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Transcripción de la conferencia
de Ferrán Gallego
Sea como fuere, el caso es que el proyecto
racial nazi se basaba en el antisemitismo; aunque éste
no fuera el único punto de apoyo ideológico, aglutinaba
en torno a sí muchas cosas. La raza definía científicamente
a un grupo en aquel momento, y suponía la fatalidad comunitaria
del individuo, ya que uno no podía elegir de qué
raza era, por supuesto. En la Alemania de 1930, uno ni siquiera
podía elegir si ser o no judío; era algo que decidían
las autoridades, a pesar de que muchos no lo fueran, estudiando
los antecedentes genealógicos. Por tanto, las matanzas
se llevaban a cabo por algo que no dependía de una elección.
Pero es que además, y por si fuera poco, ese racismo no
frenaba ahí, ya que consistía en cargarse lo que
se había decidido que no era normal, sino una desviación.
Así, no sólo el judío, sino también
el disidente, aquél al que le gustaba una música
determinada, el homosexual, el gitano o el alborotador daban
muestra de poseer un ADN defectuoso, aunque éste ni siquiera
se conociera. Todo consistía, entonces, en un arcaísmo
trampa del nazismo. Se había hablado de un modernismo
refinado en referencia a esta época, de elementos ideológicos
arcaicos y de factores tecnológicos modernos; no obstante,
no se trataba de eso, sino de algo más. Bauman, por ejemplo,
planteaba que la modernidad excedía en medios técnicos
y escaseaba en fines morales, así que, cuando tanto pensábamos
que, en el mundo moderno, el fin había pasado a justificar
los medios, estábamos equivocando las cosas: no era que
el fin justificara los medios, sino que sólo había
medios que suponían el fin. Y el fin del exterminio no
era limpiar Alemania de extraños, sino conseguir la cohesión
de ese pueblo a través del acto de complicidad en dicho
exterminio silencioso, de la tolerancia del cumplimiento de éste,
de la callada por respuesta; así, se retenía al
pueblo en una conspiración comprendida e incluso, en algunos
casos, entusiasmada, creándose ese apestoso mundo inmundo,
irreal, inhumano, en el que la complicidad era la coartada del
poder.
Eso sí, Auschwitz, que, para
mí, es un concepto y procede de esa historia aferrada
del pueblo alemán, nos corresponde a todos, ya que ha
habido otros muchos Auschwitz: las experiencias japonesas en
Nan Kin, pongamos por caso, son un buen ejemplo de que esta mentalidad,
todo lo que origina el horror del exterminio es universal. Pero
atendamos precisamente a esa conceptualización a la que
me acabo de referir y preguntémonos: ¿qué
significa Auschwitz? A fin de cuentas, violencia normalizada,
exclusión radical, intrusismo, validez del exterminio,
los OTROS, con mayúscula, algo que también se ha
dado y se da en otras muchas partes. La limpieza étnica
ha surgido en los Balcanes, por ejemplo, donde se ha producido
algo tan horroroso como la violación de una mujer en un
ritual público y la consiguiente concepción de
una criatura, lo que supone, para quienes cultivan el racismo
e incluso acaban con los de la etnia contraria, que ésta
está engendrando un monstruo de origen distinto, un auténtico
Alien. Se le ha inoculado un ser diferente, radicalmente hostil,
lo que explica el suicidio de tantas mujeres bosnias violadas
que decidían quitarse la vida no ya por el hecho de haber
sufrido tan tremenda vejación, sino por haberse quedado
embarazadas y concebir al otro, al intruso. Las bolsas de pobreza,
por ejemplo, crean delincuentes, pero lo que más tememos
es llegar a formar parte de ellas. Por eso, tenemos que estar
satisfechos de nuestra opulencia, puesto que esa pobreza nos
sirve para indicarnos hasta dónde podemos llegar. El aterrado
yuppie de Nueva York contempla a los que duermen en el
Central Park, a los sin techo, pensando que algunos de ellos,
cinco días antes, vivían con el sueldo de una gran
empresa. Y esa pobreza, en muchos lugares, crea la brutalidad.
Las imágenes televisivas en directo sobre cualquier espantosa
matanza en un tiempo en el que se ha desterrado al propio tiempo,
como aquélla de los Grandes Lagos, nos muestran a una
gente incomprensible que se elimina sin causa aparente, como
si hubiera algo por lo que merece la pena matar. Y, mientras
siga existiendo el exterminio de un continente entero como el
africano, una población superflua, los otros, existirán
en una sociedad construida sobre el miedo a lo ajeno. Así,
hoy día, hay un fundamentalismo creador de un terrorismo
tremendo desde el 11 de septiembre, y sería sumamente
peligroso basarse en el pánico para cohesionarse, que
la esperanza pudiera radicar en el reconocimiento, identificación,
catalogación, control y castigo del enemigo. ¿Sería
ésa una dinámica de convivencia o simplemente una
feroz coexistencia siempre amenazada?
Mi trabajo es el de historiador, pero
mi utilidad, mi valor de cambio y de uso, creo yo, no me lo da
el Ministerio, sino yo mismo, y consiste no sólo en comprender
el pasado, en archivarlo minuciosamente catalogando y clasificando
con más o menos alegría a las víctimas y
al verdugo, sino también en comprender su sacrificio y,
sobre todo, en procurar no restablecer las líneas de continuidad,
una reiteración de la historia que produzca nuevas víctimas
y nuevos verdugos. Por eso, siempre que me he dedicado a estudiar
un proyecto abyecto de exclusión radical como éste,
mi deber de historiador ha sido defender la diversidad frente
a la exclusión; el orgullo de lo que uno es sin ánimo
de destierro ni voluntad de exilio, el amor a la propia voz sin
ánimo de que se mantenga el silencio en torno a nosotros.
En 1933, pudo pensarse que ser demócrata, liberal, suponía
una falta de intensidad en las propias convicciones, una forma
de cobardía, una debilidad de carácter; sin embargo,
aquéllos que andaban por ese camino fueron bastante más
héroes que algunos camisas pardas, puesto que murieron
en el anonimato y mantuvieron su dignidad ante su verdugo. Efectivamente,
sostuvieron su entereza ante una muerte sin publicidad, se resistieron
a dejar de ser personas cuando no había nadie para aplaudirles
ni jalearles, cuando sus compañeros no estaban para darles
palmaditas en la espalda. De hecho, gracias a la documentación
conservada, tenemos constancia de gestos de solidaridad que son
realmente conmovedores; el sacrificio de la propia vida para
salvar a un niño, pasar hambre para saciar el hambre del
que, si no comía aquel día, se moría, es
absolutamente heroico y enternecedor al tiempo. Y precisamente
a través de dicha documentación, las víctimas
de Auschwitz nos siguen contemplando; sus miradas continúan
acechándonos desde el pasado, sus gritos son aún,
como dijo un poeta muy cercano, «un redoble de conciencia».
Esperan que nuestra cultura les otorgue, por fin, un entierro
digno; que compongamos un himno funerario, que construyamos un
monumento moral edificado sobre el compromiso con la libertad
de cada uno como condición indispensable para crear la
libertad de todos, sobre el compromiso con la igualdad de todos
los seres humanos como condición de la existencia realmente
humana, sobre el compromiso personal con cada una de las vidas
ajenas, porque cada vida es irrepetible, es el paraíso
terrenal hecho de carne y hueso; sobre el compromiso con el valor
idéntico de cada existencia, sobre el rechazo a la simple
consideración de que haya vidas que merezcan la pena y
otras que no. ¿Por qué? Porque, cerca de una pequeña
ciudad polaca cuyo nombre alemán es Auschwitz, se levantó
un monumento a la barbarie basado precisamente en lo contrario
a estos principios. Eso es lo que debemos recordar; de lo contrario,
se repetirá la historia.
Los cuerpos desmantelados en la noche
y la niebla de un proyecto de exterminio aún nos observan
desde el fondo de nosotros mismos, desde la intimidad de nuestra
cultura; y no nos exigen el reconocimiento de su sacrificio,
ni tan siquiera el ritual de un homenaje tan yerto como su propia
muerte, sino algo más: que paguemos al contado nuestras
vidas. Que, en definitiva, demos valor inmortal a su muerte evitando
que las semillas de Auschwitz vuelvan a sembrarse en territorio
alguno. De esta forma, salvaremos el futuro y preservaremos,
también, el honor inexpugnable de aquella desdicha. Protegeremos
nuestro presente guardando el recuerdo de lo que pasó.
Y podremos levantar un monumento como el que Faulkner describe
al relatar un entierro en un pueblo del sur de Estados Unidos;
autor que, por cierto, al hablar de las estatuas que se levantan
sobre las tumbas, señala que son centinelas para defender
no ya a los vivos de los muertos mediante sus toneladas de peso
y su basta masa, sino a los muertos de los vivos, a los huesos
consumidos y vacíos, a las inocuas y mermes cenizas de
la angustia, de los seres humanos. Así que empezaré
yo mismo por proteger dicho recuerdo, procurando que no me venza
la emoción, acordándome de mi compañero
y discrepante amigo Ernest Lluch, que amaba a su país,
que amaba Cataluña y que tenía el suficiente corazón
como para amar intensamente al País Vasco, aunque algunos
patriotas decidieron que no era digno de eso y le dispararon
a la cara precisamente porque la dio hasta el final, y a la cabeza,
porque ahí habita el recuerdo, en ella se edifican las
palabras y se fabrica el argumento; porque en ésta, en
definitiva, se construye el artefacto de la razón y del
diálogo. Y porque, desde algún lugar de la barbarie,
alguien encontró razones para que ese cerebro se detuviera,
yo sólo encuentro razones para echarle de menos. El recuerdo
es, por tanto, nuestra propia salvación.
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