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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcipción de la conferencia de Fernandez Sánchez Dragó

Así que, realmente, ni yo ni la Iglesia tenemos documentos que nos permitan contar, con la solidez que la historia requiere, la vida de Jesús, y, por lo tanto, tenemos que apoyarnos en otras cosas. Por mi parte, he acudido a la lógica deductiva, al sentido común, a la historia comparada de las religiones, a todo lo que sabemos de los tres o cuatro primeros siglos del cristianismo y, por último, a la investigación psicológica de nuestra conciencia, de nuestro inconsciente colectivo. La Iglesia, por su parte, maneja eso que se llama Nuevo Testamento. En esos tres primeros siglos del cristianismo que he revisado, hasta que se definió el Canon en Nicea y en Calcedonia, había centenares de textos evangélicos (algunos coetáneos, casi ninguno de Jesús y casi todos posteriores); en fin, había una libertad de interpretación, un gran número de libres pensadores dentro del cristianismo. En cuanto al Nuevo Testamento, debo contarles un truco: las epístolas se colocaron al final, cuando los textos más antiguos que poseemos son precisamente las epístolas de Pablo. El orden verdadero en el que se produce el Nuevo Testamento es el siguiente: primero, como digo, las epístolas de Pablo -no todas son auténticas, pero éstas, las primeras, sí-; segundo, el Evangelio de Marcos, en el que no se menciona la resurrección de Cristo (el primer texto de este Evangelio, antes de que fuera manipulado, termina cuando las santas mujeres acuden a la tumba de Jesús), ya que, curiosamente, los únicos textos que, en aquellos momentos, nos hablan de la resurrección de Cristo son los de los filósofos gnósticos, que no nos cuentan prácticamente nada de la vida de Jesús y que se limitan a interpretar los misterios mayores del cristianismo, que se derivarían de la resurrección; tercero, el Evangelio de Lucas; cuarto, el de Mateo; quinto, el de Juan, que no fue escrito por él, sino, a buen seguro, por un griego y que es 100 años posterior a los hechos de la vida de Jesús; sexto, "Los hechos de los apóstoles", un libro totalmente apócrifo, y, por último, las demás epístolas, las que no pertenecen a Pablo y que también son apócrifas -es la propia Iglesia la que lo reconoce, no yo-.

¿Qué es lo que sucede en las primeras décadas del siglo I después de Cristo? Que existían, por aquel entonces, una serie de cultos iniciáticos. Es a lo que el gran mitólogo Joseph Campbell se refiere con El héroe de las mil caras. Éste cuenta, adaptada a un determinado entorno cultural, la misma historia: si se refiere a Grecia, habla de Diónisos; si se refiere a Egipto, de Isis y Osiris; si se refiere a Siria, de Adonis; si se refiere a Frigia, de Atis; si se refiere a Persia, de Mitra, e incluso habla de Buda, en la India, o de Lao Tsé, en China. En definitiva, El héroe de las mil caras es una construcción alegórico-filosófica que hay que interpretar en clave simbólica. Nos lleva de la representación de los misterios de Isis y Osiris a orillas del Nilo al santuario de Delfos, etc. De esa tradición nace Eleusis, santuario del paganismo, de la especulación filosófica y religiosa. En toda la historia del paganismo, del helenismo o de Roma, no había ni un sólo gran espíritu, intelectual, filósofo, que no hubiera sido iniciado en Eleusis. Se funda en el siglo VII antes de Cristo y termina arrasada hasta sus cimientos en el año 383, cuando monjes nestorianos, fanáticos capitaneados por Alarico, la asaltaron. Así termina la historia del mundo pagano, y, como consecuencia, trece años después, Teodosio prohibe todas las religiones e impone por decreto el cristianismo, que comienza, entonces, su periplo histórico.

Por cierto que, de los misterios escenificados en Eleusis, nace la tragedia griega, formada por tres momentos procedentes de una experiencia religiosa. Primero, se cuenta una historia que parece que no tiene nada que ver con los espectadores, una historia de gentes legendarias, nacidas milenios antes, los Orestes, Agamenón, Electra, Edipo, y, poco a poco, en el transcurso de la representación, los espectadores se van dando cuenta de que esa fábula alegórica que les están contando tiene relación con su propia historia. Así, llegamos al segundo momento, la anagnórisis, el reconocimiento; el espectador se ha dado cuenta de que están hablando de él, y, al enterarse, estalla ese chispazo que los griegos llamaban catarsis, que no es más que la purificación, la regeneración.

Decía Cicerón que no había nadie tan necio en el mundo que se creyera al pie de la letra las cosas que se leían en los misterios de Isis y Osiris o en los misterios de Diónisos. Realmente, no sabemos lo que se veía, porque las personas que acudían allí, a iniciarse en los misterios mayores, estaban selladas por el secreto iniciático y no podían contarlo. Nos han llegado algunas cositas a través de Platón, por ejemplo, y de algunos otros, pero sabemos muy poco de lo que sucedía allí. Sí sabemos que Jesús, muchos siglos después, diría: «muchos son los llamados y pocos los elegidos», refiriéndose, según la interpretación que yo le doy al hecho, a que eran muchas las personas que acudían atraídas por los misterios de Eleusis, de Delfos, del Nilo, etc., y realmente pocas las iniciadas y aceptadas. Cierto es, también, que sólo se iniciaban las personas que cumplían unos determinados requisitos.

Pero a lo que voy es a que esta historia es extraordinariamente parecida a la que se nos cuenta en los Evangelios. Es una historia que se repetía en todos los rincones, dentro y fuera del Mediterráneo. Naturalmente, con particularismos locales, mas siempre se trataba del héroe de las mil caras nacido de madre virgen y muerto trágicamente, crucificado o de otra forma, que resucitaba a los tres días, coincidiendo, así, con la regeneración de las cosechas o con las fiestas de primavera. Y esto no es discutible; esta parte de mi libro, no es discutible. Sí lo es la reconstrucción de la vida de Jesús, mi requisitoria a la Iglesia católica, acusándola de muchos de los males de la historia universal, porque parte de opiniones mías, pero esta historia que os estoy contando ahora no está sujeta a debate. Miles de documentos, de textos, de estudios publicados -no invento nada nuevo-, lo demuestran; lo que sucede es que ha permanecido en los círculos académicos, en libros de muy difícil lectura, muy gruesos, eruditos, y nunca ha salido de ahí. Por eso mismo, uno de los objetivos de este libro es sacar a la luz todos los testimonios encontrados al respecto y hacérselos llegar, a través de ese buen vehículo que es la literatura, a los lectores. En los Evangelios, no hay, os lo aseguro, ni una sola palabra, parábola, milagro o afirmación que no estuviera ya en los textos que se refieren a Diónisos, Isis, Mitra, Osiris o Buda.

Es una historia que hay que interpretar alegórica, simbólica, metafóricamente. Eso es lo que hacían los filósofos gnósticos y a ello se refería Cicerón con su frase ¿Qué es lo que sucedió entonces? Que el único lugar de la cultura mediterránea en el que no existía el héroe de las mil caras era Israel, Palestina ¿Por qué? Probablemente, porque el peso del monoteísmo de la Biblia impedía su aparición. Entonces, al surgir la figura de Jesús, de la cual, como digo, sabemos muy poco, los filósofos gnósticos decidieron convertirla en el representante heróico del mundo judío. En definitiva, le transfirieron la misma historia -ahora comprenderán por qué decía que los evangelios gnósticos son anteriores a los cristianos-, todas esas cosas que, como metáfora, se contaban en los otros misterios.

Entonces, apareció Pablo y creó una iglesia ¿Por qué creó una Iglesia si ninguna religión, judía, musulmana, politeísta, hinduista, taoísta, lo había hecho? Efectivamente, el cristianismo, así como sus múltiples derivaciones (la ortodoxa oriental bizantina, el protestantismo, el evangelismo, el anglicanismo), es la única manifestación religiosa que ha generado una Iglesia, esto es incontrovertible, y la razón es que, por una serie de circunstancias que ahora no voy a desmenuzar, a través del paulismo, a través de Pablo, se extendió la denominada "teología de la dominación". La Iglesia romana, en un determinado momento, se convirtió en brazo espiritual del Imperio, concluyendo, con dicha fusión, en una verdadera teocracia, y, para ello, se necesitó crear, primero, una entidad eclesiástica que definiera la verdad; mejor dicho, que se creyera en posesión de la verdad. Una iglesia que dijera: «fuera de nosotros, no hay salvación», como nos ha repetido durante muchísimos años. Una iglesia que definiera un canon. Una iglesia que persiguiera a los disidentes (a todos los famosos herejes del siglo IV, Arrio, Donato, Manes, o Prisciliano, manifestación ibérica del héroe de las mil caras, por ejemplo). Una iglesia que, además, hiciera prosélitos, se arrogara una inspiración ecuménica y, por tanto, para cumplir con tal inspiración, enviara misioneros que ejercieran el apostolado e intentaran atraer gente.

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