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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcipción de la conferencia de José Álvarez Junco

Cuando Abderramán III recibió al embajador del emperador Otón en el palacio de Medina Azahara, éste le dijo: «Yo te saludo, oh, rey de Al-Ándalus, a la que los antiguos llamaban "Hispania"». Ésta es la mejor muestra para comprobar que era monarca, pues así era considerado y así se veía él mismo. Y la mejor forma de averiguar cuáles eran sus pensamientos acerca del territorio que dominaba es la siguiente: ¿saben ustedes cómo llamaban los musulmanes a esos pequeños núcleos de resistencia que había en la Cordillera Cantábrica y a los que apenas daban importancia? Les llamaban "francos", según atestiguan los documentos de la época. Con dicha denominación, se referían, como digo, a esos pequeños reinos del Norte que estaban protegidos, en el caso de Navarra y de la Marca Hispánica, de Cataluña, por la monarquía francesa; el resto era, para ellos, su "España". Sin embargo, como de costumbre, el nacionalismo ha tergiversado los argumentos hasta el punto de invertir los términos. Así, por lo general, tendemos a pensar que España eran precisamente esos pequeños reinos del Norte y que los del Sur eran los invasores extranjeros.

No obstante, tanto ésta como las anteriores incorrecciones comenzaron a cometerse mucho antes, ya lo dejaba entrever en párrafos anteriores; concretamente, en el primer milenio después de Cristo, es decir, hacia el año 900, de manos de esos monjes y obispos de los que ya he hablado brevemente, de los encargados de escribir las crónicas medievales de los reinos cristianos del Norte y contarles que sus reyes fueron los continuadores del antiguo reino visigodo, legítimo dominador de Hispania, que vio arrebatados sus territorios por unos invasores extranjeros, los musulmanes, sin ningún derecho a entrar en la zona porque eran unos infieles. Precisamente en esa idea de «vamos a reconquistar un territorio que es nuestro» (cuando lo que se hizo fue, en realidad, una guerra de conquista hacia el Sur) se basará la posterior Reconquista. Todos los reinos del Norte, asturianos, navarros, catalanes, dan por supuesto que el territorio les pertenece a ellos y se declaran herederos de los reyes visigodos, lo que no deja de ser curioso teniendo en cuenta que, si hubo una zona que éstos no consiguieron dominar, fue las montañas de la Cordillera Cantábrica. Es decir, se declaraban sucesores cuando habían sido unos rebeldes ingobernables (ni siquiera los musulmanes se acercaron a ellos). Por tanto, hemos asistido, a lo largo de la Historia, o, mejor dicho, a través de sus claves interpretativas, a una legitimación goda sin fundamento.

Y no sólo a ésta, sino también a una legitimación religiosa, misteriosa, milagrosa, en torno a la tumba del apóstol Santiago. Aparece a comienzos del siglo IX, es decir, unos 800 años después de que hubiera muerto el apóstol, que si, por lo general, ya es mucho tiempo, en una época en la que no se conservan testimonios escritos que hablaran de su labor de predicador del cristianismo en la Península Ibérica, es mucho más. Hubo otras historias acerca de la primera predicación cristiana, pero la de Santiago surge bastante tarde con respecto a la época en la que vivió este apóstol. El caso es que, a principios de dicho siglo IX, unos pastores aseguraron haber visto brillar, por las noches, en un campo, unas luces milagrosas. Posteriormente, este hecho fue respaldado por el rey Alfonso II El Casto, que tenía ciertos problemas de legitimidad, haciendo construir allí una primera iglesia, y también por los sucesivos monarcas, el obispo de la zona, etc. Sin embargo, la leyenda de Santiago, el hecho de que el único cuerpo entero de un apóstol directo de Cristo, de un discípulo directo de Cristo, aparte del cuerpo de San Pedro, en Roma, está enterrado en Santiago, tardará más de 300 años en ser aceptada ¿Por qué fue finalmente aceptada? La Edad Media fue una época muy crédula en la que existía una vasta milagrería, pero eso no significaba que fuera fácil aceptar una cosa de este tipo, sobre todo, tratándose de algo tan ambicioso como el cuerpo entero de un apóstol. De hecho, los primeros interesados en no aceptarlo fueron los otros obispados; el arzobispado de Toledo, en concreto, se seguirá resistiendo, aun a sabiendas de que la leyenda está totalmente aceptada por el resto, porque se considera Primado de España y estima que una serie de rentas que llegan a Santiago en virtud de voto deben dirigirse a su arzobispado. O sea que, incluso dentro del propio ambiente eclesiástico, había serias críticas a quienes pretendían hacer creer esta serie de actos milagrosos.

Si lo del misterio de Santiago acabó aceptándose fue porque un rey castellano, Alfonso VI, comenzó a buscar apoyo en la orden de Cluny, en Francia, la gran rival de Roma puesto que intentaba renovar la institución eclesiástica que ésta había impuesto. Este monarca casó a sus dos hijas con dos hijos del duque de Borgoña, protector de dicha Orden, se trajo a una serie de monjes franceses a los que nombró prelados de los distintos obispados del norte de España, también trajo arquitectos que le construyeron maravillosas iglesias románicas, el estilo que imperaba en Francia, y empezó a propagar la idea del Camino de Santiago puesto que el cuerpo del apóstol, supuestamente, se encontraba allí. Entonces, cuando la orden de Cluny acabó incluyendo a uno de los suyos en el Vaticano, el Papa acató esa leyenda y la propuesta del monarca. Así nace, por tanto, "el camino francés", como se le conocía anteriormente, ya que es una propuesta francesa. (No es de extrañar, entonces, que, en el mismo centro de París, estén los restos de la iglesia de Saint Jacques, en concreto, de su torre, así como la rue, la calle, de Saint Jacques, que, naturalmente, va hacia el sudoeste de España.)

La figura de Santiago reaparecerá a finales del siglo XI, comienzos del XII, y lo hará bajo la efigie de un guerrero, ya que así conviene para llevar a cabo la empresa bélica contra los musulmanes. Es a partir de ese momento cuando se le empieza a dibujar montado sobre un caballo blanco, en medio de las nubes y atacando a los árabes. Sin embargo, por lo poco que sabemos de él, era un pescador galileo a quien nunca se le vio montar a caballo, ni mucho menos coger una espada, y que, según los Hechos de los apóstoles, es el primero de ellos en morir. Exactamente, muere ejecutado, decapitado, por Herodes en Jerusalén, diez u once años después que Cristo. Así que es totalmente imposible que, en ese tiempo, llegara al otro extremo del Atlántico, evangelizara la Península, se desanimara, recibiera la visita de la Virgen, volviera a Jerusalén, fuera matado allí y, para colmo, estuviera enterrado en Galicia. Demasiado irreal para ser creíble. No obstante, lo único importante era tener suficientes apoyos institucionales, que es lo que acaba teniendo.

De esta manera, a medida que pasa el tiempo, incluso la idea de identidad española comienza a girar alrededor de este apóstol protector, a quien se le llama "Santiago el Mayor" y del que se dice, según algunas descripciones medievales, que es hermano gemelo de Cristo (por eso se le dibuja como tal en algunas pinturas), por lo que es prácticamente Cristo el que se está enfrentando a Mahoma, el mito guerrero del otro lado, de la yihad, de la guerra santa de los musulmanes, cuando aparece, en los cristianos, la idea de las cruzadas. Entonces es, también, cuando realmente cuela la leyenda que, hasta ese momento, no se aceptaba. Y todo tiene su porqué: si anteriormente no se había abierto camino, era porque el cristianismo original había sido una religión básicamente pacifista (de hecho, costó mucho trabajo que los cristianos se integraran en el ejército romano y aceptaran la idea de que, para defender a su comunidad, debían usar la espada), pero, para el siglo XI, la situación había cambiado considerablemente y era el propio papado el que lanzaba la idea de cruzada para reconquistar Jerusalén. España se hizo eco de los vientos de reconquista y adoptó el mito de Santiago, convirtiéndolo en símbolo nacional. Así, cuando llegue el momento supremo de la conquista de América frente al inca, Francisco Pizarro dirá: «Santiago y cierra España». E igualmente desempeñará un papel muy importante durante la guerra de 1808 contra los franceses, quienes, curiosamente, se revolverán en contra del mito que ellos mismos habían inventado y apoyado.

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