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D. Emilio de Diego

Presidente de la Asociación de Estudio de la Guerra de la Independencia

España, el infierno de Napoleón. La Guerra de la Independencia

En Bilbao, a 31 de marzo de 2008
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Emilio de Diego

Bien, pero es que en los meses siguientes, en Diciembre del año siete, y luego en las semanas inmediatamente posteriores en los primeros meses, hasta febrero del año ocho, entran otros cuerpos del ejército: dos por los Pirineos occidentales y otro por Cataluña, y esos ya no van a Portugal, bueno. Esos, los que entran por Irún teóricamente van a Gibraltar, porque, claro, el otro emplazamiento inglés es Gibraltar. Sí, pero, ¿y los que han entrado por Cataluña que se quedan en Barcelona? Eso queda un poco más lejos de Gibraltar, eso es más difícil de enmascarar al amparo de esa presunta acción contra los ingleses. Sí y no; por el artículo tercero de la convención anexa al tratado de Fontaineblau se había establecido que las autoridades españolas atenderían al suministro a las tropas francesas. Sí, pero, claro, eso es tanto como decir que son los campesinos españoles y que son los ciudadanos españoles, son los súbditos de Carlos IV, los que tienen que correr con esas cargas y, además, tienen que hacerlo en unas condiciones especiales.

A partir de marzo de 1808, en que se ha producido una profundísima crisis en la monarquía española, con el golpe de estado contra su padre, Fernando, entonces príncipe de Asturias, inmediatamente Fernando VII, arrebatando la corona a Carlos IV en Aranjuez el 19 de marzo de 1808. Claro, en ese desbarajuste, la situación se complica. Por un lado se complica institucionalmente. Fernando VII ha conseguido arrancar la corona a su padre, ha conseguido que se detenga a Godoy, y ha conseguido dirigir. Después de una campaña que viene de meses, toda la opinión pública en contra de Godoy. Sí, pero necesita el reconocimiento, necesita el respaldo de quien es la autoridad en el continente, es decir, de Napoleón, y piensa que Napoleón viene a Madrid, porque así se lo han ido contando a él los agentes franceses. Pero cuando vuelve a Madrid el 24 de marzo, después de tomar la corona en Aranjuez, no viene a Madrid Napoleón. Y pasan los días de marzo, y Napoleón no está en Madrid; y pasan días de abril y Napoleón no está en Madrid; y la cosa urge; la cosa urge porque él ha presentado lo que sucedía en Aranjuez como la cosa más normal del mundo y, a medida que pasan los días, bueno, pues, Carlos IV empieza a recuperarse del susto y empieza a entrar en contacto con las autoridades francesas que ya han ocupado Madrid. Inmediatamente los franceses van a ser los árbitros de la situación en Madrid y Napoleón es el árbitro de la situación en todo el contexto de la crisis política española.

Fernando VII sale el 10 de abril, el domingo de ramos de 1808, camino del encuentro con Napoleón, que teóricamente viene a Madrid y va a llegar enseguida, y lo va a encontrar camino de Burgos; y luego en Burgos no está;lo va a encontrar en Vitoria y en Vitoria no está; y luego, ya a las alturas del 18 de abril, cuando está en Vitoria, no hace falta ser un profundo analista de las circunstancias para sentir que aquello se presenta oscuro. Pero, a pesar de que se presenta oscuro, es que no hay mucha más alternativa. Entonces, con discusión en el propio entorno Fernandino de si se debe continuar adelante o no, finalmente se decide pasar a Francia, llegar a Bayona. Carlos IV, mientras tanto, ha conseguido que se libere a Godoy y acude también a Bayona a la llamada del emperador. Entre el 1 y el 5 de mayo se produce una serie de ceremonias, verdaderamente llamativas por la degradación moral de sus protagonistas, que acaban con la transferencia de la corona española de manos de Fernando VII a Carlos IV y de Carlos IV a Napoleón. Cerrado el episodio político.

¿Qué sucede mientras tanto en el ámbito militar y en el ámbito de la convivencia de las tropas francesas con los españoles? Bueno, la situación se ha ido complicando porque los franceses comen, y comen a costa de los paisanos, y obtienen esos alimentos y esos abastecimientos de todo tipo de una manera más o menos ordenada, o más o menos violenta según las circunstancias, y el roce entre la población civil española y los soldados franceses va creciendo cada día. Y, sobre todo, va creciendo en Madrid, donde han entrado el día 23 de marzo, y sólo en la última semana de marzo ha habido seis muertos en reyertas entre los soldados franceses que están en la ciudad y la población madrileña. Y, a lo largo del mes de abril, ese clima de crispación y ese clima de tensión va creciendo. Luego, los madrileños ven cada vez más a los franceses como aliados de Godoy, al que han liberado, como enemigos de Fernando VII, como enemigos de España y, en consecuencia, se van produciendo diversas tramas que no acaban de tener una concreción demasiado elaborada, pero que son tramas de conspiración, tanto militar como civil, cuyos restos van a coincidir el 2 de mayo produciendo una insurrección contra las tropas de la guarnición madrileña.

El Dos de Mayo es un símbolo porque, por primera vez, el conflicto más o menos reincidente, que se ha producido entre individuos y civiles españoles y militares franceses pasa del ámbito de lo privado al ámbito de lo público. El Dos de Mayo tiene dos sujetos protagonistas y los dos son públicos, uno es el ejército de Napoleón acuartelado en Madrid, otro es el pueblo de Madrid. La dimensión de esa pugna ya va mucho más allá del conflicto privado y, además, ya no es sólo por cuestiones materiales o personales de índole más o menos inmediata. Ya se invocan conceptos políticos y ideológicos, la libertad, la independencia: ¡España!, ¡mueran los franceses!, etc. Ese es el significado verdaderamente profundo del Dos de Mayo: el comienzo de una insurrección que se va a extender a partir de la tercera semana de mayo por toda España, salvo en los lugares donde la guarnición francesa lo impide, como por ejemplo Bilbao, pero donde también se producirá en cuanto haya la menor ocasión. La insurrección general entre los últimos días de mayo y los primeros de junio y en los primeros de junio ya algunos choques armados y esa insurrección general ha ido aparejada de una sucesiva serie de declaraciones de guerra: desde el alcalde de Mostotes, que no se anda con chiquitas, y declara la guerra a Napoleón.

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