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Durante generaciones, los europeos vivieron la corrosión de los principios heredados de la Ilustración, del liberalismo y de la democracia. Vivieron los monstruos generados por los sueños de la Razón, y que podían presentarse en la forma más excelsa de la Razón misma. La sociedad que enfrentó la experiencia elemental al pensamiento, la Vida a la Razón, acabó considerando no sólo la amoralidad de la historia, sino también la superioridad moral de la fuerza sobre la razón. Lo que llamaron Vida se convirtió en un ritual de exasperación de la muerte, en una liturgia fúnebre que acabó acostumbrando a la modernidad a las oraciones por los caídos, con la política entendida como combate a muerte, con el compromiso entendido como ofrenda de la existencia propia y ajena -sobre todo la ajena- en un altar de constantes sacrificios humanos. Nada tenía que ver eso con la tradición democrática. Nada tiene que ver ahora con la libertad de los individuos y con la identificación de los derechos colectivos. Tenía que ver, es cierto, con la angustiosa herencia de hombres arrojados a una existencia hostil, de seres creados para la muerte que acabaron viendo en la irrupción cotidiana de la misma una forma de vida, y que acabaron por olvidar dónde se encontraba realmente la experiencia de vivir. Esa perversión creyó encontrar la libertad en el encuentro con el propio destino, y el destino en una manifestación del ser común. La visión trágica sustituyó a la visión dramática. La fatalidad sustituyó a la voluntad. Los actos silenciosos atestados de gritos sustituyeron a los argumentos. Lo más grave fue la forma en que tantos intelectuales europeos entendieron de esta forma su compromiso con un ser elemental, originario, una materia viscosa que se escondía en el fondo de la totalidad y que sólo se representaba radicalmente en su capacidad de gestar la violencia, la transformación, la apropiación del mundo, incluyendo la vida de los otros. El compromiso había sido el equivocado, aunque pudiera contentar a quienes buscaban el tendón de Aquiles de nuestra cultura para pulsar su rigidez, su tensión, su agónica vitalidad. La vida como lucha, la vida como negación de valores, la vida como destrucción, establece una moral: la moral del nihilista. Y el nihilista está demasiado preocupado destruyendo principios como para detenerse en rescatar las vidas humanas bajo sus escombros. La protesta de Camus se refirió al rescate del adversario como figura en la que uno mismo se aprende, no como el reconocimiento de la insoportable levedad de nuestros principios, como si el diálogo abierto, en lugar de ser la verdadera y única forma de política, se representara como una ficción, como una frívola debilidad, como un mero intercambio de débiles pensamientos siempre en la almoneda de los juicios de valor hechos por los demás. Nuestros derechos comienzan en nosotros, pero continúan necesariamente en los demás, en quienes no piensan igual. Rosa Luxemburg indicó a los bolcheviques, le dijo a Lenin que la libertad es siempre la libertad de quien opina de otra manera. Y generaciones enteras se acostumbraron a considerar que ese pensamiento ajeno era, sencillamente, una manera de dejar de ser. Llegaron al insulto de considerar que quien opinaba de otra forma había comenzado el proceso lógico que conduciría a su propia extinción. El pensamiento único arrojaba a los discrepantes fuera del pensar, y acabó por arrojarlos, en un proceso lógico deleznable, fuera del mismo ser. Y eso se hizo, sólo se pudo hacer, con el silencio o el aplauso de quienes debían haber sido profesionales de la heterodoxia, celadores de la herejía, recaudadores de la esencia de la pluralidad. Eso lo hicieron los jóvenes doblegados por las palabras sabias de esos viejos que, como indicaba otro moralista, La Rochefoucauld, son aquellas personas que dan buenos consejos porque ya no pueden dar malos ejemplos. La catástrofe moral que se abatió sobre el continente por estos motivos continuaba existiendo en los años de la Guerra Fría. Continuaba existiendo una latencia, un letargo que jadeaba su vitalidad atenuada junto a nosotros. Dormía solamente, con la paciencia interminable de las tardes de invierno. Pero habría de irrumpir en cuanto volviera a normalizarse la doble moral, el doble rasero para medir. En cuanto se instalara la permanente coartada para justificar la falta de libertad de uno en nombre de la libertad de todos. Para justificar el asesinato en nombre de la vida de todos. Para justificar el silencio en nombre de las palabras sagradas. Camus no deseaba convertirse en un hemipléjico moral: era un hombre riguroso, incluso había sido un hombre que había aceptado combatir, cuando lo que se le puso delante fue el final de una existencia humana propiamente dicha. No pasaron muchos años desde
esas primeras palabras de Camus, que siguieron alzándose
provocativamente, incluso en las condiciones de horror de la
guerra de Argelia -él, que era un argelino de nacimiento-;
no pasaron muchos años para que el fruto de esa creencia
radical acabara siendo el cinismo, el descreimiento, un proceso
de desmoralización que acabaría por creer en la
carencia alguna de sentido de la vida, en la imposibilidad de
aprehenderla, de pensarla, de contenerla. A fin de cuentas, los
rabiosos postmodernos podían partir de una certidumbre:
si en nombre de los sistemas, en nombre de los grandes Sujetos
Históricos, el pequeño sujeto real había
sido condenado al infierno, podían irse al diablo las
construcciones ideológicas que lo habían permitido.
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