JESÚS: UNA BIOGRAFÍA
Dr. Don Armand Puig
Especialista en la Biblia
Bilbao, 24 de octubre de 2004
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Daré a continuación
algunos puntos de anclaje en el personaje de Jesús. En este
sentido, me gustaría situarme en otro registro, es decir, llevar
mi reflexión a lo que sería la conciencia que Jesús
tenía de sí. Es un punto particularmente difícil,
porque mucha gente pregunta si Jesús sabía que le iba
a pasar lo que le sucedió. Hay quien argumenta así:
si es Dios, lo sabe todo; pero si lo sabe todo, ya no es hombre. Tenemos
así un punto que parece insoluble, porque somos un poco hijos
de Descartes, y nuestro cartesianismo nos hace decir que o bien lo
sabe todo o bien no sabe nada. Sin embargo, nunca funciona así,
de la misma manera que en nuestra vida nunca lo sabemos todo.
Creo que sucede lo mismo
en Jesús. Lo que distingue a Jesús de nosotros es su
conciencia absoluta de Dios. Una persona creyente tiene conciencia
de la presencia de Dios en él, pero es una conciencia que está
muy mediatizada por lo que llamamos "debilidad espiritual".
Esta conciencia se afloja, bascula, es más fuerte o menos fuerte,
y siempre nos encontramos luchando un poco con ella y contra las dudas
que tenemos. Sin embargo, la santidad de Jesús -como cualquier
otra santidad- está en su participación total. La conciencia
de Dios que tiene Jesús es conciencia plena, y aquí
está la fuerza. Podemos llamarlo como queramos, pero para mí
la cuestión está en comprender que Jesús se ve
a sí mismo desde su conciencia plena de Dios. Por esto podemos
decir "obediente en todo", pero naturalmente, y a la vez,
sin pecado, sin debilidades ni claroscuros. Transparente y diáfano.
¿Cómo sabemos
esto? En Jesús siempre hay palabras esenciales. Cuando hablamos,
siempre estamos buscando la tangente; es decir, en el fondo construimos
discursos interesantes y, a veces, bellísimos, pero nos falta
esencialidad, el corazón de la cosa. Sin embargo, en Jesús
siempre estamos tocando el fundamento. Por ejemplo, Jesús pregunta
cuál es el mandamiento más importante de la ley. No
se trata de una pregunta inocua, porque los rabinos proponían
cientos de mandamientos posibles, pero Jesús responde: ama
a Dios y ama al prójimo. Esto es esencialidad, porque, en el
fondo, un rabino judío habría buscado algo más
sofisticado y rebuscado, mientras que Jesús parte de la esencia,
de lo que es simple, evidente y obvio: mirar hacia arriba y mirar
a los otros.
En este sentido, la conciencia
que tiene Jesús pasa por expresiones muy sencillas y por un
lenguaje indirecto sobre su proyecto. En este sentido, debo decir
que las parábolas no existen porque sí. Jesús
hablaba mediante ellas porque quería expresar cosas que sin
ellas no es posible expresar. La parábola es como una fuerza
que irrumpe en la vida de las personas y las lleva más allá
de lo que ellas mismas pensaban. La parábola no es recato,
sino explosión, invitación a entrar en el reino y cambiar
las coordenadas propias. Son también un diálogo para
que cada uno reaccione.
Jesús habla en parábolas
porque no oculta su conciencia de hijo, sino que la expresa en la
vida de cada día. Ésta es otra característica
del mensaje de Jesús: no es un teólogo de oficio, un
especulativo, sino alguien muy directo y esencial, por lo que las
palabras expresarán su punto de vista sobre Dios y sobre sí
mismo. Por ejemplo, en la parábola de los viñadores
homicidas se habla del dueño de una viña que manda a
unos servidores para que recojan el fruto; estos servidores son apedreados
y expulsados. Sin embargo, en lugar de enviar a las fuerzas del orden,
este dueño de la viña manda a su hijo, quien no puede
hablar ni decir nada. Con toda alevosía, los de la segunda
viña lo expulsan. La parábola terminará trágicamente.
Finalmente, diré
que Jesús presenta a Dios como padre, pero resulta que, al
final, la palabra "padre" es indistinta con la palabra "Dios".
¿Por qué padre es el nombre de Dios? Porque es el nombre
de la relación que Jesús mantiene con Dios, relación
con la que no se quedará, sino que entregará a sus discípulos:
"Cuando oréis, decid 'Padre Nuestro'".
En definitiva, Jesús
es un atípico. No hay forma de encuadrarle. ¿Un sabio?
¿Un rabino? ¿Un profeta? ¿Un carismático?
En parte fue todo esto, pero en parte fue más, y el enigma
persiste. Los discípulos comprenderán que, de hecho,
el enigma de Jesús tenía un punto de solución,
que es la respuesta de Dios. Ahora bien, ¿cuándo responde
Dios? Lo diré en pocas palabras: el domingo de Pascua por la
mañana. Dios responde cuando, ante el triunfo aparente del
odio, la violencia, la injusticia y la muerte, decide poner las cosas
en su sitio. La resurrección de Jesús es, por encima
de todo, el partido que Dios toma a favor de una humanidad nueva.
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