a


AULA DE CULTURA VIRTUAL

ANTERIOR

Transcripción de la conferencia 'Los proletarios del arte'- 2


Unas abominaciones que no se limitaban al apóstrofe o la lamentación jeremíaca; junto al rasgamiento de vestiduras, don Pedro Boluda propone soluciones plausibles al conflicto -pero con una sintaxis de abucheo- que lo convierten en apóstol anticipado de la ONU y demás contubernios inoperantes o somnolientos:

Por eso entiendo en mi precaria opinión
que todos los hombres nobles hagan una unión,
y se reúnan con enérgica voluntad;
para que hagan resurgir sus ideales
y hasta expongan sus grandes capitales,
en momentos tan críticos de tan gran necesidad.


Su mentor, Andrés Bolarín, en anuencia con otros bromistas, le remitía cartas apócrifas, firmadas por los gobernantes más exóticos del atlas, que exacebaban su megalomanía, y mensualmente le tributaban un banquete, en el curso del cual se imponían diversas insignias y se le adjudicaban títulos nobiliarios -Conde de Pelikán, Rey de Cochinchina, etcétera- que nuestro poeta hacía figurar en su tarjeta de visita, junto a sus ocupaciones más domésticas de barbero o practicante. Jaime Campmany, en su libro de anécdotas y epigramas desvergonzados El jardín de las víboras (1996) evoca a don Pedro Boluda paseando por la Glorieta, frente al Ayuntamiento, muy galardonado de colgajos:

"Llevaba siempre los dos lados del pecho cubiertos de medallas y condecoraciones, naturalmente de chatarra, o compuestas de hojalata y cuentas de cristal. Los bromistas le decían que se las había concedido el zar Nicolás II, el rey Víctor Manuel, el emperador Napoleón III o el Negus de Abisinia, Haile Selasie. Llevaba una, preciosa por cierto, del Aga Khan. Don Pedro se lo creía todo, y luego recordaba exactamente quién le había concedido la preciada condecoración. Los domingos se ponía una, muy bonita, con cinta blanca y amarilla, que se la había traído desde el Vaticano Pío Nono en persona y se la había impuesto en Radio Murcia. Los dos, don Pedro y el Papa, habían hablado por el micrófono hermosas palabras de paz."

Otras distinciones treparían a las solapas de su chaqueta: Luis Garay afirma que fue nombrado caballero de la Orden del Calzón Caído, y que sus burladores le obsequiaban con estampitas pornográficas, muy crudamente genitales, que ostentaban dedicatorias no menos crudas: A don Pedro Boluda, de la Bella Chochirri; estampitas que desenfundaba en cualquier reunión de sociedad, para escándalo de marquesas y lechuguinos. En 1919, Andrés Bolarín y toda su recua de adláteres juntan unos ahorrillos, recolectan los versos dispersos de Boluda y los dan a la prensa; el volumen, de grosor nada desdeñable, responde al título algo desmadrado de La paz mundial, y en su frontispicio muestra una fotografía cavernícola de don Pedro Boluda, en la que apenas entran las guías de su bigotazo y las cejas enhiestas; aunque han transcurrido muchos años desde el asesinato de su hijo, aún conserva señales de luto en su atuendo. En el ejemplar de La paz mundial que cobija la Biblioteca Nacional de Madrid, algún lector gamberro o impío ha escritor debajo de este retrato el siguiente improperio: "ANIMAL"; y otro lector posterior, con signos doblemente admirativos, añade: "¡¡Es poco!! ¡¡Qué cinismo!!"

Pero la literatura, al igual que la caridad, es una virtud que no depende de calidades y cantidades, sino del sacrificio que exige su realización, y don Pedro Boluda, a buen seguro, hubo de sacrificarse mucho para superar su dislexia. Andrés Bolarín, en el prólogo a La paz mundial, alcanza cimas de seriedad impremeditada: "Las poesías de este volumen han de producir estupefacción. Por muy estragado que esté el público en cuestión de gusto literario, no se puede dudar que estos versos sacudirán sus sensibilidad y excitarán su atención poderosamente. Son versos de cataclismo, de aquellos que después de conocidos ya no se olvidan jamás. El autor, con un juicio de vidente, propónese que esta obra sea matriz de los géneros ultra-futuristas que han de sucederle. Y tantas cosas se ven en el mundo que no podemos dudar a veces de que lleguen a ser realidad los mayores absurdos". Si resucitase Bolarín, descubriría que las composiciones de don Pedro Boluda, que él había definido como "cataclismos", se quedarían en marejadillas, comparadas con la meningitis mística que hoy corrompe a muchos cabos furrieles de nuestro parnaso.

Con las ventas de La paz mundial, don Pedro Boluda se sufragó el título de practicante profesional, que le garantizaría un sueldo hasta la jubilación, pero antes tuvo que ir vendiendo los ejemplares casa por casa, puesto que las librerías de mayor fuste se negaban a exhibirlos en sus escaparates. A manos de Ramón Gómez de la Serna, coleccionista insomne de monstruos, llegó La paz mundial, a buen seguro por intercesión de Eliodoro Puche, aquel poeta lorquino y beodo, frecuentador de enterradores y busconas, que ya conocería a don Pedro Boluda, siquiera por proximidad geográfica. Ramón, que era generosamente arbitrario o roñoso hasta la crueldad, dependiendo del humor con que se hubiese levantado, dedica un artículo en La tribuna a este libro, considerándolo "gran ejemplo de un estreñimiento supino en que la trabazón del pensamiento es amazacotada". En Toda la historia de la Puerta del Sol y otras muchas cosas (Talleres Gráficos de La Tribuna, Madrid, 1921), se despacha a gusto contra don Pedro Boluda, incluyéndolo en un triunvirato de atorrantes que completan Iván de Nogales, el autor de Nueces eroticolíricas heteroclitorizadas y efervescentes, y el pintor bohemio Pedro Campón:

"Yo les trato como a personajes y les dedico una gran atención, aunque, eso sí, les descubra que no crea en ellos. Me percato, les miro con atención; pero sé que no podrán salir de lo que son, que en su frente y en sus sienes taponadas llevan la fatalidad. Las paredes de su cráneo suelen ser espesas, formidables paredes de cripta. [...]

Ofenden a nuestra alma constante, preocupada sin valimientos, sin ventajas, sin abusos, sin efectismos, estos hombres que vienen del asilo del Arte, para establecerse en su palacio. Les perdonamos, sin embargo, porque nunca, nunca conseguirán nada, como no sea estarse engañando hasta la muerte."

Pero lo cierto es que a Ramón, estos exiliados del Arte, lejos de ofenderle, le suministraban la diversión en sus tertulias sabatinas del café Pombo. Hasta allí se atrajo a don Pedro Boluda, a quien llamará, entre otras lindezas, "poeta bosquimano", y le atribuirá trepanaciones, decapitaciones, desmembramientos, y otros ejercicios de cirugía gore -como quitarle un riñón a los muertos y metérselo en el bazo- en el curso de sus labores subalternas como practicante en el hospital de Murcia, gamberradas que Boluda jamás hubiese perpetrado, pues su mansedumbre le impedía incurrir en estas carnicerías. Los guasones de Pombo lo obligaban a beber agua de Caravaña, asegurándole que estimulaba la inspiración, y también frascos de tinta, una penitencia de la que quedó exonerado gracias a la intervención in extremis de Edgar Neville. De sus excursiones madrileñas volvió Boluda algo escarmentado, y con retortijones de tripas por la ingestión de líquidos heterodoxos; nunca más quiso saber de Ramón y de su cohorte de aduladores, demasiado sofisticados y retorcidos para un barbero de provincias.

Los últimos veinte años de su existencia los entretuvo en la rememoración de sus hazañas pacifistas o poéticas, sonámbulo en los pasillos de su locura, recibiendo en camiseta y calzoncillos a los amigos y recitándoles con voz de fonógrafo o desvarío la panoplia de sus amistades, desde el Papa al Zar, pasando por el Káiser y el Rey de Malasia y el Emperador de Katmandú. Podemos figurarnos la estampa de un hombretón desvencijado y roto, con los bigotazos ya caedizos, como un sacamantecas bondadoso que gandulease por los parques de Murcia, rodeado de niños que lo hacían sonreír con su algarabía y lo obligaban a participar en sus juegos y atropellos. Siguió urdiendo quimeras en soledad, después de que Andrés Bolarín y demás chistosos empezaron a rehuirle, cansados de un armatoste que ya se les antojaba en exceso engorroso. Concibió, entre otras fantasías, que el cabildo de Nueva York le había erigido en el centro de la ciudad un monumento de forma piramidal, construido con alabastro macizo, para conmemorar su gloria; el monumento, de cincuenta metros de altura, soportaba en su cúspide una estatua suya, en actitud de arenga o declamación. Una escalera ascendía por la cara principal de la pirámide hasta la cima, flanqueada por bajorrelieves que representaban a los literatos más conspicuos, desde Homero a Balzac, en actitud de homenaje y rendida pleitesía.
- Pero, don Pedro, ¿también está Cervantes? -le preguntaban sus íntimos, fingiendo asombro.
- Anda, coño, y Goethe. Y me han dicho que ahora van a incorporar a Dante ¡Qué lástima no poder yo ir a ver mi monumento, que es uno de los mejores del mundo! Pero estoy muy contento de que otros puedan contemplarlo y quede para perpetuar mi memoria.

Don Pedro Boluda murió en 1946, ofuscado por la blancura de ese alabastro que sólo existía en sus ensoñaciones. Su locura, dulce y maleable, ni siquiera se inmutó en un paroxismo último; dimitió del mundo con una discreta placidez, como si se estuviese desangrando sin hemorragias, y se reunió con su alma en esas regiones de pluma y algodón donde lo aguardaba su hijo degollado. Quienes acompañaron su cadáver en las horas turbias del velatorio aseguran que las cejas y las guías de bigote le crecieron póstumamente, hasta rebasar el estrecho reducto del ataúd; como no hubo manera de recogérselas, las pillaron con la tapadera. Tanto las cejas como las guías del bigote estaban ya irremisiblemente canas, y parecían banderines deshilachados que pregonasen la paz de ultratumba».

Ésta es la vida de don Pedro Boluda, en la que he de confesar que hay algún rasgo inventado, algún dato que no es del todo cierto, aunque tampoco es del todo mentira. En este libro yo quise establecer un juego que consistió en hacer pasar lo verdadero por ficticio y lo ficticio por verdadero. Cuento muchas historias descabelladas, de las que ésta de don Pedro Boluda es rigurosamente cierta, se lo aseguro; pero hay otras vidas que cuento en las que los elementos ficticios y veraces se entrelazan y tejen unas biografías siempre al borde del disparate, aunque en todas ellas, más allá de la ineptitud del poeta en cuestión -les he leído el caso del poeta más inepto de todo el libro, el pobre don Pedro Boluda-, se muestra esa pasión a la que aludía al principio de esta intervención, esa pasión que se descubre en esa secuencia de la película Ed Wood, en la que el peor director de la historia del cine se aproxima al genio, se aproxima a Orson Welles, entabla conversación con él y entre ambos enseguida empieza a fluir esa especie de temblor, de trepidación, que todos los artistas alguna vez hemos sentido cuando estamos refiriéndonos a nuestro arte, cuando estamos hablando de nuestra vocación. Ese temblor, esa especie de exaltación con la que hablamos de nuestro oficio, la tienen igualmente los genios, los grandes maestros, y estas pequeñas criaturas destartaladas, y a ellas he querido rendirles un homenaje en este libro en particular y, en general, en algunos de los libros que he escrito, porque creo que sin estos pequeños monstruos, sin estos engendros de la literatura, ésta no sería exactamente lo que es.

Muchas veces, cuando queremos entender la literatura de un determinado tiempo solemos acudir a los grandes nombres, a los grandes personajes de ese tiempo, a esa pléyade de hombres ilustres que han pasado a la posteridad y que representan lo mejor de una determinada generación o de un determinado periodo histórico, y nos olvidamos de que, junto a esos grandes hombres, vivieron, como en una especie de gran hormiguero, pequeños personajes sin demasiado interés literario, pero en los cuales descubrimos sobre todo el sabor de una época. Muchas veces, en esas criaturas mediocres, suburbiales, marginales, en esos proletarios del Arte, es donde verdaderamente reside el espíritu, el clima, la atmósfera, de una época; una atmósfera irrepetible que podemos recrear intentando encontrar entre las estanterías abarrotadas de olvido que son las bibliotecas lo que fue su vida.

ANTERIOR

Enviar la noticia a un amigo

subir




info@diario-elcorreo.es

Pintor Losada 7
Teléfono: +34 1 944870100 / Fax: +34 1944870100
48004BILBAO