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No es casual, en esta línea, que la cuestión básica en la que va elaborando Hans Küng su pensamiento y conquistando su libertad en conversación con las voces de su tiempo, en este caso Karl Barth, y con vistas a la unidad-universalidad de la Iglesia sea la cuestión de la justificación del pecador, la justificación del hombre: por la fe o por las obras. ¿Qué es lo que salva al hombre, qué es lo que lo justifica, lo que le hace justo: la fe, gracia concedida por Dios, o sus propias buenas obras? Lo que fuera el elemento doctrinal en el que cristalizó la escisión protestante puede ser conducido a un posible consenso en opinión de Hans Küng y de su primer gran trabajo en teología, a una posible concordia en una correcta interpretación de la tradición católica y del concilio de Trento, que no pueden negar que es la fe y la gracia las que hacen justo al pecador, y por medio también de una correcta interpretación de la teología de Karl Barth, intérprete de ese término que utilizó Lutero ("sola gratia", solamente la gracia salva al hombre), pero que no desintegra la justificación en puro espiritualismo subjetivista, sino que admite la dimensión real de la misma en la vida concreta del cristiano. Ésta es la postura de Hans Küng. Si la justificación fuera producto de las obras, la Iglesia, sus estructuras, serían administradoras únicas y absolutas de la gracia, pues ella decidiría sobre la bondad de las obras. Si la justificación no tuviera consecuencias reales, la Iglesia amenazaría con diluirse en un interiorismo subjetivo total. Pero la "libertad de un hombre cristiano" está en no renunciar ni a lo uno ni a lo otro, en mantener ambos extremos unidos de forma dialéctica. En este tema de la justificación se muestra en toda su profundidad y amplitud el misterio de la libertad humana, ésa cuya conquista caracteriza la vida de Hans Küng y recuerda en estas memorias: libertad como servo arbitrio, la comunidad como ámbito de la libertad y Dios como referencia necesaria de la libertad humana, y no como su negación. Ante el hombre pecador, sometido a la ley y condenado por ello necesariamente a la muerte, la libertad no es un líbero arbitrio, no es una libertad total y absoluta según estamos acostumbrados a pensar y sentir como hijos que somos de la modernidad que se constituye sobre la fe en la total autonomía de la razón humana, sino libertad como servo arbitrio, traducción religiosa en palabras de Paul Ricoeur de la falibilidad humana, de la finitud analizada por la antropología filosófica; o libertad como libertad necesitada en la, en mi opinión, acertada formulación del filósofo Hans Jonas, libertad en dependencia, libertad sobre todo dependiente de la relación. "Podemos ver que la libertad en la que somos agraciados se encuentra exactamente más allá de la religión en la que culmina la humanidad, no como una posibilidad ulterior, sino como la imposibilidad que sólo es posible en Dios, pero por eso precisamente sin el peso y el condicionamiento de la ambigüedad de aquella última posibilidad humana" (K. Barth, Carta a los romanos, 1922, 213). Porque es libertad necesitada la libertad humana, también la del hombre cristiano, es una libertad que debe ser vivida en comunidad. Mientras la Iglesia no sea la comunidad de los santos dando paso así al reino de Dios en los cielos, puede y debe ser señal y sacramento de la libertad en ese más allá a la religión, pero en esta historia concreta de la humanidad siempre está amenazada de convertirse en religión y como tal en amenaza de la posible libertad prometida al hombre cristiano en la fe. Por eso hasta la libertad necesitada tiene que ser conquistada también, aunque no sólo y siempre, contra las estructuras de una Iglesia que confunde su ser señal y sacramento con la realidad a la que apunta. Pero la verdadera cuestión de la libertad del hombre cristiano, de la libertad necesitada, de la libertad a conquistar de la que nos da testimonio Hans Küng en sus memorias está vinculada a la imagen misma de Dios. Relata el profesor Küng la impresión refrescante que le produjo constatar que Barth organizara la dogmática de forma cristocéntrica: el camino al Padre, el camino a Dios es el Hijo, es Jesús, y no hay otro camino. Es a la inversa de lo que normalmente se piensa y se practica, como si el dato primordial fuera la fe en Dios, de quien en un segundo momento se dice que se encarnó en Jesús, que se encarnó en la historia humana. No. Es el Jesús de Nazareth quien en su humanidad y en su muerte en cruz abre el camino al Padre. Fuera de la historia de Jesús no hay posibilidad de fe cristiana. Por esta razón, porque a la
fe cristiana en Dios pertenece la humanidad mortal de Jesús,
que es también ocultamiento de la divinidad, se puede
decir con el discípulo de Barth, Jüngel, que el modo
de la presencia de Dios en la cultura moderna es el modo de la
ausencia de Dios, es decir, vivir a Dios en su ocultamiento en
Jesús.
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