Hospital de Basurto. Centenario 1908 - 2008


Un siglo lleno de vidas

Un vistazo atrás de quienes vivieron y viven de cerca la historia del Hospital de Basurto

por ESTÍBALIZ SANTAMARÍA

Ricardo Franco

El Hospital de Basurto lleva un siglo viendo vidas pasar. Algunas, lamentablemente, pasaron de largo, pero la mayoría sólo hicieron un alto en el camino para reponer fuerzas y unas cuantas llegaron para quedarse: médicos, enfermeras, celadores... Personas para las que los 17 pabellones de Basurto, más que un puesto de trabajo, son parte del engranaje de sus vidas. Llevan a gala formar parte de la historia de un hospital emblemático que, desde este año, es centenario.

Ángel Ojanguren tenía 13 años cuando entró en el hospital de monaguillo y no se marchó hasta que jubiló su bata de ATS, 62 años después. Carmen Moraleda apenas había cumplido los 17 cuando terminó sus estudios de Enfermería. Fue el comienzo de 48 años de profesión que recuerda con nostalgia casi una década después de retirarse. Francisco José Ellacuría soñaba con ser cirujano «a los veintitantos», cuando ingresó en la escuela de médicos residentes de Basurto, y ya ha pasado 36 años de su vida entre quirófanos del pabellón Jado. Ricardo Franco, nacido en Olabeaga, pasó su infancia correteando por el hospital y, desde hace 35 años, recorre más pausado el pabellón Revilla como especialista en medicina interna. Amparo Eguskiza fue operada hace 33 años en Basurto. Durante el ingreso, escapó del aburrimiento ayudando a las costureras, le contrataron y, tras décadas confeccionando uniformes sanitarios, ahora es su voz la que nos saluda al otro lado, cuando telefoneamos a la centralita del hospital. Los cinco, han echado la vista atrás para EL CORREO, como piezas de un puzle centenario que empezó a gestarse en 1.895, cuando el arquitecto municipal de Bilbao, Enrique Epalza, proyectó un centro sanitario moderno, que sustituyera al de Atxuri. Recorrió toda Europa junto a José Carrasco, primer director de Basurto, e importó el modelo del hospital de Ependorff (Hamburgo) organizado en pabellones aislados, debido a la proliferación de enfermedades infecciosas.

Según el arquitecto Elías Mas, «esta construcción marcó un hito; es el más claro exponente de I+D aplicada a la sanidad». De hecho, fue el primer hospital general español que dedicó un edificio específico a tuberculosos. «Era el pabellón Revilla -recuerda Ricardo Franco- . De niño, iba a catequesis al convento de franciscanos que había al lado y mirábamos desde un murete a los tuberculosos porque nos decían: '¿No os acerquéis que os mandan los bacilos por el aire!'. En ese muro empecé a fraguar mi vocación por la Medicina».

La construcción fue promovida por los propios vecinos, sobre todo por los más pudientes que sufragaron cada uno de los pabellones que siempre han llevado su nombre. «El hospital eran salas corridas con una mesa central de mármol», describe Carmen Moraleda. «En cada estancia había treinta camas y sobre cada una de ellas colgaba un cartel que decía: 'Doña Casilda Iturrizar donó 25.000 pesetas para mantener estas camas a perpetuidad». A partir de los años 50, los legados fueron menguando y la monjas de la caridad de San Vicente de Paúl, alma mater del hospital desde sus inicios, rozaron el milagro al lograr mantener el nivel asistencial. «Cocíamos las jeringuillas en una cazuela y les sacábamos punta nosotras mismas con una piedra de afilar», relata Carmen. «Nos teníamos que pagar de nuestro bolsillo los uniformes, la pescatera venía andando desde Santurtzi con la comida y, hasta que en los setenta nos mandaron anestesistas, eran las monjas las que controlaban con el dedo si el pulso seguía bien». La camaradería entre compañeros compensaba las penurias. «No nos tuteábamos como ahora, pero la relación era fantástica». Carmen recuerda a Txomin, el celador que cada lunes pedía una copita para iniciar la jornada. «Decía: 'Es que ha perdido el Athletic y hay que consolarse', y si no: 'Es que ha ganado el Athletic y hay que celebrarlo'». Ángel Moraleda también añora aquel 'colegueo'. «No era como ahora. Los médicos no tenían ningún problema en echarte una mano con un paciente».Y Ángel se hizo querer porque le organizaron 14 despedidas cuando se jubiló.

Hermanas celestinas

En los setenta, el Hospital de Basurto vivió la mayor crisis de su historia. Por aquel entonces, Ricardo Franco y Francisco José Ellacuría ingresaron en la escuela de médicos residentes. «Eran tres años de internado. Vivíamos allí y trabajábamos 'full time'», explica Ricardo. «El título que exhibo con más orgullo es haber sido interno de ese colegio», asegura Francisco José. En aquellos años «las monjas nos mimaban como nuestras madres. La gente engordaba una media de 20 kilos», recuerda Ricardo. «Llegábamos los lunes y te repasaban si ibas bien vestido, te reñían si llevabas un lamparón y como sabían que éramos unos golfos, nos preguntaban si habíamos ido 'de picos pardos'. Había muchas enfermedades venéreas y nos ponían una inyección de penicilina si sospechaban que habíamos hecho algún pecadillo».

Les animaban a darse esas alegrías, pero como Dios manda. «Eran un poco celestinas. Te decían: 'Hay unas chicas guapísimas en la escuela de Enfermería', y de la fiesta del interno que se celebraba en La Bilbaína muchos salieron ennoviados», rememora. El día a día laboral era duro en plena crisis. Francisco José y Ricardo recuerdan que las Urgencias «eran un cuarto de socorro. Le llamábamos 'el cascorro'. Eran cuatro boxes y un cuarto de rayos que ponía los pelos de punta». Allí vivieron los momentos más dramáticos de la Transición. «Atendíamos todos los actos de violencia terrorista, me tocó salir por televisión leyendo esos partes horrorosos. También vivimos la explosión del colegio de Ortuella, la tragedia en la autopista cerca de Erletxes y las inundaciones. Estuvimos encerrados 48 horas porque el recambio de guardia no podía llegar».

La plantilla se organizó y fraguó una metamorfosis del hospital, en cuanto a medios y condiciones laborales. Entonces, Amparo Eguskiza fue contratada para coser los nuevos uniformes de las monjas, médicos, enfermeras... Ahora el vestuario lo confecciona una empresa y Amparo es el tesoro de la centralita telefónica. «Después de más de 30 años conozco el hospital al dedillo, así que a todos los novatos les dicen: 'Si tenéis cualquier problema, llamad al 99», cuenta orgullosa. La vida del hospital dio un giro con su incorporación a Osakidetza. «Perdimos el sentimiento de pertenencia a una institución muy bien identificada», lamentan. Pese a ello, reconocen que «el tiempo pasado no fue mejor y ahora les toca a las nuevas generaciones mantener el legado.

La construcción fue sufragada con las donaciones de los vecinos de la villa, en especial por las familias acaudaladas, y con escasa ayuda de la Administración. Apellidos como Gandarias, Gurtubay, Revilla, Jado, etc., forman parte de la historia del centro y dan nombre a varios pabellones. Las donaciones y herencias han constituido en toda la historia del hospital una contribución económica de innegable importancia.

El 21 de junio de 1.898 se inician las obras que se prolongarán durante 10 años y culminarán el 13 de noviembre de 1908 con la inauguración del Hospital Civil de Bilbao. El coste de la construcción alcanzó los seis millones de la época y el proyecto destacó por su modernidad e innovación. Basurto fue el primer hospital general en España con un pabellón para niños y otro para enfermos mentales, y uno específico para tuberculosos.

La búsqueda de unas instalaciones modernas, a la altura de las ciudades más avanzadas de Europa, lleva al arquitecto municipal Enrique Epalza y al doctor José Carrasco, primer director del hospital, a recorrer los centros sanitarios más modernos de Europa. El proyecto tomó como modelo la gestión y el diseño del hospital de Ependorff en Hamburgo, con pabellones aislados, comunicados por el subsuelo para el traslado de enfermos, y zonas ajardinadas, que pretendían resolver los graves riesgos de contagio de enfermedades.

Finalmente se decide construir el hospital en un solar de Basurto. Es una zona aireada y con una buena orientación hacia al mar, un poco alejada del centro de la villa pero bien comunicado por el tranvía, el cual se utilizó para el traslado de enfermos desde el viejo Hospital de Atxuri al nuevo centro sanitario.

En 1992, se produce un significativo cambio con la entrada del Santo Hospital Civil de Bilbao en Osakidetza, el Servicio Vasco de Salud, con un modelo propio de gestión económica y tratando de conservar su filosofía, pasando a denominarse Hospital de Basurto.