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AULA DE CULTURA VIRTUAL

LA EJEMPLARIDAD DE LOS POLÍTICOS

D. Javier Gomá
Letrado del Consejo de Estado
Director de la Fundación Juan March
Premio Nacional de Ensayo 2004

Bilbao, 25 de octubre de 2004

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En la filosofía tradicional dominante –que, como antes decía, es la de carácter lógico y lingüístico–, la verdad y el progreso de la ciencia han residido siempre en el concepto abstracto. El concepto es lo normativo, lo esencial, lo universal, y el ejemplo no añade nada sustantivo al concepto; el ejemplo sólo ilustra. Como dice Aristóteles, el ejemplo es como un testigo en un juicio. En un juicio lo que importa es la sentencia; una vez que la tenemos, el testigo no sirve para nada; da testimonio de la verdad, pero, como Juan Bautista, no es la verdad, es sólo un caso arbitrario del concepto entre otros muchos, sin verdadero rango lógico o filosófico. Cuando Newton enuncia la teoría general de la gravitación mediante una ley abstracta, conceptual y lingüística –es decir, se expresa por escrito–, ¿qué añade el ejemplo de que una nueva manzana haya vuelto a desprenderse de un árbol? En otras palabras, ¿qué añade el ejemplo a ese concepto enunciado por un científico? "Nada", diría la filosofía tradicional.

Pues bien, mi libro argumenta radicalmente en contra de esta noción de ejemplo. Digo que no es cierto ni siquiera en el ámbito lógico, metafísico o filosófico, puesto que, si fuera cierto lo que propone esa tradición –si todo el conocimiento fuera comunicable por conceptos–, el único libro verdaderamente importante sería el diccionario. Todo lo demás sobraría. En el diccionario tendríamos la definición de todos los saberes universales, y quien pudiera asimilar todos los conceptos del diccionario tendría –supuestamente– la sabiduría universal. En definitiva, ¿qué es el diccionario, sino una acumulación de conceptos?

No obstante, nuestra experiencia cotidiana es que acudimos al diccionario y no obtenemos esa sabiduría. No basta aprenderse el diccionario para lograr todas las licenciaturas y todos los doctorados en todas las disciplinas, sino que sucede lo contrario de lo que normalmente se opina: el concepto es lo más vago, equívoco e impreciso, y el momento de la iluminación, de la precisión y de la exactitud sobreviene normalmente cuando invocamos un ejemplo. Todo ejemplo es concreto, tangible, cálido, accesible; pero al mismo tiempo, si verdaderamente es un ejemplo de algo, es ejemplo de una ley y es válido para más de un caso. Luego tiene algo de concreto y, sin embargo, también algo de universal. La mayoría de nuestros conceptos no son nociones abstractas –como se nos suele decir–, sino que son ejemplos tipo. Si le pregunto a alguien qué entiende por "arte gótico", normalmente no me responderá con una frase de un libro de historia del arte ni tampoco acudirá al diccionario para definirme qué es el arte gótico, sino que tendrá en su mente un recuerdo de una catedral gótica concreta que haya visitado en alguna ocasión anterior o, si no, al menos de una catedral tipo que reúna las características que presentan las catedrales góticas.

La ciencia y el conocimiento, a mi juicio, más que a través de conceptos abstractos, progresan a través de ejemplos. Además, si lo dicho es cierto en el ámbito lógico –que es al que me he referido hasta ahora–, es muchísimo más claro en el ámbito moral. Quizá sea interesante distinguir dos clases de moralidad que me van a servir de contexto preparatorio a lo que sigue. La moralidad tradicional se ha basado también en el carácter lógico-lingüístico, en el mandamiento y en la amenaza de castigo en caso de incumplimiento. De esta naturaleza es la formulación clásica en las tablas de la ley y, sobre todo, en la mayoría de las normas jurídicas. Por ejemplo, es muy clara la estructura de las normas jurídico-penales: "El que haga algo", se enuncia, "recibirá este castigo" (por ejemplo, el que mate será sancionado con una pena de prisión de libertad de diez años). Ahora bien, una norma enunciada de esta manera (abstracta, lingüística y conceptual) no tiene mayor poder de persuasión que la que le da la amenaza de castigo. Es evidente que no puede suscitar fácilmente una adhesión libre de las personas. Hacemos las cosas porque, si no las hacemos, nos castigan, y no por propio convencimiento.

Por eso creo que es interesante referirse a otra posibilidad de moral que, en mi opinión, ha sido poco explorada, puesto que está basada en el ejemplo –y el ejemplo ha sido, como he dicho, desconocido por la filosofía–. Es una moralidad basada en el ejemplo concreto; es posible amar, admirar, desear, emular e imitar lo concreto y personal; si logramos afirmar y demostrar que un ejemplo concreto de conducta moral es recto porque obedece a una ley moral y participa de una racionalidad aplicable a más de un caso, entonces imitar un modelo, un ejemplo, ya no será un acto caprichoso, mimético e irracional, sino un modo de acceder a la verdad moral sin coacción y sin represión.

Quiero situar el discurso que sigue en este segundo contexto, el contexto de una moralidad en la que la verdad del ejemplo puede estar asociada a la idea del bien y también de la belleza. En el otro concepto de moralidad, en cambio, es difícil coordinar la verdad con la belleza y con la bondad, por su carácter abstracto y coactivo. Sin embargo, esta moral basada en el ejemplo podría más fácilmente armonizar estos tres factores que creo decisivos.

En torno a este contexto de moralidad deseo hacer dos afirmaciones sobre la naturaleza del ejemplo. Lo haré primero de una manera general y después intentaré aplicarlo al ejemplo de los políticos. En primer lugar, el ejemplo es una fuente originaria de moralidad. A quien predica la paz, la solidaridad o la tolerancia no se le permite que no practique esos mismos valores, sino que, por el contrario, se le exige que predique con el ejemplo, puesto que, de lo contrario, su falta de práctica contradice su discurso. Ahora bien, ¿por qué cuando alguien dice una cosa y hace la otra prevalece lo que hace y no lo que dice? Eso no sucede con las teorías científicas. A una persona que enuncia una teoría lógica o científica no se le exige que después su comportamiento sea coherente con ello. ¿Por qué –cuando alguien enuncia una ley moral– le exigimos que cumpla con lo que está predicando?


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