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D. José Luis Pardo

Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid

Esto no es música. El malestar de la cultura de masas

En Bilbao, a 25 de febrero de 2008
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Laurentino Fernández

El corazón del mundo late, entonces, de acuerdo con la cuenta atrás del reloj del holocausto termonuclear, que tiene su tic en Washington y su tac en Moscú. Y uno podría preguntarse: "bueno, es posible dar un paso fuera de ese compás mortífero que suena en las cancillerías y en las fábricas e, incluso, en la casas de familia". Los músicos de jazz inventaron en Estados Unidos una curiosa forma de tocar: imagínense ustedes el cuarteto característico de jazz, saliendo al escenario e interpretando una melodía, desde el principio hasta el final. Entonces, quedan señaladas cuáles son las coordenadas melódicas, armónicas y, por supuesto, rítmicas.

Es decir, el pulso fundamental de la melodía es como un tren cuyos vagones están todos en orden. La locomotora lista para, en fin, salir hacia su punto de llegada. A mi esto del tren siempre me recuerda -no quiero ser demasiado malo, porque ya he sido malo por dos veces en este asunto-, me recuerda a eso que dicen la unidad de destino. Veo muy bien representado eso de la unidad de destino, en fin, en la gente que se sube al tren con su billete de curso legal y el nombre de la estación de llegada en él. Bueno, pues, en cuanto comienza el turno de improvisaciones del cuarteto de jazz, resulta que el músico que improvisa empieza a, bueno, un poco, como pasa cuando uno se monta en el metro, que de momento va uno muy pendiente de cuál es la estación, pero, de pronto, en cuanto se pone en marcha empieza uno a divagar y a entrar en un estado de duermevela, de ensoñación, de juego con la memoria un poco extraño. Entonces, este músico que empieza a improvisar, toca de una manera que, coloquialmente, llaman los músicos de jazz off bite. Es decir, fuera del pulso que marcan los golpes de la batería, y, digamos, las notas que va desgranando, la melodía que va desgranando en ese tiempo, digamos no pulsado, pues, efectivamente, deja oír un tiempo que no es el tiempo principal, que no es el pulso fundamental de la melodía. Está tocando a destiempo, incluso contratiempo, una melodía, si se quiere desgarradamente bella, pero también bellamente desarraigada con respecto a ese pulso fundamental. Y no es extraño, porque, después de todo, los músicos David Bo, eran herederos de aquellos que no tenían ni identidad ni destino en el drama nacional americano. Es decir, gente que se subía a los trenes sin billete y cuya vida, pues, no podía ser otra cosa más que una ensoñación desacompasada entre dos estaciones pulsadas, porque, en fin, no podían ni entrar ni subir ni bajarse al tren de las estaciones.

Bueno, pues, de una manera similar, Europa se las estaba arreglando en 1947 para construir un segmento de tiempo al margen de ese compás terrorífico, pulsado por el bombo, que más viene a la bomba atómica y por las sirenas de las fábricas. Es decir, un pedazo de tiempo sin pulso que proporcionaba a los que nunca habían tenido una, una suerte de tregua frente a las inclemencias de la guerra y del mercado, y un horizonte de relativa estabilidad, en el cual tejer un proyecto de vida digna. Es lo que llamamos estado social de derecho, o estado del bienestar.

Ya sé que, cuando hoy decimos estado del bienestar, la imagen que se nos viene a la cabeza es la de un adolescente obeso comiendo patatas fritas en el sofá, mientras observa, uno tras otro, programas de televisión basura. Pero eso no prueba más que, hasta qué punto se nos ha olvidado de qué trataba aquello, porque, desde luego, no trataba de eso. O sea que, no es extraño que, 20 años después de 1947, cuatro chicos, hijos de trabajadores que empezaron tocando en un club de jazz de Liverpool, simplemente por haber atisbado ese mínimo de bienestar arrancado penosamente a los tambores de la guerra y a los vértigos del mercado, entrevieran la posibilidad de una existencia distinta e hicieran escuchar ese otro tiempo de vida, distinto del que pulsaba el reloj atómico a cientos de miles jóvenes en todo el mundo. Una posibilidad de vida cuyo objetivo no fuera enriquecerse, o no fuera solamente enriquecerse o imponerse al prójimo o intentar con mayor o menor fortuna, en fin, escapar del hambre y del frío.

Por eso, no es extraño, si uno mira despacio esa portada, se encuentra en ella a unos cuantos de los fundadores del partido laboralista británico, o sea, que, si puede hablarse de un cierto estado de malestar, que ha sucedido en nuestras sociedades al estado del bienestar, es porque hoy quedan muy pocos que sean capaces de reírse, o de las hazañas bélicas, o de la cuenta de resultados, como se reían durante aquellos breves y asombrosos en los cuales marcaron el ritmo sincopado de ese intervalo maravilloso. Yo casi siempre menciono el hecho de que cuando Elvis Presley grabó en 1954 aquella canción que se llama That's all right . Esto no pudo hacerlo sino por un grave descuido. Es decir, grabó esa canción porque se le olvidó que era blanco. Si hubiera reparado mínimamente en que..., se hubiera mirado al espejo..., ¡vamos! no lo hubiera hecho nunca, no se le hubiera ocurrido. Y por no decir que esa misma canción la incorporó en 1957 John Lenon al repertorio del grupo que tenía en Liverpool, cosa que tampoco hubiera hecho si hubieran reparado que eran cuatro adolescentes británicos completamente blancos.

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Divergencias 'Cultura entre líneas'
Por César Coca, Oscar B. Otalora e Iñaki Esteban