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No hay más que ver nuestra política actual, en donde a los adversarios políticos no se les trata como adversarios sino como enemigos a los que hay que destruir. Entonces, esto es uno de los motivos por los que hay que insistir en esta necesidad de comparar siempre y en lo que a mí me gusta mucho recordar lo que los griegos llamaban la piedad, la compasión, la empatía; una actitud que, tanto desde el punto de vista científico como desde el punto de vista emocional, es absolutamente necesaria para entendernos con los otros y para sobrevivir nosotros mismos: intentar entender por qué hombres reaccionan de una manera determinada en un contexto también concreto y pensar siempre que la realidad es muy compleja, que buenos y malos, en grandes bloques, es imposible definir, y que esa realidad es una mezcla, como nuestras vidas personales y también en la vida de los pueblos de necesidad en el sentido de que nacemos en un país, en una época y en unas familias que naturalmente nos determinan por así decirlo; es algo necesario, pero además de la necesidad de ese determinismo del nacimiento que no podemos cambiar, los hombres y mujeres de nuestra época hemos aprendido que también existe la voluntad, la acción; es el legado occidental más potente que tenemos, el que puede transformar esa realidad que no nos viene dada, como la naturaleza, de una vez para siempre.
Y, desde luego, en historia contar con el azar; la historia es siempre una historia abierta, una historia que no es nunca lineal. Hay quien pone la metáfora de un ovillo, o de una espiral, o el Duque de Maura decía con mucha gracia que él pensaba que simplemente iba en zigzag, como los borrachos, pero, en cualquier caso, una historia siempre abierta. Y ese es un poco el sentido de este libro, mantener abierto el futuro, mantener abierta esa comunidad de memoria que decía Martín Buber. Por tanto, en un excepcionalismo más que la singularidad que tiene cada país, como tenemos nuestras vidas individuales, pero dentro de un contexto que es común.
Uno de los males, también, que hemos sufrido y que seguimos sufriendo, sobre todo por parte de los políticos, es el presentismo; es los de los valores actuales proyectarlos hacia el pasado, hacia sociedades que no podían tener esas vivencias que no lo conocían y aprender a vivir, como decía Hagel, aprender a vivir en todos los sentidos, con huecos y fragmentos; es decir, con que la realidad y la historia no es, desde luego, justa; la mayoría de las veces es doloroso, pero para eso hay que conocerla para intentar no repetir los errores que nos han llevado a ese dolor y a esa injusticia.
Y también me gusta citar a María Zambrano; es un librito precioso que escribió en los años 30, España, sueño y verdad se llama. Comenta cómo envidia a los franceses y a los ingleses, no es la única, en el sentido de que asumen su historia y, entonces, ella en los años 30, dice que a los españoles nos cuesta asumir nuestra propia historia; mientras que los franceses se enamoran de ella, en España se tiende a menospreciarla o a olvidarla. Yo creo que estamos en la situación actual en un nivel que podemos luchar contra ello. Aceptar esa historia poliédrica que tiene múltiples facetas; no somos convergentes, no confundir correlación con causalidad, una cosa es que coincidan acontecimientos y otra es que sea un efecto de otro. Decía Don José Antonio Maravall, contextualmente, que había que renunciar a las pesquisas causales, imposibles siempre de verificar, e ir a análisis situacionales más fecundos, es decir, a esos análisis que recogen el contexto propio, y que lo compara con los países de su entorno.
En este sentido, la destrucción de tantos estereotipos, de tantos mitos, es bastante difícil porque la verdad es que llevamos siglos con una, la famosa ya Leyenda Negra, que no es producto de una conspiración, y que hay que advertir que siempre que un país ha sido potencia hegemónica y sin serlo, pues, se crea a su alrededor, en su en torno, una leyenda negra. La diferencia es que, por ejemplo, a los ingleses y a los franceses les da igual; hablen de nosotros y tanto gusto; cabalgamos aunque hablen mal; mientras que en España se ha tendido a interiorizar esa propia leyenda negra. Hay una frase de Agustín Sánchez Vidal que a mí siempre me impresionó, hablando de Solana y de la época del regenarionismo y del 98, que tanta responsabilidad tiene en este pesimismo, en esta falta de realidad, no se trata de pesimismo o de optimismo sino simplemente de ver las cosas en realidad Agustín Sánchez Vidal hablando de este momento que la España negra era como el síndrome de Estocolmo, una imagen que venía de fuera, producto de unas circunstancias históricas muy complejas, acabamos creyéndola como propia sin ponerla en discusión.
Y en los estereotipos que se han formado a lo largo de mucho tiempo de una manera inerte, porque se ha dicho que los seres humanos, muchas veces, por no pensar, damos cualquier cosa. Es decir, los estereotipos, los tópicos, los prejuicios, son necesarios, son como muletas que necesitamos para enfrentarnos a una realidad que es muy completa, múltiple que nos desborda. Pero hay que saber que son muletas, hay que saber que esos prejuicios, esos estereotipos, esos tópicos hay que analizarlos, hay que criticarlos, hay que desguazarlos para que no nos impidan ver la realidad y sobre todo actuar sobre ella. Decía antes que estos estereotipos eran realidad.
Yo siempre he defendido que las palabras crean realidad. Eso de que se puede decir cualquier cosa mientras no se llegue a la acción. Es que la palabra es una acción y, por lo tanto, la palabra puede crear la violencia. Esos estereotipos son generales en la condición humana y en todos los países se dan, todos los países lo utilizan. Caro Baroja tiene unas páginas preciosos sobre el sociocentrismo; dice que todas las sociedades son sociocentricas, tienden a creerse el ombligo del mundo, a creerse las grandes civilizaciones y las pequeñas; y descendía desde las grandes civilizaciones a los pueblos locales.
Recuerdo algo que también debe estar recogido en alguna parte, porque me encantó, y decía que ese sociocentrismo, ese ombliguismo, ese narcisismo de uno mismo, es todavía mayor frente al que está al lado; es decir, los vecinos se tratan mucho peor que los que están a gran distancia y, por ejemplo, algo muy claro es la relación España-Francia. Ponía el ejemplo gracioso de los años 50; haber ido a una corrida de toros a Haro, donde había un gran cartel, donde decía "bienvenidos todos los forasteros a las fiestas de Haro, salvo los de Logroño". Entonces, ese tipo de rechazo, recuerden ustedes que la procedencia de huésped es hostis, pero también enemigo, hostil; hay siempre una ambigüedad, y esa ambigüedad tenemos que ser muy conscientes de ello.
Y, luego, en todo esto hay también en estos estereotipos, indudablemente, una tradición de autocrítica española, casi flagelante. Está muy bien la tradición crítica. Antes, cuando hablaba de la empatía, lo que nos enseñaron los griegos, que está en la Iliada, es ponerse en el lugar del otro, y esta es una actitud que se necesita para convivir con los demás en el plano personal, individual, colectivo, como para la ciencia, y la posibilidad de ver de otra manera, con otra mirada las cosas que parecían obvias. |