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Transcripción de la conferencia del Presidente del Instituto
Europeo de Estudios de la Educación D. Fernando Corominas
el 27 de mayo de 2002
Pero pasemos a los valores de los que antes les hablaba. Ya hemos
conseguido que el niño tenga memoria y que preste atención
porque sabemos lo que hay que hacer para que así sea;
ahora bien, ¿qué sucede con algo que acabo de mencionar:
con la fuerza de voluntad, con ser ordenado, con tener espíritu
de sacrificio y constancia, con saber seguir estudiando de un
libro y no distraerse? Pues que también hay un momento,
una edad ideal, para desarrollar cada uno de estos y otros valores,
así que, por tanto, también en este punto deben
aprovechar los padres los conocimientos sobre esas épocas
ideales de potenciación de diversas actitudes. ¿Por
qué? Porque cuando un individuo crece en un valor determinado,
el que sea, crece en todo como persona, al igual que se hunde
como persona cuando uno solo de sus posibles valores se da por
perdido. Así, con respecto a cuestiones como la solidaridad,
su periodo sensitivo se encuentra en la adolescencia de todo
individuo. Entre los 15 y los 16 años, un joven es capaz
hasta de dar la vida por el prójimo; sin embargo, no le
vayan con esas monsergas a un niño de siete u ocho años,
porque el asunto no le dice nada. Y al igual que entiende de
solidaridad, el adolescente entiende de justicia social, tanto
si es positiva como si es negativa.
De orden, en cambio, sí entienden
siendo casi recién nacidos y en los primeros años
de vida; o mejor dicho, no es que entiendan de orden, sino que
ése es el periodo sensitivo para potenciar tal valor,
ya que por esa época es cuando más les gusta que
las cosas estén en su sitio y siempre en el mismo. De
hecho, prueben con un niño de tres añitos: díganle
que van a jugar al escondite, que van a coger los zapatos del
colegio y que los van a dejar guardados en un cajón, con
las puntas puestas de una manera determinada. Si después
del juego, y tras haber tenido que buscarlos, le dicen que vuelva
a guardarlos, los llevará exactamente al mismo sitio en
el que fueron escondidos, incluso con las puntas colocadas de
la misma forma. ¿A qué se debe? A que está
en la época de su vida en la que más le va a gustar
el orden. O sea, que el método ideal para que lo siga
apreciando posteriormente es que le enseñemos a que vaya
cogiendo diversos elementos (cuentos, juguetes) y vaya dejando
cada uno en su sitio antes de coger el siguiente. Ellos lo captan
enseguida y les encanta, y a nosotros nos facilita la tarea para
próximas ocasiones, cuando deban guardar un orden en las
comidas, a la hora de dormir, etc. ¿Por qué? Porque
ya hemos comenzado a estructurar su cerebro de forma que el acatamiento
de unas normas necesarias le cueste mucho menos. De hecho, llega
a tal punto la obsesión por el orden de algunos niños
que piensan que incluso ellos tienen su propio sitio, y si la
primera vez se esconden detrás de la cortina tengan casi
por seguro que siempre será ése su lugar elegido.
Pero lo realmente importante de todo esto es que, como digo,
el proceso inicial facilitará que le guste sentarse en
el mismo lugar o usar la misma cuchara, por ejemplo, ya que les
hemos inculcado en el momento adecuado el valor del orden y les
hemos hecho ordenados para siempre.
La sinceridad, por su parte, tiene
su periodo sensitivo algo más tarde, con unos cinco, seis
o siete años, y la responsabilidad, con nueve diez u once.
Ahora bien, si probamos a pedirle responsabilidad a una niña
de siete u ocho años estará encantada de ayudar,
y podemos lograr que lo haga con orden, terminando lo que empiece.
Es más, como se lo pidamos mucho se pasará el día
preguntando en qué nos puede ayudar. O sea, que se trata
de ir poniendo valores y virtudes en su lugar correspondiente.
En cuanto a la amistad, la más fuerte se desarrolla de
los doce a los catorce años, por lo que antes deben estar
preparados si no queremos exponernos a que tengan malas compañías
que destrocen a nuestros hijos y sí, en cambio, que tengan
tan sólo buenos amigos, de confianza, puesto que ellos
les ayudarán a construir su personalidad positivamente.
Para ello, los padres deben hablar con los pequeños cuando
éstos cuenten con edades comprendidas entre los seis y
los nueve años, y deben explicarles la diferencia entre
un cómplice que les provoque a hacer cosas mal, un compañero
que solamente está de paso, y un amigo que les beneficie.
Así, lograrán que los niños les cuenten
quiénes son de la primera categoría y quiénes
de la segunda.
Y ya que he entrado en materia, me
gustaría comentar algo que para muchos padres ha supuesto
un cambio en la educación: cómo se adquieren los
hábitos. Si a mí me hubieran preguntado por ello,
hubiera contestado que los hábitos son actos repetidos;
sin embargo, hoy sabemos que no basta con estos actos repetidos,
que los hábitos dejan rastro en el cerebro, una especie
de huella, cuando se adquieren y que esa huella es para toda
la vida, imborrable. Es decir, se puede tener la huella del desorden
al lado de la del orden, pero la primera nunca anula la segunda;
por lo tanto, cada vez que se adquiere un hábito, bueno
o malo, se queda grabado para poderlo usar o no en veces posteriores.
Así que educar en hábitos es importantísimo
y realmente rentable porque a pesar de suponer un esfuerzo es
algo que estás dando para siempre. Y estoy hablando de
hábitos de cualquier tipo, que quedan impregnados en nosotros
como ocurre con los de fumar o beber, que son hábitos
que cuesta dejar (en el caso del fumar, ya sabemos que por mucho
que intentemos evitarlo cuesta lo suyo, aunque al menos siempre
podemos crear otro hábito paralelo que es el de dejar
de fumar, con el peligro, eso sí, de volver a caer a las
primeras de cambio).
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