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AULA DE CULTURA VIRTUAL

 

NOS ESPERA LA NOCHE
La escritora Espido Freire conversa con el periodista Félix Linares


Bilbao, 10 de noviembre de 2003



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Félix Linares: A la espera de que llegue la musa.

Espido Freire: Ojalá, ya veremos. Te aseguro que es en lo que estoy trabajando. Una de las mayores satisfacciones que podría tener sería escribir un buen poemario. Pero ya veremos.

Félix Linares: Después, paradójicamente, aparece un par de libros que no son narrativos ni poéticos, sino que se trata de dos ensayos: uno sobre el primer amor y otro sobre la bulimia, el segundo de los cuales te convierte de nuevo en una especie de adalid de la lucha contra esta enfermedad. ¿Qué significa desde un punto de vista personal y qué repercusiones tiene con respecto al público que se acerca a ti con una visión diferente a la que había sido hasta entonces?

Espido Freire: El primer ensayo, Primer amor, partía de una serie de reflexiones que yo había iniciado desde hacía mucho tiempo sobre mi otra gran pasión, que son los cuentos de hadas -nuevamente universos paralelos-. Ahí recibí el apoyo, antes incluso de ganar el Premio Planeta, de mi editora, Ana Rosa Semprún, que me dio más o menos libertad. Quería que yo escribiera sobre el primer amor, y ahí se la colé yo y empecé a hablar sobre el cuento de hadas y de cómo analizar el amor a través de esos arquetipos. Como nos encontramos en una sociedad totalmente devorada por el mito del amor, hemos llegado a un momento en el que se considera que, si no se ha vivido una gran pasión amorosa en la vida, esa vida ha sido vacía y estéril, especialmente en el caso de las mujeres. Es un fenómeno relativamente nuevo que, además, se contrapone con otro tipo de ideas de autosuficiencia. No es tampoco, por lo general, un amor generoso, sino un amor basado en el estímulo, basado en el impulso, basado muchas veces en la imagen o la apariencia.

Pues bien, más o menos sobre eso iba reflexionando. Me encontraba entonces a punto de marcharme a Noruega, una estancia allí después del Premio Planeta, y antes estaba investigando sobre un ensayo de literatura inglesa, que es más o menos mi especialidad. Mientras estaba buscando en Internet horarios de trenes, de pronto caí en una página web proanorexia. Una página con unas fotografías de muchachas esqueléticas en inglés que defendían el derecho a convertirse en anoréxica y a continuar siéndolo. Se ofrecían trucos, recursos para mentir al terapeuta o engañar a los padres, de forma que esas chicas iban formando un club. Se comunicaban por correo electrónico a través de foros para mantener su enfermedad, creían que era una forma de vida, eran conscientes de que estaban enfermas, pero consideraban que les compensaba más mantenerse delgadas que estar sanas. A mí aquello me causó un impacto directo al estómago, porque, por un lado, no estaba tan alejado de lo que la mayor parte de mis amigas y yo misma pensábamos. Es decir, la belleza se identificaba siempre y constantemente con la delgadez. De hecho, en cuanto perdías unos kilos la reacción era "qué guapa estas"; pero, si comías demasiado, sobre todo con chicos, enseguida te decían "te estás poniendo fina". Siempre había una especie de censura, una atención constante al cuerpo. Y después, por otro lado, había otra cuestión de la que yo no había hablado nunca y que ni siquiera mis amigos más cercanos sabían -o quizá sí lo sabían, pero nunca lo habíamos comentado-: yo había estado enferma de adolescente, había tenido bulimia. No había sido diagnosticada, no había sido especialmente grave ni nunca había tenido que ser ingresada ni nada similar. Coincidió con esa etapa tan oscura de la que he estado hablando antes, de la música, de todo ese tipo de conflictos; y, en el momento en el que dejé de estudiar Derecho y abandoné la música, y comencé a practicar actividades que me gustaban, que me llenaban, y aposté por la vocación -y, sobre todo, en el momento en el que me atreví a decirles a todos (a mi familia, a mis amigos, a mis profesores, etc.) que no iba a ser como ellos esperaban-, fui curando.

Desde luego, fue algo progresivo, porque ni se enferma de un día para otro ni tampoco sale una de un día para otro. Yo creo que vivía con una vergüenza tremenda, me daba muchísimo apuro. Incluso recuerdo haber escondido o haber roto fotos de aquella época en la que yo estaba más gordita. Nunca estuve muy gorda, no fue una oscilación de peso tremendo, pero el sufrimiento era atroz, la sensación de no poder controlar nada, de que el mundo era blanco o negro, de que la comida me dominaba. Yo tenía miedo a llegar a hacerme daño. Después supe que muchas de las bulímicas o de las anoréxicas se practican cortes para liberar esa angustia. Yo no llegué a hacerlo nunca, pero sí que estaba ese impulso dentro.

Entonces, tomé una decisión. Me pareció que tenía que escribir sobre ese tema, que no me valía ya escribir articulitos ni mostrar un apoyo tímido; yo quería hablar, quería romper tópicos, quería decir que no era una enfermedad de niñas, sino que había chicos y, sobre todo, muchas personas adultas, y que era una enfermedad social, que el problema no era la comida, que era, por una parte, el tipo de vida endiablada al que nos estamos dirigiendo y, por la otra, la nula oportunidad de expresión que hay para las niñas, para las jóvenes, incluso para las mujeres. Siempre la ha habido, pero por alguna razón ahora se ha destruido toda esa falta de oportunidad para la expresión con la dictadura de la belleza, la tiranía del físico. No quería escribir un libro autobiográfico, primero porque mi caso no era representativo y segundo porque estamos en un momento en el que todo se malinterpreta y en el que cualquier persona con una dimensión pública parece que ha perdido el derecho a la intimidad, y no me apetecía ni exponer intimidades ni ser, como tú has dicho antes, el paladín. Quería otra cosa, quería desmentir mitos. Por eso, recogí cuatro historias, cuatro testimonios representativos que yo creo que pueden encajar bastante bien en lo que es la enfermedad, y después la investigación sobre las páginas web que yo había descubierto. Me involucré muy profundamente; me metí, me infiltré y fui viendo hasta qué punto esas chicas son más víctimas que verdugos y hasta qué punto hace falta manifestar comprensión no solamente por ellas, sino también por sus circunstancias.

El libro apareció un año más tarde. Me olvidé del ensayo de literatura inglesa, me olvidé de todo. Yo estaba entonces en la Universidad de Aberdeen (Escocia) y regresé para la promoción. Pensé que iba a ser muy dura. En un principio, ni mis amigos ni mi familia veían por qué tenía que meterme en ese berenjenal. Me decían: "Es que ahora tienes una imagen que es casi perfecta: joven, exitosa y triunfadora. ¿Por qué tienes que darles una excusa para que se metan contigo?". Sin embargo, ahí yo me revelé, porque, primero, es uno de los síntomas el hecho de que se dé por supuesto que una chica joven tenga que ser perfecta y estar absolutamente blindada en todos sus aspectos; y ni soy perfecta ni lo era ni lo fui. Y, segundo, a través de esa enfermedad, lo que estaba expresando era que ni me gustaba mi vida ni me gustaban mis circunstancias, pero no tenía a quién recurrir. El apoyo que he recibido por parte de los enfermos y de los familiares ha sido inmenso. Yo he intentado estar más o menos a la altura colaborando con asociaciones de enfermos, siempre intentando estar en un plano distinto, no protagonizar una campaña, que no se identifique únicamente el nombre, porque el objetivo tiene que ser combatir la enfermedad, no poner rostros; por eso estoy muy en contra de la campaña que inició el Ministerio de Sanidad durante el mes de septiembre con Nieves Álvarez como rostro público. Y me saca de quicio ver que no se está planteando un ataque frontal contra esas enfermedades.






 

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