Así que, realmente, ni yo ni
la Iglesia tenemos documentos que nos permitan contar, con la
solidez que la historia requiere, la vida de Jesús, y,
por lo tanto, tenemos que apoyarnos en otras cosas. Por mi parte,
he acudido a la lógica deductiva, al sentido común,
a la historia comparada de las religiones, a todo lo que sabemos
de los tres o cuatro primeros siglos del cristianismo y, por
último, a la investigación psicológica de
nuestra conciencia, de nuestro inconsciente colectivo. La Iglesia,
por su parte, maneja eso que se llama Nuevo Testamento.
En esos tres primeros siglos del cristianismo que he revisado,
hasta que se definió el Canon en Nicea y en Calcedonia,
había centenares de textos evangélicos (algunos
coetáneos, casi ninguno de Jesús y casi todos posteriores);
en fin, había una libertad de interpretación, un
gran número de libres pensadores dentro del cristianismo.
En cuanto al Nuevo Testamento, debo contarles un truco:
las epístolas se colocaron al final, cuando los textos
más antiguos que poseemos son precisamente las epístolas
de Pablo. El orden verdadero en el que se produce el Nuevo
Testamento es el siguiente: primero, como digo, las epístolas
de Pablo -no todas son auténticas, pero éstas,
las primeras, sí-; segundo, el Evangelio de Marcos, en
el que no se menciona la resurrección de Cristo (el primer
texto de este Evangelio, antes de que fuera manipulado, termina
cuando las santas mujeres acuden a la tumba de Jesús),
ya que, curiosamente, los únicos textos que, en aquellos
momentos, nos hablan de la resurrección de Cristo son
los de los filósofos gnósticos, que no nos cuentan
prácticamente nada de la vida de Jesús y que se
limitan a interpretar los misterios mayores del cristianismo,
que se derivarían de la resurrección; tercero,
el Evangelio de Lucas; cuarto, el de Mateo; quinto, el de Juan,
que no fue escrito por él, sino, a buen seguro, por un
griego y que es 100 años posterior a los hechos de la
vida de Jesús; sexto, "Los hechos de los apóstoles",
un libro totalmente apócrifo, y, por último, las
demás epístolas, las que no pertenecen a Pablo
y que también son apócrifas -es la propia Iglesia
la que lo reconoce, no yo-.
¿Qué es lo que sucede
en las primeras décadas del siglo I después de
Cristo? Que existían, por aquel entonces, una serie de
cultos iniciáticos. Es a lo que el gran mitólogo
Joseph Campbell se refiere con El héroe de las mil
caras. Éste cuenta, adaptada a un determinado entorno
cultural, la misma historia: si se refiere a Grecia, habla de
Diónisos; si se refiere a Egipto, de Isis y Osiris; si
se refiere a Siria, de Adonis; si se refiere a Frigia, de Atis;
si se refiere a Persia, de Mitra, e incluso habla de Buda, en
la India, o de Lao Tsé, en China. En definitiva, El
héroe de las mil caras es una construcción
alegórico-filosófica que hay que interpretar en
clave simbólica. Nos lleva de la representación
de los misterios de Isis y Osiris a orillas del Nilo al
santuario de Delfos, etc. De esa tradición nace Eleusis,
santuario del paganismo, de la especulación filosófica
y religiosa. En toda la historia del paganismo, del helenismo
o de Roma, no había ni un sólo gran espíritu,
intelectual, filósofo, que no hubiera sido iniciado en
Eleusis. Se funda en el siglo VII antes de Cristo y termina arrasada
hasta sus cimientos en el año 383, cuando monjes nestorianos,
fanáticos capitaneados por Alarico, la asaltaron. Así
termina la historia del mundo pagano, y, como consecuencia, trece
años después, Teodosio prohibe todas las religiones
e impone por decreto el cristianismo, que comienza, entonces,
su periplo histórico.
Por cierto que, de los misterios escenificados
en Eleusis, nace la tragedia griega, formada por tres momentos
procedentes de una experiencia religiosa. Primero, se cuenta
una historia que parece que no tiene nada que ver con los espectadores,
una historia de gentes legendarias, nacidas milenios antes, los
Orestes, Agamenón, Electra, Edipo, y, poco a poco, en
el transcurso de la representación, los espectadores se
van dando cuenta de que esa fábula alegórica que
les están contando tiene relación con su propia
historia. Así, llegamos al segundo momento, la anagnórisis,
el reconocimiento; el espectador se ha dado cuenta de que están
hablando de él, y, al enterarse, estalla ese chispazo
que los griegos llamaban catarsis, que no es más
que la purificación, la regeneración.
Decía Cicerón que no
había nadie tan necio en el mundo que se creyera al pie
de la letra las cosas que se leían en los misterios de
Isis y Osiris o en los misterios de Diónisos. Realmente,
no sabemos lo que se veía, porque las personas que acudían
allí, a iniciarse en los misterios mayores, estaban selladas
por el secreto iniciático y no podían contarlo.
Nos han llegado algunas cositas a través de Platón,
por ejemplo, y de algunos otros, pero sabemos muy poco de lo
que sucedía allí. Sí sabemos que Jesús,
muchos siglos después, diría: «muchos son
los llamados y pocos los elegidos», refiriéndose,
según la interpretación que yo le doy al hecho,
a que eran muchas las personas que acudían atraídas
por los misterios de Eleusis, de Delfos, del Nilo, etc., y realmente
pocas las iniciadas y aceptadas. Cierto es, también, que
sólo se iniciaban las personas que cumplían unos
determinados requisitos.
Pero a lo que voy es a que esta historia
es extraordinariamente parecida a la que se nos cuenta en los
Evangelios. Es una historia que se repetía en todos los
rincones, dentro y fuera del Mediterráneo. Naturalmente,
con particularismos locales, mas siempre se trataba del héroe
de las mil caras nacido de madre virgen y muerto trágicamente,
crucificado o de otra forma, que resucitaba a los tres días,
coincidiendo, así, con la regeneración de las cosechas
o con las fiestas de primavera. Y esto no es discutible; esta
parte de mi libro, no es discutible. Sí lo es la reconstrucción
de la vida de Jesús, mi requisitoria a la Iglesia católica,
acusándola de muchos de los males de la historia universal,
porque parte de opiniones mías, pero esta historia que
os estoy contando ahora no está sujeta a debate. Miles
de documentos, de textos, de estudios publicados -no invento
nada nuevo-, lo demuestran; lo que sucede es que ha permanecido
en los círculos académicos, en libros de muy difícil
lectura, muy gruesos, eruditos, y nunca ha salido de ahí.
Por eso mismo, uno de los objetivos de este libro es sacar a
la luz todos los testimonios encontrados al respecto y hacérselos
llegar, a través de ese buen vehículo que es la
literatura, a los lectores. En los Evangelios, no hay, os lo
aseguro, ni una sola palabra, parábola, milagro o afirmación
que no estuviera ya en los textos que se refieren a Diónisos,
Isis, Mitra, Osiris o Buda.
Es una historia que hay que interpretar
alegórica, simbólica, metafóricamente. Eso
es lo que hacían los filósofos gnósticos
y a ello se refería Cicerón con su frase ¿Qué
es lo que sucedió entonces? Que el único lugar
de la cultura mediterránea en el que no existía
el héroe de las mil caras era Israel, Palestina ¿Por
qué? Probablemente, porque el peso del monoteísmo
de la Biblia impedía su aparición. Entonces,
al surgir la figura de Jesús, de la cual, como digo, sabemos
muy poco, los filósofos gnósticos decidieron convertirla
en el representante heróico del mundo judío. En
definitiva, le transfirieron la misma historia -ahora comprenderán
por qué decía que los evangelios gnósticos
son anteriores a los cristianos-, todas esas cosas que, como
metáfora, se contaban en los otros misterios.
Entonces, apareció Pablo y creó
una iglesia ¿Por qué creó una Iglesia si
ninguna religión, judía, musulmana, politeísta,
hinduista, taoísta, lo había hecho? Efectivamente,
el cristianismo, así como sus múltiples derivaciones
(la ortodoxa oriental bizantina, el protestantismo, el evangelismo,
el anglicanismo), es la única manifestación religiosa
que ha generado una Iglesia, esto es incontrovertible, y la razón
es que, por una serie de circunstancias que ahora no voy a desmenuzar,
a través del paulismo, a través de Pablo,
se extendió la denominada "teología de la
dominación". La Iglesia romana, en un determinado
momento, se convirtió en brazo espiritual del Imperio,
concluyendo, con dicha fusión, en una verdadera teocracia,
y, para ello, se necesitó crear, primero, una entidad
eclesiástica que definiera la verdad; mejor dicho, que
se creyera en posesión de la verdad. Una iglesia que dijera:
«fuera de nosotros, no hay salvación», como
nos ha repetido durante muchísimos años. Una iglesia
que definiera un canon. Una iglesia que persiguiera a los disidentes
(a todos los famosos herejes del siglo IV, Arrio, Donato, Manes,
o Prisciliano, manifestación ibérica del héroe
de las mil caras, por ejemplo). Una iglesia que, además,
hiciera prosélitos, se arrogara una inspiración
ecuménica y, por tanto, para cumplir con tal inspiración,
enviara misioneros que ejercieran el apostolado e intentaran
atraer gente.
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