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AULA DE CULTURA VIRTUAL

 

CINE Y LITERATURA


D. Jaime de Armiñán
Director y guionista de cine


Vitoria, 11 de diciembre de 2003



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Es justo reconocer que esta forma de escribir guiones tiene una edad, una explicación histórica y varias razones lógicas. Es el turno del guionista novel que se enfrenta a cuerpo limpio a la tarea de escribir un texto para el cine. Para dárselas de conocedor, mete la cámara en el argumento y la maneja a su antojo, sin advertir que no será él quien mueva tan peligrosa máquina. La historia también juega aparentemente a su favor, sin duda ha oído hablar de que en tiempos no tan lejanos se hacían dos guiones, el literario y el llamado técnico, que solía prepararlo el director de la futura película, y en el cual se contaban todos los movimientos de cámara, se hablaba de los objetivos que había que utilizar en cada plano y del número de planos de cada secuencia, de las panorámicas, de los barridos, del travelling, del plano americano, de todo. Estos guiones técnicos estaban hechos para el productor, que los ojeaba con suficiencia, pero no servían para casi nada porque luego el decorado, los exteriores, los interiores o las necesidades del rodaje los cambiaban forzosamente. Nunca me cansaré de repetir que en un guión jamás debe figurar en el reparto la cámara cinematográfica ni la forma de su manejo.

Hace algunos años participé en un curso que trataba exclusivamente del guión cinematográfico. El aula estaba llena de alumnos casi todos jóvenes, ellas y ellos. No recuerdo quién habló antes de que me llegara el turno, pero me dio pistas para hacer una pregunta: "¿Cuántos de vosotros queréis ser directores de cine? Que levanten la mano los que quieran ser directores de cine". Prácticamente la totalidad levantó la mano. Me parece lógico. El guionista en el fondo es un mandado, el capitán es el director, con permiso del productor, y además, le mete mano al texto, dice la penúltima palabra, encima lo firma y cobra derechos de autor. Hay pocos guionistas puros, y en casi todos ellos se esconde, con la sabia excepción de Rafael Azcona, un director disfrazado de oveja. Escribir un buen guión de cine es algo muy complicado, aunque el maestro Azorín opinara lo contrario, y no está al alcance de cualquiera. No sólo lo digo yo, sino que lo dijo un día Norman Mailer: "Sospecho que ser un buen guionista es mucho más difícil que ser un gran novelista o un gran dramaturgo". No iban a desmentirlo en su momento más brillante los grandes y venerados escritores que dieron sin empacho parte de su sangre y de su tinta al medio cinematográfico.

En los estudios de Hollywood, en la época gloriosa del cine universal, ya en el siglo pasado, dejaron su huella Scott Fitzgerald, Thornton Wilder, Ernest Hemingway, Truman Capote y Arthur Miller, entre otros. Esta nómina de nombres gloriosos y su obra como escritores de cine han de servir como prueba de que el guión cinematográfico es también un género literario. Así nos asomamos con buen ánimo a una laguna de aguas limpias y en apariencia tranquilas. Vamos a navegar por ellas sin directores ni productores, ni divos, ni cámaras, el guión como pieza literaria, el guión sin espinas. ¿Qué material contiene un guión cinematográfico? Palabras escritas unas detrás de otras, frases afortunadas o desgraciadísimas, creación de personajes (algunos inolvidables), situaciones, drama o risa, ingenio del autor, sentimiento, acción y diálogo. Aunque sólo fuera por los diálogos, debería estar el guión de las secuencias entre los libros mejor encuadernados junto a los capítulos de la novela y los actos del teatro.

Lo más parecido a un guión de cine es una obra teatral, y no cabe la menor duda de que el drama, la tragedia, la comedia o el sainete pertenecen al noble apartado literario, ni de que sus autores, desde Esquilo hasta Francisco Nieva pasando por el mismísimo Shakespeare, se asomaron a la cumbre del conocido monte Parnaso. Conviene repetir que en un guión cinematográfico hay una historia que se cuenta, unos personajes con sus propias características ­algunos de ellos tan espléndidos o incluso más que sus semejantes teatrales­ y un diálogo que puede superar en brillantez, en dramatismo, en humor, en comicidad o en emoción a los de su buen padre, el teatro de siempre. Hasta hace muy poco tiempo, ni siquiera se publicaban los guiones cinematográficos; y aún hoy, a excepción de los muy interesados en el tema, nadie los lee. Algunas veces he pensado en la razón de este indudable desprecio o al menos desdén. Se escribe el guión de una película y luego, por muchas causas, el resultado final es distinto, la película resulta otra. Además, en el guión han metido la pluma y las tijeras una serie de colaboradores espontáneos o interesados que a veces casi siempre lo abaratan (no olvidemos la perversa censura, la desgraciada autocensura y la otra parca, su hermana, la censura económica). No obstante, el guión está ahí y no es un tramo cualquiera en la totalidad de una película; es, en mi opinión, la pieza maestra ­literaria por cierto­ donde se apoya la obra bien rematada.

El cine es desde sus comienzos un gran devorador de historias y ha entrado algunas veces a saco ­justo es reconocerlo­ en el teatro, la novela, el cuento e, incluso, la poesía. Sin embargo, también ya en la mayoría de edad de lo que dio en llamarse el séptimo arte, el cine ha pasado al campo literario, y los guiones de no pocas películas se han convertido en novelas o en cuentos ­y guiones no sólo cinematográficos, sino también de televisión­. Hay ejemplos clamorosos, como Marty. Siempre recordaré esa película dirigida por Delbert Mann e interpretada admirablemente por Ernest Borgnine y Betsy Blair. En Marty, Ernest Borgnine era un vulgar carnicero que no mataba a nadie, y la borrosa Betsy Blair, borrosa sólo en apariencia, una señora del barrio. Claro que detrás de esos personajes tenían a todo un guionista, un maestro del maravilloso mundo de las cosas comunes. ¡Qué difícil es contar ese mundo, el que nos rodea! ¡ Y qué difícil transformar la aparente vulgaridad en magia! Y aún más: al personaje familiar que vemos todos los días en el metro, en la cafetería, en el mercado, convertirlo en un héroe fantástico.

En 1955 se estrenó Marty y Hollywood tuvo que tragarse el sapo. No olvidemos que aquel Hollywood era el de Cary Grant, Spencer Tracy, Marilyn Monroe, James Dean, Grace Kelly, Walt Disney y su Dama y el vagabundo. En la gran fiesta anual, Marty obtuvo siete nominaciones y tres Oscars, entre ellos el de la mejor película del año y el del mejor actor. Ernest Borgnine, descendiente de italianos, demostró que no hace falta ser guapo ni medir dos metros para alcanzar la gloria. Claro que, después, seguiría haciendo de malo en Hollywood. No olvidemos Doce hombres sin piedad (1957), que nació para la televisión y triunfó en el cine y en el teatro de todo el mundo, incluida, también, la televisión española. El guión es de Reginald Rose. Henry Fonda ofreció el proyecto cinematográfico a los más importantes estudios de Hollywood, pero ninguno se quiso embarcar. Fonda entonces decidió producir la película y acabó con el cuadro, eligió a Sidney Lumet, un director que había hecho televisión y teatro, y contrató a un grupo de actores sólidos con Martin Balsam, Lee J. Cobb y él mismo a la cabeza del reparto. Aquella película que iba a dar millones de dólares en el mundo sólo costó 340.000. ¿Un milagro? Pues no era un milagro, sino un trabajo bien hecho más el talento de un autor, el de unos cómicos oscuros y el de una estrella que se llamó Henry Fonda, nada menos.






 

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