<<<ANTERIOR
/ SIIGUIENTE>>>
En la filosofía
tradicional dominante que, como antes decía, es la
de carácter lógico y lingüístico,
la verdad y el progreso de la ciencia han residido siempre en el
concepto abstracto. El concepto es lo normativo, lo esencial, lo
universal, y el ejemplo no añade nada sustantivo al concepto;
el ejemplo sólo ilustra. Como dice Aristóteles, el
ejemplo es como un testigo en un juicio. En un juicio lo que importa
es la sentencia; una vez que la tenemos, el testigo no sirve para
nada; da testimonio de la verdad, pero, como Juan Bautista, no es
la verdad, es sólo un caso arbitrario del concepto entre
otros muchos, sin verdadero rango lógico o filosófico.
Cuando Newton enuncia la teoría general de la gravitación
mediante una ley abstracta, conceptual y lingüística
es decir, se expresa por escrito, ¿qué
añade el ejemplo de que una nueva manzana haya vuelto a desprenderse
de un árbol? En otras palabras, ¿qué añade
el ejemplo a ese concepto enunciado por un científico? "Nada",
diría la filosofía tradicional.
Pues bien, mi libro argumenta radicalmente en contra de esta noción
de ejemplo. Digo que no es cierto ni siquiera en el ámbito
lógico, metafísico o filosófico, puesto que,
si fuera cierto lo que propone esa tradición si todo
el conocimiento fuera comunicable por conceptos, el único
libro verdaderamente importante sería el diccionario. Todo
lo demás sobraría. En el diccionario tendríamos
la definición de todos los saberes universales, y quien pudiera
asimilar todos los conceptos del diccionario tendría supuestamente
la sabiduría universal. En definitiva, ¿qué
es el diccionario, sino una acumulación de conceptos?
No obstante, nuestra experiencia cotidiana es que acudimos al diccionario
y no obtenemos esa sabiduría. No basta aprenderse el diccionario
para lograr todas las licenciaturas y todos los doctorados en todas
las disciplinas, sino que sucede lo contrario de lo que normalmente
se opina: el concepto es lo más vago, equívoco e impreciso,
y el momento de la iluminación, de la precisión y
de la exactitud sobreviene normalmente cuando invocamos un ejemplo.
Todo ejemplo es concreto, tangible, cálido, accesible; pero
al mismo tiempo, si verdaderamente es un ejemplo de algo, es ejemplo
de una ley y es válido para más de un caso. Luego
tiene algo de concreto y, sin embargo, también algo de universal.
La mayoría de nuestros conceptos no son nociones abstractas
como se nos suele decir, sino que son ejemplos tipo.
Si le pregunto a alguien qué entiende por "arte gótico",
normalmente no me responderá con una frase de un libro de
historia del arte ni tampoco acudirá al diccionario para
definirme qué es el arte gótico, sino que tendrá
en su mente un recuerdo de una catedral gótica concreta que
haya visitado en alguna ocasión anterior o, si no, al menos
de una catedral tipo que reúna las características
que presentan las catedrales góticas.
La ciencia y el conocimiento, a mi juicio, más que a través
de conceptos abstractos, progresan a través de ejemplos.
Además, si lo dicho es cierto en el ámbito lógico
que es al que me he referido hasta ahora, es muchísimo
más claro en el ámbito moral. Quizá sea interesante
distinguir dos clases de moralidad que me van a servir de contexto
preparatorio a lo que sigue. La moralidad tradicional se ha basado
también en el carácter lógico-lingüístico,
en el mandamiento y en la amenaza de castigo en caso de incumplimiento.
De esta naturaleza es la formulación clásica en las
tablas de la ley y, sobre todo, en la mayoría de las normas
jurídicas. Por ejemplo, es muy clara la estructura de las
normas jurídico-penales: "El que haga algo", se
enuncia, "recibirá este castigo" (por ejemplo,
el que mate será sancionado con una pena de prisión
de libertad de diez años). Ahora bien, una norma enunciada
de esta manera (abstracta, lingüística y conceptual)
no tiene mayor poder de persuasión que la que le da la amenaza
de castigo. Es evidente que no puede suscitar fácilmente
una adhesión libre de las personas. Hacemos las cosas porque,
si no las hacemos, nos castigan, y no por propio convencimiento.
Por eso creo que es interesante referirse a otra posibilidad de
moral que, en mi opinión, ha sido poco explorada, puesto
que está basada en el ejemplo y el ejemplo ha sido,
como he dicho, desconocido por la filosofía. Es una
moralidad basada en el ejemplo concreto; es posible amar, admirar,
desear, emular e imitar lo concreto y personal; si logramos afirmar
y demostrar que un ejemplo concreto de conducta moral es recto porque
obedece a una ley moral y participa de una racionalidad aplicable
a más de un caso, entonces imitar un modelo, un ejemplo,
ya no será un acto caprichoso, mimético e irracional,
sino un modo de acceder a la verdad moral sin coacción y
sin represión.
Quiero situar el discurso que sigue en este segundo contexto, el
contexto de una moralidad en la que la verdad del ejemplo puede
estar asociada a la idea del bien y también de la belleza.
En el otro concepto de moralidad, en cambio, es difícil coordinar
la verdad con la belleza y con la bondad, por su carácter
abstracto y coactivo. Sin embargo, esta moral basada en el ejemplo
podría más fácilmente armonizar estos tres
factores que creo decisivos.
En torno a este contexto de moralidad deseo hacer dos afirmaciones
sobre la naturaleza del ejemplo. Lo haré primero de una manera
general y después intentaré aplicarlo al ejemplo de
los políticos. En primer lugar, el ejemplo es una fuente
originaria de moralidad. A quien predica la paz, la solidaridad
o la tolerancia no se le permite que no practique esos mismos valores,
sino que, por el contrario, se le exige que predique con el ejemplo,
puesto que, de lo contrario, su falta de práctica contradice
su discurso. Ahora bien, ¿por qué cuando alguien dice
una cosa y hace la otra prevalece lo que hace y no lo que dice?
Eso no sucede con las teorías científicas. A una persona
que enuncia una teoría lógica o científica
no se le exige que después su comportamiento sea coherente
con ello. ¿Por qué cuando alguien enuncia una
ley moral le exigimos que cumpla con lo que está predicando?