste en su
capacidad de despertar el deseo y de mostrar la dirección
de ese deseo en el individuo, sin que éste se sienta coaccionado.
Antes mencionaba las leyes abstractas propias de esa primera moralidad
que yo he excluido y que está basada en leyes coactivas y
abstractas que nos dicen "si no hacéis esto, se os impondrá
un castigo". Decía sobre ellas que era difícil
suscitar un deseo de adhesión frente a ese tipo de leyes
abstractas. Por el contrario, un ejemplo que primero demuestra ser
fuente de moralidad y segundo demuestra su propia posibilidad real
suscita en nosotros una inmensa adhesión, sin que nos sintamos
coaccionados por una amenaza de castigo que no existe. Si un ejemplo
se muestra moralmente necesario y materialmente posible, es muy
difícil resistirse a su influencia. El ejemplo llama a la
imitación; incita de un modo espontáneo a seguirlo
cuando la necesidad se alía con la tendencia natural; y arrastra
al sujeto suavemente hacia su modelo.