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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia de Manos Unidas

Luis María Pérez de Onraita: Para comenzar, quería decir que, cuando estaba en Malanje, recibí un convite del Manos Unidas de Madrid para ayudar y colaborar en el lanzamiento de su campaña nacional, asunto en el que acepté participar con mucho gusto; así que llevo varios días promocionando dicha campaña por el mismo Madrid, Vitoria y, ahora, Bilbao con los amigos de la organización que están aquí. Se trata de dar nuestro pequeño testimonio; entonces, ¿cómo iba a decir que no? Además, Manos Unidas es una oenegé de la Iglesia, de las más antiguas puesto que ya tiene 42 años; por tanto, es el buque insignia de todos los trabajos sociales que la institución realiza en nuestro país. Pero es que, por si fuera poco, tiene una característica que a mí me gusta mucho: el voluntariado. Efectivamente, Manos Unidas depende de muchos trabajadores que, en todas y cada una de nuestras provincias, colaboran y ayudan; es más, si recoge 7.000 millones de pesetas al año, pongamos por caso, casi todo proviene de los socios y de aportaciones individuales. Solamente recibe 850 millones de fondos públicos; todo lo demás es particular. Precisamente ahí reside su grandeza, y éste fue uno de los motivos que me impulsaron a participar con ellos; trabajo que llevo a cabo con auténtico placer porque también sé que Manos Unidas necesita el apoyo de todos.

Así, y desde nuestras convicciones, partimos, tanto la organización como nosotros mismos, personalmente, de la necesaria consecución de la paz; por esa razón, el lema de Manos Unidas, durante esta campaña, es Si quieres la paz, rechaza la violencia. Yo llegué a Angola con otros compañeros en el año 1959 y, desde 1961, vivimos en situación de violencia. Al término de una guerra tras obtener la independencia cuatro años después, el 11 de noviembre de 1975, de que ésta empezara, comenzó otra: la guerra civil entre el que tenía el poder y el que quería conquistarlo por la fuerza. Pues bien, ésa todavía no ha acabado, y, aunque ya ha finalizado el siglo XX, aún se buscan excusas para continuar con ella. De ahí que haya habido diferentes fases: en 1992, hubo elecciones y parecía que todo se resolvía, pero algunos no aceptaron los resultados, aduciendo que no eran justos ni libres, y se volvió a las andadas. Más tarde, en el año 1998, también estábamos cerca de la paz, parecía que aquello se iba a arreglar; sin embargo, se torcieron las cosas otra vez y la situación dio lugar a la fase más violenta de todas por las que hemos pasado: la del año 1999.

En aquel tiempo, llovían bombas sobre Malanje de continuo, y me acuerdo perfectamente de cuándo comenzaron a caer: el 4 de enero, a las cuatro de la tarde. Yo observaba su explosión desde el seminario de allí entre asombrado y asustado, y aquel primer día llegaron a caer cerca de 50 bombas. De hecho, dos bombas cayeron en mi casa; cuando se aproximaba la segunda, yo estaba a 20 metros de ella, pero como tuve la intuición de que aquello podía venir porque tan sólo tarda unos 35 segundos en explotar desde que se la oye, empujé contra la pared a dos misioneros que estaban conmigo y nos salvamos -además, como yo soy delgadito, afortunadamente, la metralla pasó de largo-. Así, durante ocho meses hasta agosto; por eso las autoridades huyeron de Malanje. Los que tenían posibilidades, incluidas las oenegés, se escaparon y los misioneros nos quedamos absolutamente solos. También es verdad que estas oenegés, que nos querían mucho, nos dieron todo aquello que tenían en sus almacenes para que nosotros lo pudiésemos distribuir, gracias a lo que pudimos asistir a unas 36.000 personas durante el tiempo que duró ese infierno. Y, cuando todo aquello terminó, las oenegés volvieron y la situación se convirtió en una fiesta. Entonces se dio la aparición de PAM (Programa Alimentario Mundial), un organismo de las Naciones Unidas que contribuyó a las ayudas que ya veníamos recibiendo.

Ésta es la situación que nos ha tocado vivir; situación en cuyo cambio confiamos. Yo creo, sinceramente, que no todo está perdido; ya hay un clamor a favor de que las cosas mejoren, y, poco a poco, a lo largo de todo este año 2002, se va a resolver el problema. Angola gobernará y la guerrilla llegará a un acuerdo, porque la Iglesia ha insistido mucho en ello. De hecho, la única solución a la guerra, como siempre, es el diálogo y la negociación; las armas no sirven más que para matar, para tener más viudas, más huérfanos, más hambre y más miseria. Es la negociación la única teoría; teoría que, por cierto, hemos defendido durante años y que ahora parece haber hecho escuela. Por eso creo que a lo mejor este año es el de la paz, a pesar de lo cual, entonces, tendremos otro trabajo suplementario pendiente: purificar los corazones. La gente ha sufrido horrores en su familia, hay muchos muertos, por lo que el odio tribal, el resentimiento, la rabia y el deseo de venganza están a la orden del día. Suele ser habitual que quien sufra quiera obtener su recompensa ante tanta desgracia vivida, así que, como digo, es necesario limpiar los corazones, y ésa será nuestra próxima tarea, aunque algo ya estemos haciendo por conseguirlo.

Claro que, por otra parte, también estamos llevando a cabo otros trabajos igualmente relevantes. En lo que respecta a la agricultura, por ejemplo, estamos ayudando a miles de personas, aunque, por supuesto, ésta no es la solución definitiva; lo importante es que el pueblo trabaje y que viva con dignidad. Así, con los tres tractores, uno de Valencia y dos de Vitoria, que nos llevamos, hemos trabajado 1.500 hectáreas este año, y el terreno trabajado ha sido distribuido entre 5.000 mujeres organizadas (en Angola, quien trabaja la tierra y alimenta a la familia es la mujer, con una pequeñita ayuda del marido) que además reciben clases de alfabetización, de formación integral, de puericultura, de higiene y demás. De ese modo, son muchos miles de personas las que, efectivamente, van a vivir, con un poco de dignidad, de su trabajo. Y, en cuanto a la educación, tenemos 14.000 alumnos en nuestras escuelas y estamos recuperando muchas de las que el gobierno marxista nos incautó en el año 1975. La Iglesia las construyó, según sus teorías, con dinero robado al pueblo; entonces, pensaron que lo mejor era devolverle lo suyo. Sin embargo, ya vieron que aquello no funcionaba y decidieron que lo mejor para todos era que nosotros nos encargáramos del asunto. Nos comprometimos entre todos a pagar a los profesores y, de esta forma, en noviembre, la Conferencia Episcopal firmó un acuerdo con el gobierno. Yo, como obispo delegado para la educación, luché durante mucho tiempo por conseguir este convenio entre el gobierno y la Iglesia, y con ese objetivo seguimos trabajando hoy día. Ahora, está empezando a funcionar -tengo ganas de ir para verlo- una nueva escuela de formación de profesores durante cuatro años, lo que es un reto, desde luego, habida cuenta de que más importante que arreglar una escuela es preparar a los docentes. ¿Qué más cosas estamos haciendo? Tenemos muchos otros proyectos, como la creación de una emisora de la Iglesia en frecuencia modulada. Ya ha comentado Fernando que, hace poco más de un mes, un camión que transportaba todo el material necesario fue atacado y destruido por la UNITA; no obstante, no cejaremos en el empeño.

Ahora bien, todo esto que les estoy contando, y muchos otros asuntos, no son, ni mucho menos, mérito personal del obispo, sino todo lo contrario: son los misioneros quienes trabajan por que esto sea así. Tengo una docena de sacerdotes, aproximadamente, y una centena de religiosas, y, en total, hay 16 españoles trabajando en la diócesis; así que, efectivamente, son ellos los que llevan a cabo todo esto que ahora se ha hecho posible. El obispo preside, acompaña, motiva, anima, pero quien realmente trabaja es el misionero, y estoy muy orgulloso de que así sea. Cuando un día nos reunimos y planteamos que la UNITA estaba atacando Malanje, que llegaban las bombas, el problema era si nos quedábamos o nos íbamos. A mí, como obispo, me tocaba dar la primera palabra, y entonces dije que, con UNITA o sin ella, entraran o no los guerrilleros, yo me quedaba igualmente. Pero no fui el único: el padre Diana, un misionero portugués, espiritano, que es el vicario, y otros muchos opinaban lo mismo. Por tanto, todos permanecimos allí tan tranquilos, como si de la cosa más natural del mundo se tratara. Y todo esto, qué duda cabe, tiene mucha fuerza, ya que significa estar con el pueblo tanto si la cosa va bien como si va mal, tanto si hay hambre como si hay bienestar, porque la Iglesia debe estar con aquellos que más sufren.

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