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AULA DE CULTURA VIRTUAL

LOS AMORES INCONVENIENTES

Carmen Posadas

27 de octubre de 2003



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I. E.: Entonces, ¿tiene esto algo que con la superstición o es una cosa que está ahí, que forma parte de la realidad?

C. P.: No. Yo creo que eso tiene que ver con la predisposición que uno tiene. Por eso, si nosotros supiéramos programarnos de una forma positiva, nos iría mucho mejor.

I. E.: Cuando resumías tu libro, decías que uno de los temas de El buen sirviente era ese miedo que tiene una persona a la que todo le va muy bien a que, de pronto, todo se vaya al traste, tenga un golpe de mala suerte y a partir de ahí entre en una racha negativa. ¿Por qué crees que se produce este miedo? ¿Es por aquello de curarse en salud y pensar que no me puede ir tan bien siempre?

C. P.: Sí, yo creo que éste es un problema judeocristiano, el sempiterno problema del complejo de culpabilidad. Porque, por cierto, por encima de toda la novela sobrevuela la figura del diablo, pero no se trata de una novela fantástica por ello, sino que mi intención al hacerla aparecer ha sido que quedara patente ese mal que intuimos a diario. Es decir, no retrato al diablo con cuernos, sino al mal fario. Eso que ocurre cuando entras a un sitio y notas que cierta persona te causa mala sensación, o que hay mal ambiente, por ejemplo. Es cierto que para escribir la novela he tenido que leer muchísimo sobre el diablo, mas la mayoría de la información he tenido que obviarla. Me acuerdo de que, mientras estaba escribiendo este libro, me encontré con Lorenzo Silva un buen día y, al comentarle de qué iba la cosa, me ofreció ir con él a un exorcismo, como quien te invita a tomar el té a casa de un amigo. El caso es que le dije que sí, y hete ahí que al cabo de unos días acudimos a una iglesia a las afueras de Madrid.

Yo estaba bastante temblorosa, la verdad, porque pensaba: «Como se aparezca aquí el diablo, me hunde la novela». O sea, que me daba más miedo que él se presentara, que yo notara algo sobrenatural, y me estropeara la novela, que otra cosa. No obstante, allí que nos fuimos y asistimos al exorcismo que un sacerdote le practicó a una niña endemoniada de unos 15 años, diría yo. También estaban su madre y un psicólogo que habían llevado para demostrar que aquello era muy científico. Duró dos horas y la verdad es que resultó muy curioso. Fue una experiencia que me alegro de haber tenido. Además, afortunadamente el diablo no se presentó ­por lo menos, ese día­. Era claramente un fenómeno de histeria, aunque todos se lo creían: el sacerdote, la endemoniada y hasta su madre. Y eso que había cosas que no cuadraban; como, por ejemplo, cuando se decía que, en un momento determinado, la niña estaba hablando lenguas extrañas y lo que en realidad hacía era decir cosas del tipo: «Hanto efjoj djoe». Vamos, que lo que es ese día el diablo no hizo de las suyas.

I. E. : O sea, que tú no te lo creíste.

C. P.: No, no. No sé si el diablo existe, pero te aseguro que ese día no apareció.

I. E.: ¿Pero fuiste la única que no te lo creíste o Lorenzo Silva tampoco se lo creyó?

C. P.: No, Lorenzo Silva tampoco, pero el psicólogo cayó de rodillas en un momento dado diciendo: «¡Oh!, perdónanos, Satanás». O sea, que sí se lo creyó.

I. E.: Pero, después del exorcismo, ¿la chica mejoró o...?

C. P.: Pues mira, cuando salió de ese trance, estaba como tú y como yo. Lo único impresionante de todo aquello fue que, debido a lo que yo interpreto como un fenómeno de histeria, estuvo dos horas y media de reloj gritando y no acabó ronca.

I. E.: O sea, que puede existir algo.

C. P.: No sé, no sé. Yo les dejo ahí la anécdota para que ustedes saquen sus propias conclusiones.

I. E.: ¿Tú crees, Carmen, que el éxito cambia a las personas: su carácter, la forma de comportarse con sus amigos?

C. P.: Bueno, yo creo que tiene que ver con dos asuntos. Por un lado, con la vanidad. La gente vanidosa cambia con el éxito, desde luego, porque ya se cree la divina pomada y con derecho a todo. Y, por otro lado, con la edad. Me imagino que la gente que tiene éxito muy joven, como pueden ser los cantantes o los deportistas, o toda esta gente que de repente tiene un éxito muy fulgurante a una edad temprana, lo digiere muy mal. De hecho, hay personajes como Michael Jackson a los que les ha trastornado profundamente. Al menos éste pasó de ser un niño normal a convertirse en una especie de monstruo, lo que es muy peligroso.

I. E.: ¿Quieres decir que si el éxito te coge cuando ya eres una persona madura quizá estás más preparado para afrontarlo?

C. P.: Si estamos hablando del éxito profesional, sí, porque luego el éxito a escala privada consiste en ser feliz en casa, con los hijos.




 

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