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Eso es lo que escandaliza a Camus, pues importaría menos si se hubiera tratado de la acción de un grupo de delincuentes, de forajidos asolando los caminos culturales del continente. Lo que subleva a Camus y le obliga a tomar la palabra es que los viajeros por esos mismos caminos comienzan a ver en los salteadores algún motivo, se resignan a aceptar su parte de razón, se convierten en propagandistas de sus crímenes y, sobre todo, en tercos desmenuzadores de los hechos. Unos hechos que acaban siendo algo distinto a un crimen, por el simple hecho de haber sido realizado en nombre del pueblo, del proletariado, de la nación. La víctima no tiene ni siquiera la suerte de ser el resultado de una catástrofe natural: es una víctima lamentable, sin duda -y no siempre-, de ese aterrador proceso que algunos llaman «Historia». Como si se tratara de animales, su carne servirá para alimentar una causa, su piel extirpada dará calor a unos principios, sus ojos tapiados permitirán que la Verdad vea y sea contemplada. Camus no está dispuesto a ese juego. Y está tan poco dispuesto que usa el mejor material del que dispone: la palabra. Y, naturalmente, cuando es respondido desde la petulancia de un intelectual como D'Astier de la Vigerie, contesta con su curriculum. Le recuerda que poca cosa tiene que enseñarle sobre la miseria, que la miseria ha sido su escuela, de niño pobre del norte de Argelia. Le responde que no es tan imbécil para creer que puede extirparse toda la violencia del mundo, lo único que ha planteado es no convertirla en normalidad y mucho menos en exaltación. Acepta que su voz sea pequeña, porque se encuentra en un mundo en el que se grita: el exabrupto no necesita una argumentación, el insulto, incluso el más ingenioso, no tiene que demostrar su veracidad, el crimen no tiene que someterse a una lógica que vaya más allá del propio hecho del crimen. Aunque a ese hecho la ideología añada el silencio. Porque solamente es silencio el argumento que justifica el crimen. Y acaba su respuesta señalando que le extraña la falta de remordimientos de algunas ideologías totalitarias: «Si necesitan esos remordimientos, sólo podrán dárselos esos pocos hombres que, sin separarse de la historia, conscientes de sus límites, tratan de expresar, como pueden, la desdicha y la esperanza de Europa. "Solitarios", dirá usted con desprecio. Pero qué solos estarían ustedes sin esos solitarios...!». Todos estos recursos interpretativos nos sugieren su propia actualidad. Pero ya la tenía, y de qué manera, cuando Camus se atrevió -y de atreverse se trataba, precisamente- a mirar a la Historia cara a cara, a quitarle los velos y la niebla, a encender la luz y a desguazar la penumbra construida por la espesura de las coartadas ideológicas. Camus acude a restaurar el sentido elemental de la libertad, de la democracia, de la ciudadanía, de la política. Y eso no es nada fácil, pues la tarea de devolver el nombre verdadero a las cosas es una tarea ímproba, cuando las palabras han sido tan utilizadas para identificarse con su contrario. Camus, para expresarlo con las palabras de uno de los creadores del pensamiento moderno, acude a decirnos: «Sin la caridad, la virtud es un hombre en vano». Pues bien, esa caridad bien entendida es la que empieza por uno mismo siendo parte de los demás. Camus viene a defender la base misma de la democracia tras décadas en que esos principios han sido arrojados a las tinieblas exteriores de la normalidad política en Europa. Esos principios son tres: que los hombres son iguales, no idénticos; que el valor de cada una de las vidas como proyecto precioso, intachable, es un fin en sí mismo, y que el individuo sólo lo es en relación con la sociedad. Para ser tan indiscutibles, la historia del pasado siglo ha hecho todo lo contrario. Y en varias direcciones. El individuo que no se preocupa de sus semejantes no es un semejante, no es una persona, sino un individuo despersonalizado, una curiosa pieza biológica sin más circunstancia que su soledad. No podemos navegar a solas en un espacio que nos concierne a todos y que establece su ruta sobre la seguridad y la equivalencia de todos los viajeros. La sociedad sin prójimo es intolerable e intolerante. No es libre aquella sociedad que permite y alienta la indigencia, la miseria y la exclusión material. Tal vez algunos puedan creerse cristianos y pensar que puede negociarse el Sermón de la Montaña. Tal vez algunos puedan considerarse liberales y creer que se negocian los principios del 89. Esos principios no sólo se desarrollaron como criterios formales, como una fría normativa, sino que también inculcaron a la sociedad misma, para poder considerarla una verdadera sociedad, el derecho y la garantía de la felicidad. Pero Camus ha asistido igualmente a
la exaltación de comunidades esenciales, esencias perpetuas
que desprecian su origen individual, su carácter de conjunto
de seres autónomos. Esa comunidad tampoco es libre. En
la medida en que requiere la desaparición -nunca formal,
pero sí real- de la voluntad del individuo, tiene la genuflexión
unánime de los campos de cereales, la absorta meditación
de las mareas compactas, la cabizbaja y plena rectitud del horizonte.
Pero supone algo que está en la base misma de la catástrofe
moral que denunció Camus después de la segunda
posguerra mundial: la inexistencia o el desinterés de
la suerte de los individuos frente a la presunta Razón
Inmanente de la Historia, cada vez más confundida con
la naturaleza misma, con la síntesis de la Tierra y de
los Muertos, cada vez más alejada de la historia como
una tradición que se proyecta hacia el futuro, que depende
de la voluntad. Para Camus, ese principio determina la existencia
de una muchedumbre inválida, no el camino de individuos
que caminan juntos.
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